La Gualdra 706 / Novela de terror
Por Aída Chacón-Castellanos
Desde que era niña la casa de la abuela era como una fortaleza impenetrable que guardaba demasiados secretos, ruidos e historias que de vez en cuando ella recordaba en voz alta y nos hacía temblar. Su casa había sido escenario de cruentas peleas maritales entre ella y el abuelo que no llegué a conocer. También había sido testigo del paso del tiempo, de la bonanza y la escasez. Quizá nuestra imaginación infantil nos hacía percibir la presencia de los muertos que mi abuela evocaba, pero en varias ocasiones, con la casa en absoluto silencio, se podía escuchar el martilleo misterioso cuyo origen no pudimos encontrar jamás. Según las historias de la abuela se trataba del alma de un albañil que, mientras trabajaba en la construcción del segundo piso de la casa, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Ella contaba que aquel hombre llegaba siempre ebrio a la construcción hasta que un día quedó tendido en el patio y murió de camino al hospital. De acuerdo con aquellas historias, la casa guardaba la memoria de quienes la habitaron. En el presente, esa casa sombría se ha vuelto una especie de limbo en el que se encuentran las historias de la abuela, de mis primos muertos, de las tías que ya no están. En una esquina de la colonia se puede ver una casa sombría que apenas parece habitada y que, quienes viven en ella, son como sombras que de cuando en cuando se pueden ver por las ventanas. Con todo esto quiero decir que conozco, de primera instancia, las casas que pueden devorar a sus inquilinos.
Quizá por esta razón es que la novela Carcoma (2022) de la española Layla Martínez me atrapó desde la primera hasta la última página. Sin duda alguna, la autora hace una arqueología del dolor a través de la historia de las mujeres de su familia y comparte, a través de su literatura, las narraciones que constituyen el vínculo inquebrantable del odio que une a las tres generaciones que atestiguan, en primera persona, esta historia.
Situada en un escenario de posguerra civil española, un pueblo en el que las clases sociales y el poder están perfectamente delimitados, una mujer y su abuela narran furiosamente la vida que han tenido y que está estrechamente ligada a la casa que guarda sonidos, recuerdos y presencias fantasmales. A diferencia de la Casa tomada, de Julio Cortázar, aquí el lector tiene la certeza de que son presencias sobrenaturales atrapadas que sacuden y habitan en la casa.
Cada capítulo de esta novela es la voz de una de ellas. La nieta, siempre colérica, explica lo sofocante de la casa, misma que a lo largo de la narración se hace prisión y refugio. Estas mujeres, hartas de las relaciones de poder que existen en el pueblo, donde los caciques continúan decidiendo la vida y futuro de sus habitantes, ellas viven al margen de lo establecido. Una, “la vieja”, con el paso de los años, ha apaciguado el fuego que la habitó desde la juventud y que le permitió cuidar esa casa a manera de construir un sitio inalcanzable para los señores del pueblo. La nieta, por el contrario, resulta más volátil, más impulsiva. Cada una cuenta los precios que han pagado por no seguir dentro del orden social y su vida en los márgenes de todo.
La abuela fue la esposa de un padrote que utilizó a las mujeres para hacerse de un patrimonio también fuera de lo establecido. Él no sirvió en la casa del amo, pero jugó con la misma moneda de opresión y violencia. Construyó una casa que resistió los embates del olvido en medio de la guerra que terminó por consumirlo. Él se convirtió en una de las primeras sombras que flotaban por la casa. La vieja también vio llegar la sombra de su hija, quien fue asesinada por el despecho de un hombre. Muchos años después, la nieta en un intento de romper con la vieja y sus creencias, termina por cobrar una de las venganzas más significativas tomando una vida cuyo valor es más alto que el de todo el pueblo.
En esta intrincada narración en donde las mujeres son el centro del dolor, de la opresión y la violencia, no se pronuncian nombres, no hace falta. Las voces narrativas flotan como almas en pena que regresan a contar su verdad, quizá buscando un poco de redención.
Esta novela se inscribe en el género de terror y, una vez más, nos deja claro que indiscutiblemente en el mundo hispanoamericano este género casi siempre va de la mano con lo sobrenatural, lo que podría ser un giro de tuerca para reinterpretar lo real maravilloso que Carpentier nos propuso desde hace más de medio siglo.
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