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El silencio también decide

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Por: MARIANO CASAS •

Hay decisiones que se toman en las urnas, y otras que se toman sin darnos cuenta. El silencio también decide. La apatía también define el rumbo. Y el miedo, cuando se vuelve permanente, termina marcando el comportamiento colectivo.

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En los últimos meses he notado algo que no aparece en las estadísticas, pero sí en las conversaciones cotidianas: un cansancio emocional colectivo. No es enojo permanente ni resignación absoluta. Es un desgaste silencioso que se percibe en las colonias, en los mercados, en las reuniones vecinales. Una sensación de que el mundo se ha vuelto demasiado incierto.

La psicología ha estudiado este fenómeno. Se conoce como fatiga informativa o sobreexposición mediática: cuando la exposición constante a noticias negativas genera ansiedad, desmotivación y una percepción continua de amenaza. Nuestro cerebro no distingue entre un peligro inmediato y un titular repetido; reacciona activando estados de alerta que, sostenidos en el tiempo, agotan.

Hoy vivimos conectados a tensiones internacionales, conflictos geopolíticos, endurecimiento migratorio en Estados Unidos, discursos de confrontación y escenarios bélicos que, aunque ocurran a miles de kilómetros, entran diariamente a nuestras casas a través del teléfono. Para Zacatecas, donde miles de familias tienen vínculos directos con migrantes en Estados Unidos, cualquier política migratoria restrictiva no es una noticia lejana: es una preocupación personal.

A esto se suma el contexto nacional. Décadas de violencia vinculada al narcotráfico han dejado heridas profundas: miles de muertos, desaparecidos y comunidades marcadas por el miedo. El Estado muestra capacidad institucional, pero también enfrenta retos estructurales complejos, como el tráfico ilegal de armas y la expansión de grupos criminales. La percepción ciudadana oscila entre esperanza y escepticismo.

En el ámbito político, la discusión sobre una reforma electoral que busca reducir costos del sistema, ajustar la representación proporcional y fortalecer la rendición de cuentas podría representar beneficios claros: menor gasto público en estructuras partidistas, mayor responsabilidad directa de quienes aspiren a un cargo y procesos más transparentes. Sin embargo, en medio de la polarización, el debate muchas veces se percibe como confrontación más que como construcción.

En Zacatecas, mientras tanto, la conversación pública gira anticipadamente en torno a la sucesión gubernamental. Perfiles se posicionan, discursos se adelantan. Pero cuando uno habla con la gente, la demanda es más simple y concreta: resultados, cercanía, servicios básicos funcionando y autoridades presentes.

Cuando se combinan tensiones internacionales, inseguridad histórica, debates políticos intensos y problemas cotidianos sin resolver, el efecto acumulado puede ser la apatía. La gente se desconecta no porque no le importe, sino porque siente que su participación no cambia nada.

Ese es el riesgo más grande: no la crítica, sino la indiferencia.

Frente a este escenario, la respuesta no puede ser más ruido, sino más comunidad. Necesitamos espacios donde la ciudadanía recupere sensación de control, de agencia y de capacidad de incidir. No basta con consumir información; debemos transformarla en organización.

Fortalecer la alfabetización mediática y digital para filtrar información y no dejarnos arrastrar por el miedo. Reactivar la organización comunitaria en colonias y barrios para resolver problemas concretos. Exigir coherencia y resultados desde una ciudadanía activa, no desde la resignación.

Hoy el desafío no es solo político, es emocional y social. Si permitimos que el miedo marque la agenda, otros decidirán por nosotros. Pero si convertimos la incertidumbre en organización, la historia cambia.

Zacatecas tiene talento, tiene comunidad y tiene conciencia. Lo que necesita es participación activa y ciudadanos que no deleguen su voz.

Porque al final, el silencio también decide. Decide cuando no exigimos, cuando no participamos, cuando dejamos que otros tomen el rumbo.

La ciudad que merecemos no se construye desde la resignación. Se construye cuando dejamos de callar y empezamos a involucrarnos.

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