Imagina un país donde la libertad se confunde con evadir impuestos, despreciar al pueblo y abrir la puerta a la intervención extranjera. No es una novela distópica: es la lógica que hoy recorre América Latina. Desde el Brasil de Jair Bolsonaro, que acusó al Congreso de “terrorismo” mientras sus seguidores asaltaban las instituciones, hasta la Argentina de Javier Milei, que prometió “dinamitar al Estado” y acabó dinamitando la estabilidad social, el guion se repite: gritar libertad mientras se derriban los puentes de la democracia.
Lo primero que hace la ultraderecha cuando llega al poder es apropiarse del lenguaje. Redefine las palabras, manipula el sentido de la libertad y decide quién pertenece al “pueblo verdadero” y quién es el enemigo. Es la vieja receta de siempre: dividir a los de arriba y a los de abajo, exaltar a los “productivos” y despreciar a los “parásitos”, coronar a los “patriotas” y perseguir a los “traidores”. Esa estrategia, tan vieja como eficaz, tiene raíces en el clasismo, el racismo y el resentimiento disfrazado de virtud.
Bolsonaro gobernó Brasil con la Biblia en una mano y el garrote en la otra. Su administración terminó con un intento de golpe y un país fracturado por el odio. El 8 de enero de 2023, sus simpatizantes invadieron el Congreso y la Corte Suprema, en lo que el propio Tribunal calificó como un ataque directo a la democracia. En Argentina, Milei siguió la fórmula: decretos por encima del Congreso, insultos como política y una economía entregada al mercado financiero. La inflación bajó, pero el precio fue devastador: contracción económica del cinco por ciento y pérdida de casi cuarenta por ciento del poder adquisitivo. En menos de un año, la “revolución de la libertad” se transformó en desempleo, hambre y desesperanza.
Esa es la verdadera agenda de la ultraderecha: desmantelar instituciones, fabricar enemigos y convertir la mentira en gobierno. Cuando el modelo se agota, culpan al pueblo. Los responsables nunca son los poderosos; siempre son los pobres, los maestros, las mujeres, los migrantes o quienes piensan distinto. Por eso el odio es su combustible más barato.
En México, la ultraderecha aún no gobierna, pero ya ha ocupado la conversación pública. Se mueve con soltura en los medios, en las redes y en los espacios donde el dinero suele confundirse con autoridad moral. Hoy el clasismo y la soberbia se viralizan entre burlas y sarcasmos: se ridiculiza al trabajador, se llama “nini” al estudiante, se caricaturiza al beneficiario de un programa social, se mofan de los becarios, del personal médico que lleva atención casa por casa, de la presidenta que acude personalmente ante la tragedia, e incluso del principio de que todos sean tratados con igualdad y sin privilegios. Esa es la esencia del desprecio: reírse del esfuerzo ajeno mientras se reclama superioridad moral. Lo llaman libertad, pero lo que realmente defienden es su antiguo privilegio.
El ejemplo más claro es el de Ricardo Salinas Pliego, un magnate que se proclama defensor de la libertad mientras enfrenta más de treinta litigios con el Servicio de Administración Tributaria por una deuda superior a setenta y cuatro mil millones de pesos. Su fortuna creció al amparo del Estado, pero su discurso lo desprecia. Desde sus redes insulta al gobierno, se burla de los programas sociales y exige respeto a la propiedad privada, todo mientras litiga para no cumplir con el fisco. Esa es la caricatura perfecta del nuevo héroe de la ultraderecha: quien se siente oprimido por tener que cumplir la ley.
Y no está solo. Lo acompañan opinólogos, analistas y periodistas al servicio del viejo régimen autoritario y clasista, los mismos que se resisten a perder sus privilegios y que hoy intentan revivir los símbolos del pasado: lloran por el regreso del FONDEN, minimizan la atención inmediata ante los desastres, ignoran las inversiones históricas en el sur y el rescate de la soberanía energética. Son los nostálgicos del orden desigual, los que no toleran que el dinero público llegue a los pobres y no a las élites de siempre. Desde sus micrófonos intentan convencernos de que el abuso es libertad y que el poder económico equivale a sabiduría moral.
A su alrededor orbitan políticos que se arrodillan ante Washington cuando escuchan a Donald Trump prometer una “intervención militar en México para combatir al narcotráfico”. Esa sumisión no es patriotismo, es servilismo. Y cuando algunos mexicanos celebran que un extranjero amenace nuestra soberanía, no estamos ante oposición democrática, sino ante traición a la patria.
La historia se repite con distintos rostros. En los años treinta se llamó fascismo, en las setenta doctrinas de seguridad nacional y hoy se disfraza de “nueva derecha liberal”. Pero la esencia es idéntica: militarizar el discurso, despreciar al diferente y rendirse ante los intereses económicos. El politólogo Cas Mudde lo resume con precisión: la ultraderecha divide a la sociedad entre un “pueblo puro” y una élite corrupta, pero redefine quién es el pueblo; no somos todos, sólo los suyos.
Esa lógica, importada de los movimientos que hoy asfixian a Europa y América del Sur, choca de frente con el humanismo mexicano, el corazón moral de la Cuarta Transformación. Mientras la ultraderecha convierte la libertad en excusa para excluir, el humanismo la entiende como oportunidad para incluir. Mientras ellos proclaman el “sálvese quien pueda”, aquí se sostiene que nadie sobra. La libertad sin justicia es privilegio; el desarrollo sin igualdad, simulación; la soberanía sin conciencia, papel mojado.
Si esa narrativa del odio termina imponiéndose, el país regresará al feudalismo de siempre: unos cuantos, decidiendo por todos, la desigualdad como destino y el extranjero convertido otra vez en salvador. Pero si el humanismo prevalece, México seguirá siendo lo que ha sido desde Juárez: una nación que resiste, que no se vende y que no se rinde.
Por eso el dilema no es entre izquierda y derecha, sino entre humanismo o barbarie. Entre quienes pagan impuestos y quienes los evaden; entre quienes construyen y quienes destruyen; entre quienes defienden la patria y quienes aplauden que otro país la invada. Quien llama “comunista” a la justicia social no es un liberal, es un feudal con wifi. Quien evade impuestos y se dice patriota es un parásito con traje. Y quien celebra la intervención extranjera sólo porque odia al gobierno, ha renunciado al derecho de llamarse mexicano.
El humanismo mexicano no es una consigna, es un escudo. No se defiende con gritos ni con bots, sino con conciencia, educación y justicia social. Porque cada vez que la ultraderecha se disfraza de libertad, la historia termina igual: con los poderosos arriba del caballo y el pueblo abajo, pagando la montura.



