spot_img

De jotas, bufes y otras formas de relacionarnos

Más Leídas

- Publicidad -

Por: José Manuel Palma Márquez •

Hace unos días, la activista por los derechos humanos de las poblaciones LGBTIQ+, Kenya Cuevas, impartió una conferencia sobre las vivencias de las personas trans frente a sistemas que aún les oprimen con fuerza y les niegan dignidad y existencia. De ello ya habló Alejandra Cabral, periodista de esta casa editorial. Sin embargo, otro de los puntos que rescató —quien en 2020 se manifestara desde un ataúd en el Periférico de la CDMX por el transfeminicidio de Paola Buenrostro— fue el de las relaciones que desarrollamos entre personas de la comunidad LGBTIQ+.

- Publicidad -

En los últimos días, las reflexiones que escuché en la mencionada conferencia me llevaron a un estado de bloqueo escritor. Dado que la lucha LGBTIQ+ ha sacudido con fuerza estructuras hacia afuera de nuestras comunidades, toca repensar lo que sucede hacia adentro. Hoy, como en otras ocasiones, escribo con miras a que mis lectores sean quienes viven desde las disidencias sexuales. Escribo para debatir, para confrontar nuestros puntos de vista y, a partir de ahí, construir.

Para lo anterior, debo aterrizar en algo que me ha marcado con profundidad: el bufe. Para entenderlo en términos mexicanos, hay que remitirse al albur, este juego de palabras con doble sentido que sirve como burla o desafío verbal: “¿conoces el queso badón?”, “¿jugamos cinco contra uno?”, “no sacudas la cuna, que despiertas al niño”. O bien, es posible recurrir a nombres conocidos: “Elma Canón Prieto”, “Benito Camelo” o “Alma Marcela Silva de Alegre”. Debo confesar que disfruté mucho al mencionar a tales personajes de la cultura mexicana.

Ya en contexto, es posible exponer que el bufe sucede en un terreno similar al del albur. Hay sarcasmos, burlas, ataques verbales. Aparece entre nosotras de forma ingeniosa y satírica. Wenceslao Bruciaga dice que, a final de cuentas, se trata de invalidar a la otra persona desde el terreno verbal para criticarla. Ahí, la que se enoja pierde. Así se conoce. Así se siente. Quien no le entra es inventada y churpia, porque “ella jura” y “ni modérrimo”. El bufe, sobre todo, implica una gran agilidad mental para encontrar, en las carencias o excesos, algo de qué bufarse.

Y entonces pienso en Kenya Cuevas, diciéndonos que una de las cosas que más nos han herido son las formas de relacionarnos. Claro que para todo hay capas, y subcapas, y muchas más capas. El humor es un escape que, a lo largo de nuestra presencia en este México machito, ha servido para conformar una identidad que ha hecho frente a las burlas del exterior. No por nada la reapropiación verbal ha cobrado un peso tan importante en lo cuir, en lo marica, lo travesti, la lenchitud. Pero, ¿hasta dónde llega un bufe “sano”?

Bufar o perrear, todo es creación que libera. “Quien se sube se pasea”, dicen por ahí. Entiendo que de tales dinámicas nacen vínculos entre personas. Que las destrezas lingüísticas parecen tatuadas al tuétano de lo jochis. Parece incluso un entrenamiento para afrontar la vida real. Y, sin embargo, insisto: ¿en qué punto se rebasa la práctica del bufe hacia una violencia que hiere profundamente?

Con mi grupo de amigos hemos debatido cómo, en el programa La Más Draga, cobra más peso el bufe que sacude dentro de las pantallas y fuera de ellas. Al tener una plataforma de gran alcance, el mensaje —dentro de los grandes logros de representación y arte drag— en ocasiones se reduce a quién es la mejor Regina George de todas.

No me tilden de hipócrita. Apenas comienzo a poner la mirada en este tema, tan amplio como complejo. ¿Por qué, para unas cosas, aparece una cara de izquierda deconstruida, y para otras se sigue pensando en la jota liosa, a quien se violenta con la frialdad típica de una plástica? ¿Por qué expulsar la violencia contenida de siglos en nuestras relaciones? ¿Por qué, en el bufe, lo femenino se presta tan fácilmente para ser objeto de burla?

Desde que Kenya nos habló a la cara con tal premisa, me siento en una encrucijada. Se abre otro reto frente a la ola de apropiación que hacen las personas heterosexuales de nuestras jergas. ¿Cómo las usan? ¿Desde dónde? ¿Para qué?

Deseo que no se ataquen. Hay un gran debate en este tema. No de forma gratuita la Academia Mexicana de la Lengua ha reconocido el adjetivo nadaqueveriento. Toca repensar nuestras formas de interactuar sin borrar el peso lingüístico que nos identifica. Las violencias son tantas y tan fuertes que ya no hay más cabida para asumirnos como apéndice en la vida real de una ficción como Mean Girls.

Y lo sabes.

- Publicidad -

Noticias Recomendadas

1 COMENTARIO

  1. Es importante seguir reflexionando para llegar a nuevas conclusiones y por tanto nuevas dinámicas que nos ayuden a convivir mejor entre todes.

Los comentarios están cerrados.

Últimas Noticias

- Publicidad -
- Publicidad -