Amable lectora, lector, permítame hacer un reconocimiento previo a continuar con el argumento que expondré: sé, soy consciente de que nada de lo que aquí escriba tiene la más mínima posibilidad de ser, ni se considerará en los debates que habrán de venir, pero, es deber decir lo que uno piensa, aún cuando no sea escuchado, pienso. Ahora sí, vamos al punto.
Desde que los Estados Unidos de América se dieron forma de gobierno constitucional, y crearon el sistema presidencial, éste ha sido objetado como mecanismo de toma de decisiones en una democracia, aún en las que se consideran más equilibradas, liberales y sólidas, como lo es, el propio vecino del norte, que vive, por cierto, días aciagos como nunca, ante la determinación de su hoy presidente, de ignorar toda norma que no le sea impuesta por la fuerza del Estado, que cada día se reduce más a él mismo. Josep M. Colomer, en su libro La polarización política en Estados Unidos. Orígenes y actualidad de un conflicto permanente, describe como los participantes en los debates de Filadelfia, hicieron uso de una traducción imprecisa de El espíritu de las leyes de Montesquieu, y que, pensaron que, con los matices de este último, estaban copiando el sistema inglés de gobierno. Para defender su punto Colomer, cita a su vez al analista Walter Bagehot, quien diagnosticaba: “Los americanos de 1789 pensaban que estaban copiando la Constitución inglesa, pero estaban ideando un contraste con ella. Las teorías acreditadas, decían que la Constitución Inglesa dividía la autoridad soberana, y por imitación los americanos dividieron la suya. Sin embargo, ahora el verdadero poder no está en el Soberano, está en el Primer Ministro y en el Gabinete nombrado por el Parlamento.” Fin de la cita. Es decir, el sistema presidencial, como forma de gobierno, no está dando los mejores legados históricos, porque tuvo, desde su concepción, una base confusa, que, si bien, se presentó como una forma idónea para conciliar la costumbre heredada de las monarquías europeas unipersonales, en una dinámica similar, pero democrática, cada vez resulta más evidente que tiende, inevitablemente, a la concentración excesiva del poder y a los vicios que este fenómeno entraña.
Ahora concentrémonos en México. Como bien lo dijo Ariel Rodríguez Kuri recientemente en un artículo publicado por Nexos en su edición de julio, vamos en todo tiempo, en un largo viaje hacia lo mismo (aún no se anunciaba la reforma electoral en ciernes cuando lo redactó). En este texto, el historiador del Colegio de México, expone sin ambages: “En cualquier momento de la larga transición, el régimen presidencialista fue siempre el paradigma de sí mismo. No se discutió si valía la pena conservarlo; la consecuencia fue que hemos sido testigos de su relanzamiento (…) porque negarnos a discutir la pertinencia del régimen presidencialista obnubiló maneras más amplias de imaginar la forma y funcionamiento del Estado mexicano. (…) Las oposiciones y sus intelectuales públicos pudieron iniciar una discusión nacional en casi cualquier momento en los últimos veinte años sobre presidencialismo vis a vis parlamentarismo; prefirieron yacer, apaciblemente, confiados y esperando al presidente bueno.”
Valga pues el antecedente para atreverme a poner sobre su mesa y atención el cuestionamiento: sí ya reformamos la naturaleza misma del Poder Judicial, que es, como bien se ha dicho hasta el cansancio, un caso único en el mundo; sí vamos a ir ahora por el Poder Legislativo y las formas de representación ¿porqué no pensar, auténtica y detalladamente, en reformar de pleno nuestro sistema político, buscando, si no una forma pura de parlamentarismo (tampoco hay que soñar soñando), sí una fórmula de semi parlamentarismo? Queda el apunte.
@CarlosETorres_



