Durante siete décadas el sistema político mexicano giró en torno a un partido hegemónico como lo fue el PRI, que impuso récord de permanencia en el poder, cuyo desgaste se debió a sus propios excesos y total ausencia de autocrítica. Fueron siete décadas que se pasaron sin darse cuenta cabal los mexicanos, de la extraordinaria oportunidad que se tenía de convertirse en una gran nación, si el partido en el poder hubiese tenido la capacidad de sobreponerse a las muchas debilidades humanas de sus dirigentes, No fue así, desgraciadamente, porque la sociedad acabó “imponiendo” a no pocos personajes impresentables de esa organización. El partido en el poder fue incapaz de sortear esta realidad negativa, le quedó demasiado grande la camisa.
El fundador del Partido Nacional Revolucionario, Plutarco Elías Calles era un hombre astuto, con visión de estadista y voluntad de hierro para ejercer el poder. Sin embargo, no tenía la grandeza de espíritu necesario para reivindicar a una nación despojada de su inalienable derecho a progresar. Calles, más que ningún otro caudillo de la época, era el prototipo del mexicano ladino, para aprovecharse de los demás, en la medida que puedo hacerlo. No hay que perder de vista que las grandes revoluciones triunfantes, han sido hechas por hombres superiores, como sin duda lo fueron los forjadores de la Independencia Hidalgo y Morelos, así como Juárez, que condujo la Guerra de Reforma y, a su triunfo, expulsó al Ejército Francés que defendía con las armas una intervención extranjera tan absurda, como representativa del trasfondo ideológico del conservadurismo mexicano. En cambio, los triunfadores de la Revolución Mexicana, fueron hombres de escasas luces, pero enormes ambiciones, como lo demostró el primer jefe. Lo mucho que pudieron hacer los intelectuales que se sumaron a la causa como Luis Cabrera, Andrés Molina Enríquez e Isidro Fabela entre otros, fue muy poco en realidad, para lo mucho que debía avanzarse y dejar atrás el feudalismo porfirista.
Ni que decir sobre un caso excepcional: el de José Vasconcelos quien como fundador de la Secretaría de Educación Pública y de la moderna Universidad Nacional, desplegó una voluntad genial para abrir el camino que debía seguir el país, la construcción, desde los cimientos, del nuevo edificio que demandaba la nación del futuro. Sin embargo, era una vida llena de sacrificios, de entrega, de meter dinero a la causa, no a los bolsillos, y en pocos años el ejemplo vasconcelista fue dejado a un lado. Otra suerte habría corrido el país, si al candidato a la Presidencia de la República, Vasconcelos, se le hubiera permitido gobernar, y al electorado del país, emitir su voto libremente. La mezquindad de los militares se impuso y el futuro de la nación quedó sellado por el general Calles, quien pese a sus limitaciones demostró su obra de gobierno, más su capacidad y su visión de estadista.
Calles fue un creador de instituciones, un brillante conductor de hombres, aun cuando no del nivel que hacía falta en ese momento histórico. En su descargo podría argumentarse que se enfrentó a presiones extraordinarias, tanto del gobierno de Estados Unidos para seguir expandiendo sus intereses en nuestro territorio, como de los porfiristas que seguían soñando en regresar al poder con el invaluable apoyo de la cúpula clerical. Como en los años de la Revolución Maderista cuando el gobierno estadounidense, tenía de embajador en nuestro país a un personaje tan siniestro como Henry Line Wilson, en los de la construcción del nuevo Estado mexicano envió a Dwight Morrow, quien se convirtió pronto en consejero y “amigo” personal de Calles, cultivando hábilmente el lado conservador y las ambiciones del jefe máximo, con el fin de frenar la puesta en marcha del programa nacionalista del PNR. Su fundación fue la obra maestra del callismo, pues a partir de éste, la sociedad pudo avanzar hacia la conformación de un país de instituciones sólidas. Los caudillos regionales tuvieron que disciplinarse o ser defenestrados sin excusa ni pretexto. Se dio inicio la obra constructora que tanta falta hacía. Sobre todo, en materia de infraestructura para impulsar el desarrollo. Con todo, lo más significativo fue que se pusieron las bases del sistema político incluyente que permitió sumar esfuerzos con un propósito común: crear una nación viable que dejara atrás definitivamente las luchas fratricidas y la falta de un proyecto nacional.
Desde 2018 MORENA gobierna el país de manera hegemónica.
México tiene muchos problemas que no han sido atendidos por la administración anterior ni la actual. Así, se han agudizado de manera alarmante sobre: inseguridad; desaparición de personas; salud; educación, desempleo y pobreza extrema.
Con total ausencia de autocrítica, la soberbia de los actuales gobernantes es mucha, a eso agregue los beneficios de legisladores, funcionarios y líderes del movimiento, que logran mediante excesos, viajes, lujos, exhibición y derroche con cargo al erario público, así como los abusos de poder. Por eso es que los gobiernos de la 4T son cuestionados, tanto en el plano nacional como internacional.
Así, igual que al PRI en su momento, a MORENA le quedó demasiado grande la camisa. Deja mucho a deber.



