La Gualdra 680 / Poesía / Libros
Uno lleva consigo el pueblo que le habita, los signos de la ciudad que fuimos, los signos de la ciudad que alguna vez habitamos a destiempo. Se vuelve analogía, añoranza, territorio perdido. En El viento del boulevard, de la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo (Frontera Comalapa, Chiapas, 1960), así sucede. Nos invita a un viaje íntimo, como desde el interior de un auto, para observar a través de la ventana la secuencia de imágenes que chocan, pasan y no se detienen.
Durante este trayecto, el recorrido es infinito, volviéndose medular en la figura de varios elementos: Nadia, la madre, el viento y la lluvia. Esta última es una figura recurrente, que aparece como nutriente:
a la orilla de las aceras
si tiene suerte y llueve
si el agua sucia de las casas corre por la calle
la planta del diente de león florecerá… (p.14)
O como añoranza a la casa, a su patio, a su calle de barro: “Tras la lluvia todavía es de arcilla la ciudad en mis ojos / como estrella lejana que se asoma en un charco” (p.16).
La lluvia también aparece en la voz de la familia como “residuos diamantinos”, o en el poema Bullanguerías, con el tono de quien se resigna a ser un elemento más en el escenario de un cuarto, una casa o un departamento: “Ha llovido desde las dos de la tarde y desde hace varios días / solo veo la ciudad desde mi ventana” (p. 18).
De igual manera, desde el olor, el viento y la lluvia se manifiestan en el poema Estío: “Me gusta ese olor a agua que viene del oriente / las golondrinas dispersas construyen el verano / a lo lejos la lluvia transluce el paisaje…” (p. 23).
Ser nuevo residente en una ciudad, en un mapa más amplio, en la cartografía de un croquis que se desdobla infinitamente, en el cosmos de millones y millones de habitantes, nos puede hacer creer que somos diminutos ante el monstruo. Tal es el caso en el poema El cristal con que me mira un Dios inmóvil, en el que la poeta se asume como un dibujo miniatura: un caracolito de arroz.
El viento del boulevard no es un libro fragmentado. Al contrario, el hilo con el que la voz de la poeta nos lleva de principio a fin, hace que el lector vaya superponiendo un poema-ciudad con otro. Es como una transición sobre dos imágenes en la edición de un filme. Y así, con un desvanecido, nos encontramos en la acera de la página 29 con el poema Balada para Simona y, posteriormente, con textos para Shanti, Sendic y Nadia.
Maceración de los instantes es un poema dividido en ocho partes, que pasa a pertenecer a ese librero de poemas que están en los estantes de la poesía mexicana. Mirtha Luz recuerda a Nadia, la evoca, la vuelve vida. Dentro de un estudio-cocina, como ocho escenas cinematográficas a manera de flashbacks, o incluso de flashforwards, la autora estudia cada fragmento: el almíbar, los chiles jalapeños, la mesa puesta para cenar alguna noche, en “la dudosa calma aderezada”.
Las dos de la mañana
La cerradura de la puerta da un chasquido de luz almendrada
Hojaldre tu risa sobre mi ánimo tus pasos de camino azucarado (p. 35)
Es en la cocina donde sucede el alimento del alma, el consuelo, el bocado de la devoción. Estos poemas son como extractos de viejas postales que Mirtha encontró para escribir en ellos olorosos cortometrajes.
En LuNadia crecen 16 poemas como árboles, carámbanos, tatuajes; poemas de “aromáticas espigas” y de lluvia. Las palmas del viento arrastran algunas hojas que, dice la poeta, pretenden decirle algo. Mirtha Luz escribe:
Dejaré que una miríada de luciérnagas me eleve
y la luz de las violetas sobre el agua
me convertirá en luna
Entonces todo volverá a su cuerpo (p. 53)
La luna, la lluvia, Nadia, el agua y un “Tarro de espumoso mar” para que “gire en las pupilas de la tierra ebria”. La resurrección en el poema, el atajo a la verdad indómita, la líquida certeza del texto ocurre en varios de los poemas de este apartado, como en LuNadia LLENA y PrimaVERA:
Apenas esta mañana
soñaba un sueño
Cerré los ojos ya despierta
Kukulkán vino a traerme
un rumor de luna llena y primavera (p. 57)
Asimismo, dice:
Mis manos se han vuelto viento
y todo lo que toco
puede volar (p. 59)
Soy Flor que crece del cielo
mi tallo óseo florece en mi pelvis de mariposa alada (p. 62)
Una muchacha sueña besos de sal sobre la arena
El viento abraza a la luz y LuNadia danza en el salón azul de la quimera (p. 66)
Es mi corazón una ofrenda de flores para vos […]
Mis palabras coloridas adornan tu recuerdo
y en el cenotafio que mi memoria te erige estás más viva que nunca (p. 67)
En la tercera y última parte, la poeta Mirtha Luz, “de la mano de los jazmines” nos habla de su madre, de aquellos cantos de su infancia. En 5 poemas ángeles y once alas, la triada hija-madre-abuela cierra un episodio, un momento, como una elucubración de su vida en diferentes parajes, ciudades, escenarios.
Entre lunas y soles, estrellas y árboles, la poeta dice: “Nunca una nube en medio del alto mar / se deslíe sin que el sol la llene”. Sin embargo, también entre fisuras, padecimientos, ensoñaciones médicas, nos entrega el siguiente ángel: “La recuerdo lágrima viva / por el dolor del mundo / bebiéndose la luna en las pastillas / sosteniendo su mundo en las farmacias / La recuerdo” (p. 78).
La poesía mística de Mirtha Luz, en este libro, sucede en varios momentos, como en el siguiente verso: “Alzóse nueva la luna / tras las sombras / la mariposa de obsidiana / se acurrucó en el techo / con sus alas abiertas como el ángel” (p. 79). No está de más recordar que esta figura, en la tradición prehispánica, representa a la muerte. Recordamos el poema Doña Luz de Jaime Sabines en su tercer fragmento: “Decías que una mariposa negra es el alma de un muerto”. Sin embargo, en el caso del poema de Mirtha, sucede como una premonición, como el aviso irremediable de la ausencia próxima.
Una ventana abierta, un pedazo de sol colocándose en la esquina, árboles que platican entre ramas, breves instantes, “nubes que forman mil mariposas juntas”, las alas abiertas de la muerte, perros que mastican silencio. Éste es un libro de poesía que sobrepasa la aritmética de la aversión. No existe, en la sentencia, la desolación. Es un libro que contiene vida, una llaga madura que trastoca tres generaciones, que emite un sonido, que “hornea música”, que “huele a anís y albahaca”. Porque la albahaca zurce las distancias con su olor, cura de mal tiempo.
En El viento del boulevard, Mirtha Luz Pérez Robledo nos invita a un viaje poético donde lo cotidiano se entrelaza con lo místico y lo personal se funde con la naturaleza. Es una obra lírica que invita a la reflexión, a detenerse en los pequeños detalles y a encontrar la poesía en la vida cotidiana. La riqueza de sus imágenes y la profunda sensibilidad de su voz poética lo convierten en un libro memorable.
*Editorial Ultramarina, 2021), de Mirtha Luz Pérez Robledo.
Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1985). Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Las armas que me dejó la guerra, Tristera y Junk. Ha sido becario del PECDA, del IMCINE y del FONCA. Ha obtenido, entre otros, el Premio de Literatura Joven Max Rojas, el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2022 y los Juegos Florales Nacionales de Guamúchil 2025. Es director general del Colectivo de Arte y Cultura Carruaje de Pájaros.
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_680



