A propósito del México surrealista, bautizado así por Breton como una expresión de sus mejores augurios, y por obra de la ignorancia, la maledicencia, etcétera, pero sobre todo de la vida devenido epíteto infamante; muy en uso para caracterizar el absurdo cotidiano de nuestras vidas pública y privadas o, en el mejor de los casos, el pintoresquismo y el atraso que parecieran sernos inherentes; perdóneseme la insistencia si reitero que con todo y su insignificancia económica, política, poblacional, etc., en lo referente a dicho “surrealismo” Zacatecas resulta una verdadera potencia.
Miles de historias generadas un día sí y otro también pudieran ilustrar tal aserto, si bien pocas como la que progresa desde la celebración de los últimos comicios, de la que por mucho se sospeche un reparto verdaderamente estelar no obran en los autos de los juicios respectivos sino actores de reparto, verbigracia quienes se desgarraron las vestiduras por haber padecido lo que ellos mismos hicieron, sólo que con menor eficacia; los acusados con índice flamígero; los probos impartidores de justicia; los cazadores de prerrogativas; los suspirantes emergentes, etcétera. Historia que bien pudiera culminar con la reaparición del salvador, o acaso la salvadora de la patria, no de la grande sino de la chica, y acaso hasta de la muy chica.
Las implicaciones legales de éste y casi cualquier otro caso, siempre han sido lo de menos.■



