La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales con dos días de descanso no sólo es una demanda legítima de la clase trabajadora, sino que puede convertirse en un motor de transformación estructural para la economía mexicana. Así lo sostiene el investigador y economista Saúl Escobar Toledo en un análisis realizado en el “Foro para la implementación de la Semana Laboral de 40 horas” convocado por le Secretaría del Trabajo y Previsión Social el 19 de junio de 2025, donde advierte que México mantiene jornadas extensas y salarios reducidos en comparación con otros países de América Latina.
De acuerdo con Escobar, mientras que en Europa las jornadas laborales semanales han disminuido de 45 a 32 horas desde la posguerra hasta 2020, y en Estados Unidos promedian 35.1 horas, en México los trabajadores asalariados laboran en promedio 43.7 horas semanales. Pero lo más preocupante, destaca, es que el 28 por ciento de los trabajadores en el país trabaja 49 horas o más, el porcentaje más alto entre los países latinoamericanos analizados.
Esta situación se agrava en el sector industrial, donde el promedio semanal asciende a casi 52 horas, revelando una alta dependencia del tiempo extra, muchas veces no remunerado adecuadamente. En contraste, en sectores como comercio, restaurantes y hoteles, las jornadas son menores.
El autor señala que uno de los argumentos más recurrentes del sector empresarial para oponerse a la reducción de la jornada es el supuesto incremento en los costos laborales. No obstante, los datos muestran que en México se trabaja más por menos; en Brasil, por ejemplo, se laboran 39 horas por semana y se reciben salarios más altos. En términos del poder adquisitivo medido en canastas básicas, un trabajador brasileño promedio gana lo equivalente a más de tres canastas, mientras que en México apenas supera las 2.5.
Escobar subraya que incluso los profesionales y técnicos mexicanos -aquellos con mayor grado de estudios- tienen ingresos inferiores a los de sus pares en la región. En Brasil, estos trabajadores alcanzan un poder adquisitivo de nueve canastas básicas, en el promedio latinoamericano son siete, mientras que en México no superan las cinco.
El problema de fondo, argumenta el economista, radica en el bajo nivel de inversión en capital físico y tecnológico. Un estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), citado por Escobar, revela que si las empresas mexicanas mejoraran su eficiencia técnica podrían aumentar su productividad entre un 20 y un 40 por ciento. Sin embargo, desde los años ochenta, la inversión pública y privada ha sido insuficiente, limitando la modernización y la adopción de nuevas tecnologías.
“Las empresas prefieren contratar más mano de obra barata que invertir en maquinaria y procesos eficientes”, advierte. Esta estrategia ha sido particularmente atractiva para la inversión extranjera, que ha encontrado en México condiciones favorables para mantener bajos los costos laborales, sobre todo por la debilidad sindical y los contratos de protección.
En este contexto, Escobar propone que la reducción de la jornada no debe verse como una amenaza, sino como una oportunidad para estimular la productividad, mejorar las condiciones laborales y avanzar hacia un nuevo modelo de desarrollo económico. Una jornada más corta obligaría a los empleadores a optimizar sus procesos productivos y contribuiría a mejorar la calidad de vida de la clase trabajadora, con efectos positivos sobre el conjunto de la economía nacional.
“La reducción de la jornada laboral puede servir como palanca para una transformación estructural que abandone el esquema de sobreexplotación instaurado desde la entrada en vigor del TLCAN hace tres décadas”, concluye el autor. “Una jornada digna, salarios justos y empresas modernas no sólo son posibles, sino imprescindibles para el país”.



