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miércoles, 17 agosto, 2022
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Ucrania fashion week

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Por: David Bollero •

El reportaje publicado esta semana en Vogue en el que Olena Zelenska, esposa del presidente de Ucrania Volodímir Zelenski, posa en diferentes escenarios -en ocasiones junto a su marido- ha sido objeto de polémica. El hecho de que la sesión fotográfica haya corrido a cargo de Annie Leibovitz, la fotógrafa de las grandes estrellas del cine y la música, ha amplificado aún más el ruido generado en torno al reportaje que firma Rachel Donadio, colaborada afincada en París de medios como The Atlantic y antigua corresponsal cultural de The New York Times. La guerra convertida en pasarela con el pretexto de expandir los horrores del conflicto y generar conciencia prêt-à-porter.

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La polémica generada ha venido motivada fundamentalmente por la sesión fotográfica. No es para menos, puesto que alumbrar una suerte de Ucrania fashion week, con su correspondiente estilismo, ayudantes de estilismo, maquillaje, peluquería y producción resulta, cuanto menos, frívolo en mitad de un conflicto bélico que, como ya apunté hace meses, se ha convertido en el más mediático e irracional.

Es la primera guerra en la que hemos visto a mandatarios europeos hacer tours y fotografiarse entre escombros mientras continúan financiando a Rusia con su gas; que llegara un reportaje como el de Vogue era sólo cuestión de tiempo. Es la guerra espectáculo en el reino de la imagen con filtros que han traído las redes sociales, que idealizan tanto como lo hace el texto que firma Donadio. Porque si polémicos son los posados de Zelenska, diría que aún más lo es el reportaje en sí, cuya traducción al español es de muy dudosa calidad (si sienten curiosidad y saben inglés, léanlo en la edición estadounidense).

Más allá de esta tendencia a abolir que lleva a convertir a las parejas de los mandatarios en primeras damas (excepcionalmente, primeros caballeros) con designios de asuntos sociales o culturales, el reportaje de Vogue es una oda al matrimonio Zelenski, presentándolo al mismo nivel que a una familia humilde del barrio de Obolon de Kiev. Pueden compartir miedos por su integridad física, por sus hijos, por sus padres, por el futuro de un país absolutamente desdibujado… pero el punto de partida es radicalmente distinto; lo es ahora y lo era antes de la guerra. Tal y como escribe la propia Donadio, antes incluso de que Zelenski fuera presidente, la familia ya iba a Lisboa a ver un concierto de Adele o viajaba a Barcelona a pasar un fin de semana… algo al alcance de no muchos ucranianos y ucranianas.

El lavado de cara que realiza Vogue es de brocha gorda, llegando a referirse a la Ucrania de la que habló Zelenska en su discurso ante el Congreso estadounidense como un país que ya no era el de «oligarcas y cleptócratas de los años postsoviéticos». Paradójicamente, no cita a personajes oligarcas y cleptócratas como el amigo de la familia Zelenski y principal mecenas de su campaña electoral Ihor Kolomoyskyi, huido a Suiza tras ser acusado de haber vaciado el mayor banco ucraniano, el Privat Bank -del que era supervisor-, haciéndose con más de 5.500 millones de dólares.

El texto deja pasajes tan forzados, de una artificialidad tan burda que roza lo cómico: «no pude evitar pensar que la prenda tenía el mismo tono oxidado que los tanques rusos quemados que vi en las carreteras de Irpín y Bucha». Rompo una lanza, empero, por una de las reflexiones que realiza la periodista -empeñada en brillar tanto como la entrevistada-, cuando apunta que «resulta extraño hablar del exterminio del pueblo ucraniano y de la moda de Ucrania en la misma conversación, y sin embargo esa es la disonancia cognitiva que rige la Ucrania actual». La vida sigue, claro, o por ser más precisos, trata de abrirse paso aunque no en todos los casos con las mismas facilidades.

Para ilustrar esa realidad, «esa esquizofrenia se cumple especialmente en Kiev, donde puedes tomarte un matcha en un café y conducir después la hora que la separa de Bucha para ver la fosa común» no hacía falta publicar un reportaje como el de Vogue… ni siquiera en Vogue. En lugar de posados tan refinados que rozan el mal gusto, podría haber aprovechado el talento de Leibovitz para ilustrar ese día a día de Zelenska con la población ucraniana, pero no, ha preferido convertir el horror en pasarela de un modo tan grosero como si Jill Biden posara con su último Oscar de la Renta en uno de los colegios en los que se ha producido una matanza para concienciar sobre el control de armas en EEUU. Este periodismo no es la enfermedad, es tan solo un síntoma de esa superficialidad patológica que trata de impregnarlo todo y cuyo antídoto, afortunadamente, viene de la mano de periodistas como Patricia Simón, Ebbaba Hameida, María Sahuquillo, Núria Garrido y un largo etcétera de profesionales como la copa de un pino. Cada uno elige qué vacunas se pone.

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