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viernes, 27 mayo, 2022
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Especulando sobre el futuro del muro y las deportaciones masivas

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Por: RAÚL ROSS* •

A juzgar por el discurso de Donald Trump en campaña y las nominaciones de extremistas para su próximo gabinete, no son descabelladas las interpretaciones que afirman que Estados Unidos se ha colocado a la puerta del fascismo. Si esa puerta se cruzará o no, dependerá no solo de la minoría blanca que lo favoreció y del propio Trump, sino además de la postura que vayan a adoptar los poderes fácticos (la oligarquía, los medios y otros) y principalmente de la fuerza que puedan recuperar en el futuro inmediato los sectores sociales que aunque hoy parecen derrotados.

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Es alentador que, sin esperar la toma de posesión de Trump, la resistencia al trumpismo ya haya salido a las calles. En esta batalla más general, la parte políticamente más activa de los mexicanos en EU es aliado subalterno de una fuerza opositora naturalmente encabezada por los propios estadunidenses; pero, cuando esa batalla se enfoca particularmente en sus aspectos migratorios, entonces el gobierno mexicano y los mexicanos en EU están llamados a representar un papel más protagónico y menos subalterno, pues es el pellejo propio lo que está en juego.

Sin negar que el panorama migratorio que tenemos enfrente es bastante sombrío, quiero especular sobre un escenario menos pesimista.

Para empezar, nadie olvida que muro en la frontera con México y deportaciones masivas fueron las promesas de Trump en campaña; pero pocos quieren recordar que, también en EU, los candidatos no siempre cumplen todo lo que prometen una vez que ganan el puesto deseado. Una cosa son los recursos retóricos a que apelan para ganar una campaña y otra distinta es, en este caso, mantener los equilibrios necesarios para gobernar el imperio.

El muro como consigna fue un excelente recurso retórico que conectó a Trump con los electores xenófobos, sector que ha existido en la sociedad estadunidense desde hace mucho tiempo, pero que actualmente es una minoría. En realidad, los asuntos migratorios no ocupan un lugar alto entre las prioridades de la mayoría de la población estadunidense.

Pero asumiendo que se construyera el famoso muro ¿cuál sería realmente el problema en tal caso? Esto sería la consumación de un capricho insensato que, ciertamente, sería una grosería para los mexicanos, pero poco eficaz para resolver el problema que se supone quiere resolver: el cruce de indocumentados. Recuérdese que ese muro en la frontera sur se empezó a construir desde 1995 durante la administración de Bill Clinton, que otros tramos han venido cercándose desde mucho antes, que hay monitorización electrónica y patrullaje terrestre y aéreo, con una patrulla fronteriza que durante la administración de Barack Obama creció a más de  21 mil agentes (equivalentes a más 7 agentes por cada kilómetro de la frontera con México) y un presupuesto previsto para este año de 23,871 millones de dólares.

Amurallar completamente la frontera sería un ejercicio de esquizofrenia que no agregaría mucho más a las dificultades que los migrantes ya tienen para cruzar. Los altibajos en el número de indocumentados registrados en el pasado han obedecido más a factores económicos y políticos y menos a obstáculos colocados en la frontera; ni siquiera el poderoso disuasor que deberían ser los centenares de muertes en el cruce los han podido detener.

Pero aún en el caso hipotético de que gracias a un muro pudiera detenerse totalmente la migración indocumentada ¿qué sucedería después? No con los aspirantes a indocumentados, sino con las ramas de la economía de EU cuya viabilidad o competitividad dependen de la disponibilidad de su mano de obra. Aunque aquí está perfilado claramente un autogol, una respuesta de cajón es aquella que dice: “Se permitirá el ingreso de trabajadores migrantes siempre y cuando lo hagan por medios legales”; aquí el problema es que la legislación que se supone debe usarse para este propósito hace tiempo quedó obsoleta frente a las necesidades actuales de la burguesía estadunidense, de ahí que la posibilidad de una reforma migratoria no sea tan remota, aunque se mantenga pegada al concepto de seguridad fronteriza.

Este último razonamiento es igualmente válido para sopesar la amenaza de las deportaciones masivas.  En su primera entrevista televisada el Presidente electo, evitó insistir en la deportación de todos los indocumentados (algunos once millones; la mitad mexicanos) y a cambio dijo que deportará o encarcelará solo de dos a tres millones de indocumentados criminales, más o menos la cuarta parte del total. Aunque esta proporción está sumamente inflada, probablemente para no desilusionar tan pronto a sus votantes, lo importante es notar que Trump ya moderó un tanto su estridencia en este punto. Dar prioridad a la deportación de delincuentes es normal en EU y, si se limitara a ellos, la cantidad total de deportados, en un descuido, podría llegar a ser menor que los de la Presidencia de Obama.

A final de cuentas, la próxima política migratoria, lo mismo que la demás, dependerá no del pesimismo u optimismo que hoy nos inspira sino de la acción social que se ponga en juego. Desde esta perspectiva ¿a qué estamos apostando los mexicanos?

 

*El autor radica en Chicago desde 1986, es miembro de la Coalición por los Derechos Políticos de los Mexicanos en el Extranjero y autor de varios libros y numerosos artículos sobre la vida de los mexicanos en EU. Correo electrónico: [email protected]

 

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