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lunes, 28 noviembre, 2022
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Jean- Luc Godard contra Alphaville

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Para André Bazin (1918-1958), uno de los varios críticos y escritores que aglutinaban su pensamiento en las páginas de la revista “Cahiers du Cinéma” (cuadernos de cine o papeles de cine), la cinematografía consagra la “realidad objetiva”. Concepto al parecer simple, pero difícil de explicar. Se ilustra, en el caso del cine, con ejemplos del neorrealismo italiano como “Roma, ciudad abierta”, de Roberto Rossellini. Pero se puede resumir en “El universo estético del pintor es heterogéneo al de su entorno… La existencia del objeto fotográfico participa, al contrario, de la existencia del modelo como una huella digital a su dueño” (“Ontologie de l´image photographique” Qu´est ce que le cinéma?, 1958). Y esto se extiende al cine concebido no como manipulador de la realidad, sino su reflejo. No faltó un nombre para ese grupo de críticos, muchos de ellos vueltos directores. Se les conoció como la “nueva ola” (Nouvelle vague). Tal apelativo indica una pluralidad de obras con poco en común, excepto que hayan escrito, a veces, para Cahiers du Cinéma. Se agrupan bajo esta denominación trabajos como “Out 1”, de 1971, dirigida por Jacques Rivette (1928-2016) y Suzanne Schiffman (1929-2001) de 13 horas de longitud inspirada en “La comedia humana”, de Honore de Balzac, y “Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution”, grabada en blanco y negro y estrenada en 1965. Dirigida por Jean-Luc Godard, nacido en París, Francia el 3 de diciembre de 1930 y fallecido en Rolle, Suiza el 13 de septiembre de 2022, no se aviene a la concepción del cine de Bazin de manera simple. Tiene lugar en un futuro incierto, en una ciudad dominada por una inteligencia artificial llamada “alphaville 60” y ubicada en una galaxia muy, muy lejana. Pero el realismo de Godard se impone: esa ciudad distante en el tiempo y el espacio es París, cuyas luces de noche son la mejor remembranza de cualquier futuro tecnológico, hoy alicaídos por el cambio climático. Además, las escenas nunca imponen una estética futurista porque son tomadas del París de los años 1960. Incluso el personaje principal era bien conocido del público francés. Se trata de Lemmy Caution, carácter ficticio introducido en la novela negra por Peter Cheyney (1896-1951), autor inglés de obras de literatura negra ya olvidado. Hubo programas de radio neozelandeses y australianos acerca de las aventuras de Caution, agente del FBI, y posteriormente detective privado. Debido a la debilidad del público francés de la posguerra por los rudos y guapos detectives de las novelas negras americanas, la industria del cine utilizó a Caution en muchas películas populares. Godard añadió una diferencia con todo ese cine: Lemmy Caution aparece representado por el actor de siempre: Eddie Constantine, pero sin maquillaje. Imagen lúgubre, descuidada, con la cara surcada de cicatrices, triste y con gabardina. Demasiado “realista” y prefiguración de otros personajes del mismo tipo, como Richard Deckard en “Blade Runner”. Sale de su contexto habitual de detective privado de película “noir” para pasar a las intrigas galácticas. Llega a Alphaville como el reportero Ivan Johnson del periódico Fígaro-Pravda, en busca de un tal profesor Von Braun, creador de la inteligencia artificial Alpha 60. Aunque en realidad busca a Henry Dickson, agente del FBI supuestamente desaparecido. Cuando lo localiza recibe un mensaje: “salva a los que lloran”. ¿A los que lloran? A todos aquellos, recluidos en ghettos o zonas prohibidas, que no pueden expresar sus sentimientos, pues estos están cercenados por Alpha 60, el autócrata cibernético que controla la ciudad-Estado de Alphaville. Según parece, lo que causará la defenestración de este dictador positrónico es el enamoramiento de Caution por la hija de Von Braun, Natasha Von Braun, interpretada por la actriz franco danesa Anna Karina (Hanne Karin Bayer, 1940-1919), es una sutil lectora de Paul Éluard. La película está repleta de diálogos con citas a autores disímbolos: Céline, Pascal, La Fontaine, Bergson, todos cancelados por la inteligencia artificial. Una constante, sin embargo, que atraviesa a estos pensadores es su relación con los sentimientos o la voluntad. Como ya se mencionó, la supresión del sentimiento es una de las formas de la represión que cunde por Alphaville, por eso los propagandistas de la voluntad son vetados. La liberación de esos sentimientos son las armas que llevarán a Caution a una negociación con el dictador, que le ofrece, en un momento memorable, la regencia de una galaxia. Por supuesto, Caution se negó a ser benévolo dictador de una lejana “nube de Magallanes” tanto como evitó ser James Bond. Prefirió el amor contra la lógica del interés inmediato y el olvido antes que las películas de Hollywood. Estas escenas son realistas porque reflejan una realidad que a veces elude al ciudadano promedio. Alfonso Reyes recibió de Victoriano Huerta la invitación de ser su secretario particular. Se negó, no porque supiera de la próxima derrota del general, sino porque su padre fue asesinado por el mismo que le hacía la oferta. Aquí se ve la superioridad del sentimiento por sobre el interés inmediato. Quizá no sea muy claro el mensaje, tal vez asumir que la victoria de Caution es una alegoría de la derrota de la racionalidad ante las hordas sentimentales sea demasiado. Pero Octavio Paz creyó leer en la revolución mexicana eso: el triunfo de los sentimientos sobre la razón.

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