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lunes, 8 agosto, 2022
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Borges o la fórmula de la escritura literaria-filosófica como enigma interminable

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Por: SIGIFREDO ESQUIVEL MARÍN •

La Gualdra 533 / Literatura

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Aunque quizá sea uno de los más grandes pensadores de Iberoamérica, Jorge Luis Borges no es un filósofo, en todo caso es un intelectual bastante atípico, tampoco es un escritor de grandes narraciones, sus fabulaciones están muy lejos de lo que se suele denominar boom latinoamericano. Sin embargo, nadie deja de admirar su inquisitivo genio creador. Los más grandes lo admiran: Paz, Savater, Steiner, Bloom, Cioran, Deleuze, Derrida, entre muchos otros. Salvando sus primeros escarceos literarios vanguardistas, me atrevería a decir que Borges es escritor de un mismo texto casi perfecto e interminable. En él casi se juega el todo por el todo, o bien por nada. Lo leemos con avidez e infinito placer, sus obras maestras son ya parte del repertorio de las letras universales. Habría una fórmula mágica infalible, sería secreta si no estuviera al alcance de todos, a saber, el estilo borgesiano inconfundible: de seducir, hacer pensar, barajar varias hipótesis existenciales y antropológicas, sin deci(di)r ninguna respuesta. Borges es la literatura como interrogación íntima e intensa. Sus ensayos-cuentos o fábulas ensayísticas aparecen apenas como el bosquejo de una narración que se antoja abreviada y requerida de un desarrollo más explícito. Habría que matizar que también hay personajes memorables que nos resultan absolutamente entrañables e inolvidables como Emma Zunz e Irineo Funes (El memorioso), en ambos casos tenemos presentes sus cuerpos y gestos, en el primero, una joven doncella dispuesta a la autoinmolación y, en el segundo, un cuerpo gaucho tullido, encorvado e inmóvil postrado en un lecho y direccionado todo como memoria absoluta y prodigiosa, respectivamente. Sus poemas intelectuales están dentro del linaje de la más elocuente tradición que va de Parménides y Platón hasta T. S. Elliot y Valery, pasando por el Tao y los poetas gnósticos. Elipsis y enigma resultan figuras centrales de su obra, como la curvatura de senos entrevista en la blusa de una bella mujer, así las narraciones de Borges apenas cuentan lo mínimo para que el lector pueda sacar el máximo provecho interpretativo. La literatura como enigma también se podría leer la literatura como goce. Para el argentino lo más importante de las letras es disfrutar de su (re)lectura; lectura y re-lectura se vuelven indiscernibles: que otros se jacten de las páginas escritas, yo de las leídas –sentenciaba. Quizá por eso, en su lectura interminable, el lector es cómplice y co-creador de su trabajo textual. Tales son algunos de los ingredientes de la fórmula infalible borgesiana. Imitarla es tan inútil como denostarla. Las citas recurrentes de Berkeley, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y pensadores orientales únicamente tienen la función de dar cierto matiz y coloración a sus ideas en ciernes que no son sino hipótesis enfebrecidas. Es un escritor que gusta de bromas e ironías metafísicas, lo suyo es la delicadeza, no en balde en sus admirables Ejercicios de admiración, Cioran lo describe como el último delicado, símbolo de una humanidad abierta y tolerante en extinción. La fineza de su escritura contrasta con el vértigo del encuentro de sus ideas y elucubraciones que dejan al lector girando fuera de sí, fuera del mundo. Fineza y elegancia que se expresan en un estilo cada vez más natural y directo. Al final del trayecto resume su búsqueda en sus conferencias de Harvard de 1967-1968, publicadas bajo el emblemático título de Arte poética, donde comunica de manera didáctica y amena algunas claves estilísticas de su escritura: huir de la afectación retórica, renovar el lenguaje literario como develación del misterio del mundo y, sobre todo, escribir asumiendo que las palabras están imantadas de magia y hacerlo con la frescura matinal cotidiana. Tal vez ahí resida parte del admirable secreto de su escritura que hasta ahora no ha podido ser superada, ni siquiera igualada.

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