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miércoles, 10 agosto, 2022
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Cerebros en fuga

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL • Admin • admin-zenda •

Mientras que México tiene el octavo sitio dentro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en número de titulados en posgrados, particularmente de ingenierías y ciencias, superando incluso a países como Rusia, España, Irlanda o Japón (La Jornada, 24 de marzo de 2016) no es precisamente la vanguardia en desarrollo científico y tecnológico, pues, por ejemplo, sólo el 7% de las patentes que se presentan en el Instituto Mexicano de Propiedad Industrial (IMPI) son hechas por mexicanos (Revista Quo, 26 de abril del 2013).

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Estos datos, además de la participación de mexicanos en inventos tan importantes como google o la pastilla anticonceptiva hacen evidente que el problema no se debe a la falta de capacidad, sino a que México se dedica a maquilar científicos.

Según lo publicado por La Jornada en nota de Alfredo Valadez el 21 de marzo de 2016, una investigación encabezada por el doctor Raúl Delgado Wise, orgullosamente de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) dejó ver que viven fuera del país 1.2 millones de mexicanos altamente calificados; 900 mil con licenciatura, y 300 mil con posgrado, quienes residen en 67 países a los que prestan sus servicios, entre los cuales están Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia y Bélgica.

De acuerdo con dicha investigación llamada Cómo transformar a México con innovación, que realizó la Unidad Académica de Estudios del Desarrollo de la UAZ, a petición del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), el 80% de los mexicanos altamente calificados emigra a Estados Unidos donde encuentra mejores oportunidades laborales y de desarrollo profesional.

Esto se ha traducido en que haya en aquel país 20 mil mexicanos con doctorados, el mismo número de doctores que integran el Sistema Nacional de Investigadores.

La explicación fácil y engañosa a esta situación es culpar a estos científicos e investigadores de traición a la patria, por haberse formado en México, para ofrecerles los frutos de su educación a otros países que no invirtieron nada en sus estudios.

No obstante, hay que reconocer que incluso la mano más calificada de este país padece lo que el resto, la falta de oportunidades laborales y los sueldos precarios, con el añadido de que padecen también la incomprensión familiar y la insatisfacción personal de pensar que se ha estudiado mucho para tan pobres ingresos, y en el peor de los casos ni eso, pues de acuerdo a la misma OCDE, el mercado laboral favorece en México a quienes menos estudios tienen, y pone más difícil la situación a medida que se obtienen mayores grados académicos.

Los pocos, muy pocos que logran insertarse laboralmente en las universidades y centros de investigación,  tienen que, en su mayoría, convertirse en expertos en la gestión de becas y estímulos lo mismo del Sistema Nacional de Investigadores o de otros programas de su profesión; pues pronto encuentran que estos recursos que fueron pensados inicialmente para convertirse en bonos adicionales que premiaran un desempeño destacado, han pasado a ser la columna vertebral de sus ingresos.

Por ejemplo, un académico de la Universidad Nacional Autónoma de México tiene como salario 9 mil 600 pesos, apenas una cuarta parte de lo que podría obtener un recién graduado de ciertas profesiones en la ciudad de México si labora para la iniciativa privada (ver nota de El Financiero del 29 de febrero de 2016).

En consecuencia, debido a la importancia que estos incentivos adquieren para el sostén de un investigador y su familia, es común que se priorice las labores necesarias para cumplir los requisitos para obtenerlos sobre otras actividades necesarias y de resultados poco medibles.

De esta manera, el tiempo de muchos investigadores se consume en el llenado de formularios, lidiar con plataformas digitales, y la publicación a diestra y siniestra en revistas en las que hay más redactores que lectores.

En este panorama, parece reducirse a tres las opciones que les quedan a los científicos e investigadores: el exilio a donde se valore su trabajo, entrar a la carrera burocrática del conocimiento, o bien poner sus habilidades al servicio del lucro y de intereses privados que si bien pueden ser legítimos, no priorizan el bienestar social.

Sería de suponerse que tratándose de las mentes más calificadas de este país algo hacen para remediar esta situación, sin embargo no parece ser así gracias a un “beneficio” adicional de este modelo, el de lograr sembrar la idea de que el salario y las condiciones laborales son un asunto individual en función de la producción personal, y no el resultado de una negociación colectiva como la que hacen otros gremios y sectores.

Es el triunfo, hasta en las mentes más brillantes, del “sálvese quien pueda”. ■

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