■ “Tengo fuerza para luchar otros 50 años”, dice Miguel Rodríguez, ex trabajador migrante
■ Su jornada laboral iniciaba a las 6 de la mañana y podía concluir a las 11 de la noche, dice
Miguel Rodríguez Rodarte fue contratado por primera vez mediante el Programa Bracero en 1952, diez años después de que los gobiernos de México y Estados Unidos firmaran este acuerdo que tuvo su origen en la necesidad de mano de obra en el vecino país en la coyuntura de su participación en la Segunda Guerra Mundial y luego en la Guerra de Corea. Era entonces un joven de entre 18 y 19 años de edad.
Las primeras noticias de la posibilidad de trabajar en los Estados Unidos las escuchó don Miguel en el radio. Luego su conocido, el ingeniero José Rodríguez Elías, a la postre, Gobernador del estado, de quien recuerda era entonces presidente del PRI en Zacatecas le preguntó si quería irse.
En oficinas de la presidencia municipal de la capital se solicitaba para ello una constancia que acreditaba la buena conducta del interesado y el no poseer “una parcela”.
Con su “carta” en mano, él y otros 30 zacatecanos conformaron “una lista” y fueron trasladados en autobús hacia Durango donde en algún momento eran entrevistados por los contratistas “que hacían el pedido”.
En su caso, hubo de esperar 15 días para esto. Mientras tanto, se alojaban en una casa por la que pagaban 50 centavos diarios por persona y vivían prácticamente de la caridad de la gente del lugar, la asistencia de un sacerdote y la alimentación que ofrecían en la penitenciaría, dice.
¿Por qué irse? Miguel Rodríguez contesta que “la cosa estaba muy sencilla. Es que aquí no había trabajo, estábamos muy amolados”.
Y sabían que yendo para allá habría que aceptar “el trabajo que viniera”. También recuerda que ya se les llamaba “braceros”.
Ser bracero en los Estados Unidos.
“Luego, luego” entrando a los Estados Unidos los jornaleros mexicanos eran desnudados y bañados en polvo, “nos hacían grampa y nos bañaban por donde quiera” en un procedimiento que era como una especie de fumigación.
Más adelante comenta, “nos hacían en fila y ponían doctoras o no sé que serían, vestidas de blanco, allí nos agarraban de donde semos hombres y nos daban un sobón a ver si no llevábamos purgación o no sé qué cosa ¡Así todos los días!, ¿Se imagina todo lo que pasábamos cuando íbamos a los Estados Unidos? ¡Está grueso!”
Durante su estancia como jornalero en campos de cultivos ubicados en un primer lugar que él cita como “Járlinche” del que sólo sabe se encontraba más allá de los límites del estado de Texas, una segunda ocasión en Phoenix, Arizona y otra más en “Blaic”, California; nunca supo que el 10 por ciento de su salario se concentraba en una cuenta de ahorro cuyos recursos tendría que haberle entregado el Gobierno mexicano a su regreso al país.
Lo que sí oía decir, era que éste “los rentaba como burros y recibía 50 dólares” por cada uno de ellos. “Así se oyó, así se escuchó por ahí”.
Eran concentrados en galerones para dormir en literas. Había miles de trabajadores viviendo en esas condiciones, dice.
Se les facilitaba por cada tres o cuatro, una estufa y trastes para cocinar y los domingos eran llevados a misa por el mayordomo. Eran ellos, los braceros, quienes llenaban las iglesias.
Este hombre, quien ahora suma 82 años de edad, recuerda que ganaba 50 centavos por hora, que su jornada de trabajo iniciaba a las 6 y podía concluir hasta las 23 horas y que se les daba apenas media hora para comer, actividad que hacían en el propio campo.
Otra expresión que quedó fija en la memoria es el grito de los mayordomos que ordenaban: “¡hazte grampa!”, esto era entendido como ¡agáchate!
Los trabajadores debían mantenerse en esta postura realizando las labores de limpieza del “barbecho”, el acomodo de los cultivos o corte de legumbres, sin enderezar el cuerpo mientras recorrían en un barrido zigzagueante los surcos que él recuerda podían tener una longitud de 200 o hasta mil metros.
Las vociferaciones de quienes fungían como capataces también incluían ofensas por “indios y mugrosos” y advertencias de que no fueran “huevones”. Pero “sí andábamos trabajando”, refiere don Manuel.
En su primera incursión como bracero su labor fue “desahijar” pepino, esto es, espaciarlo en los surcos de manera que una planta y otra no se estorben para crecer y se hace con un azadón. Durante 15 días realizó esta labor y participó también en el cultivo de sandía y melón.
Recuerda especialmente que cuando trabajaba en Phoenix, Arizona en el corte de la lechuga; trajo un mayordomo desde Riverside a un grupo de braceros para provocar competencia entre ellos.
Domingo Escamilla, el mayordomo, les gritaba constantemente: “para la otra zafra voy a traer a mi gente”. A pesar de temerle no faltaba quien le contestara: “¡También me traes a tu hermana!”
Escamilla se paseaba de un lado a otro mientras les decía “si ahorita se siente enfermo un hijo de la… que se muera en el trabajo. Y no le hace que se me mueran todos para mañana tengo toda mi gente otra vez”.
“Sí, estaban así las contrataciones de miles y miles” de personas, observa Miguel Rodríguez, que agrega que los braceros que trajo Escamilla estaban “muy trabajados y yo creo que poco comidos, diariamente caían uno o dos desmayados”.
En su último contrato en los campos de cultivo de California, donde trabajó para un patrón de origen griego, Manuel Rodríguez fue ascendido a mayordomo sin su consentimiento.
“En ese entonces me empecé a sentir mal, el trabajo ya no me gustaba…no le encontré yo… todos eran buenos conmigo…. No le hallé porque todos eran mi misma gente”.
De esta manera explica que para él no era posible fungir como un capataz. Aunque su patrón estaba en proceso de “arreglarle sus papeles” y le concedió un permiso de 20 días para venir a México tras el cual debía regresar, Manuel Rodríguez Rodarte sentencia, “ya no quise nada de Estados Unidos”.
Volvió así a Jerez, de donde es originario y se ubicó por mucho tiempo en la sierra a donde siente que pertenece, ahí se dedicó a la crianza de caballos.
Reclamar «lo suyo»
En los años 90 del siglo pasado, sin lograr precisarlo con exactitud, sitúa el momento en que supo de la existencia de un dinero que le pertenecía.
De esta manera como otros ex braceros se ha apersonado para integrarse a los diversos padrones que se han abierto para registrar sus documentos a fin de que le sea devuelto su dinero. Poco a poco también ha concientizado hasta tener una claridad plena de que no sólo debía reclamarse sino “luchar” por él en tanto que el Gobierno mexicano no ha asumido un compromiso para reintegrarles el fondo de ahorro pactado entre Franklin D. Roosevelt y Manuel Ávila Camacho en 1942.
“Yo por ejemplo tengo muchos años, todavía me siento con fuerza para luchar otros 50 años más. Me tanteo con ánimo y con fuerza para seguir la lucha que ya después cuando yo ya no pueda será mi hija o será uno de mis hijos los que la sigan”.
Miguel Rodríguez todavía espera que se le haga justicia, funge actualmente como coordinador en el municipio Zacatecas de la organización Ex Braceros en Lucha, A.C.
El ánimo en esta lucha de la que él destaca quieren ser vistos como gente con valor de reclamar “lo suyo” y no con lástima se da entre unos y otros, así se fortalecen.
Cuando algún compañero por su edad o condiciones de salud no puede participar en las marchas y plantones se pide “que se presente un familiar en lugar de ellos. De esta manera se han sumado las viudas y los hijos o hijas”.
“Si nos tocan 10 mil pesos o si son 30 o más, lo que sea, no queremos que el Gobierno se quede con eso”, remata.
Para el próximo año se ha etiquetado por la 61 Legislatura del estado la cantidad de 12 millones de pesos para entregarse como apoyo a este sector. El Gobierno federal ha desaparecido la partida presupuestaria que se destinaba para el mismo propósito y no existe un acuerdo que les asegure se les devolverá el fondo de ahorro que reclaman integrados a diferentes organizaciones desde 1998.



