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sábado, 28 mayo, 2022
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Kutupalong, el campo de refugiados del que nadie habla

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Por: La Jornada •

Una frase resume el “cambio de actitud” frente a las migraciones. Se ha repetido de mil formas en televisoras de todo el mundo, a propósito de la guerra de Ucrania: “Son rubios, como nosotros”.

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La Europa que acoge con entusiasmo a los ucranios es la misma que rechaza a los desplazados por otros conflictos bélicos (13 millones de sirios, por ejemplo).

Con los reflectores en la nueva guerra, otros desplazados por la violencia sólo merecen titulares cuando les llega la muerte.

La trágica noticia es la misma, una y otra vez, cuando se trata del campo de refugiados más grande del mundo: “Se confirma que 15 refugiados murieron en el incendio y más de 560 resultaron heridos” (marzo de 2021); “El fuego arrasó mil 200 viviendas” (enero de 2022); “Sexto incendio en el campo cobró la vida de dos niños y dejó sin vivienda a centenares de familias” (marzo de 2022).

Los titulares se refieren al campamento de refugiados Kutupalong, en Bangladesh, donde sobreviven cientos de miles de personas. En la actualidad, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) estima que en Kutupalong y otros campamentos ubicados en el distrito Cox’s Bazar, de Bangladesh, hay poco más de 923 mil refugiados.

Una buena parte de ellos, 700 mil, cruzaron la frontera en 2017, cuando arreció la “limpieza étnica” contra el pueblo rohingya, de mayoría musulmana, conducida por el gobierno de Myanmar (antes Birmania). El golpe militar de 2021 en esa nación de mayoría budista no ha mejorado la situación.

Según la ONG Acción contra el Hambre, la inestabilidad política de Myanmar ha tenido entre sus principales víctimas a las minorías étnicas. Es el caso del pueblo rohingya, “que ha tenido que huir durante décadas del hambre, la violencia y las torturas del régimen militar y sus políticas de limpieza étnica” (desde 1982, los rohingyas son tratados como inmigrantes ilegales).

Odisea, hallar un árbol

Kutupalong se encuentra a unos 400 kilómetros de la capital de Bangladesh, Dhaka, en el golfo de Bengala, y es considerado por el Acnur el campo de refugiados más grande del mundo. Para el organismo internacional, se trata de la crisis humanitaria de mayor magnitud en las recientes décadas.

Un reporte de Médicos sin Fronteras da cuenta de la situación. Hacia 2018, describe, el gigantesco campo estaba dividido en 22 pequeños que seguían creciendo. Conseguir agua o leña para cocinar resulta toda una odisea. “No quedan árboles en los alrededores; para encontrar alguno se puede tardar unas tres horas a pie”; en los campos nuevos, muchas familias no son tan afortunadas y tienen que caminar lejos hasta llegar a los escasos pozos y letrinas”.

En los 22 campos de Kutupalong-Balukhali, el organismo humanitario ha levantado cinco hospitales, 10 puestos de salud y tres centros médicos.

La tragedia es persistente. Apenas hace unos días, las redes sociales se llenaron nuevamente de las terribles imágenes de un nuevo incendio.

Kutupalong fue creado en 1992. Pero alrededor de lo que fue el campamento original fueron creciendo, con el correr de los años, asentamientos todavía más precarios (el Acnur contabiliza 194 mil viviendas en todos los campos de la zona). Hoy es un amontonamiento de viviendas improvisadas, levantadas con trozos de bambú y plástico, o con láminas. Ahí vive una población equivalente a la de Morelia, Michoacán.

El escaso interés mundial frente a la tragedia de los refugiados puede explicarse cuando la Organización de Naciones Unidas asegura que los rohingyas son un pueblo “sin Estado” y “virtualmente sin amigos”.

Limpieza étnica y crisis humanitaria

Hacia agosto de 2018, el Acnur reseñaba así el drama: “En el punto más alto de la crisis, miles de personas cruzaban diariamente a Bangladesh. La mayoría caminó durante días a través de junglas y montañas, o desafió peligrosos viajes por mar… Llegaron exhaustos, hambrientos y enfermos, necesitados de protección internacional y asistencia humanitaria”.

Un año antes, los despachos de las agencias internacionales explicaban los motivos del masivo desplazamiento: “La violencia y el éxodo comenzaron después de que insurgentes rohingyas atacaron puestos policiales y paramilitares de Myanmar, en lo que describieron como un intento de proteger a su minoría étnica de la persecución de las fuerzas de seguridad, en un país de mayoría budista. En respuesta, el ejército lanzó operaciones de limpieza para expulsar a los insurgentes” (La Jornada, 4 de septiembre de 2017).

De cuando en cuando, una celebridad visita los campos a invitación de la ONU y atrae los reflectores. En marzo de 2018 fue la ganadora del Óscar Cate Blanchet quien alertó sobre una “catástrofe programada” con la llegada de las lluvias monzónicas, otro de los riesgos que deben afrontar los refugiados.

Cuando no es el agua, es el fuego, pues son frecuentes los incendios que dejan muertos y heridos, además de acabar con las precarias viviendas. Apenas el pasado 8 de marzo, un incendio en Kutupalong 05 (los asentamientos han sido numerados para efectos del reparto de la ayuda) dejó dos menores muertos, decenas de heridos y unas 250 viviendas destruidas.

Los llamados de organismos internacionales son siempre insuficientes para atender las necesidades básicas de los refugiados.

Diferente trato para morenos y negros

Un reporte del Acnur aborda una crisis derivada, la de refugiados que han buscado dejar Bangladesh por vía marítima y que se han quedado en el océano durante meses: “En Bangladesh encontraron refugio, pero apenas tenían capacidad para decidir su propio futuro… cavaron zanjas y fortificaron albergues en preparación para los monzones y visitaron a sus vecinos para compartir información sobre el covid-19. Y aun así vivían en condiciones muy duras, en campamentos masificados en Kutupalong, sin posibilidad de conseguir educación formal o permisos de trabajo ni de moverse libremente”.

El Acnur ha señalado que la crisis de refugiados de Ucrania debe abrir la discusión sobre el crecimiento de la xenofobia, la discriminación y la exclusión, así como sobre las políticas “tóxicas” hacia los desplazados.

Lo puso de otro modo Judith Sunderland, directora de Human Rights Watch para Europa y Asia Central: “La maravillosa muestra de solidaridad con los refugiados ucranios contrasta fuertemente con el trato que reciben los migrantes y refugiados de otras partes del mundo, la mayoría de ellos morenos y negros”.

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