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Cultura y paz: el cine como política de estado

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

Esta semana México vivió uno de los golpes más significativos contra la violencia que durante años ha marcado la vida pública del país. Sin embargo, más allá del despliegue operativo y de los detalles tácticos que ocuparon la agenda, conviene mirar otra dimensión: la estrategia de fondo, el ataque a las causas.

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La seguridad no puede reducirse a detenciones ni a presencia territorial. La paz sostenible exige una política pública transversal que articule desarrollo económico, fortalecimiento cultural y cohesión social. En esa lógica debe entenderse el nuevo estímulo fiscal a la industria cinematográfica anunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum y publicado el 16 de febrero.

La medida abre la posibilidad de incrementar hasta en 25 por ciento las producciones en su primer año de aplicación. No se trata solo de dinamizar un sector creativo. Implica reposicionar a México como destino competitivo para proyectos nacionales y extranjeros, fortalecer cadenas productivas, generar empleo especializado y detonar polos regionales de desarrollo.

El cine no es accesorio cultural: es industria estratégica. Articula tecnología, talento, servicios, turismo e identidad. Cada producción activa una red amplia de oficios y saberes. Cada proyecto consolida capacidades instaladas en el territorio.

Pero el alcance va más allá de lo económico. La cultura es también infraestructura social. Los países con menores índices de violencia no solo cuentan con instituciones de seguridad eficaces; ofrecen a sus juventudes horizontes viables de formación, expresión y movilidad social.

Un joven que encuentra en la industria cinematográfica una ruta profesional deja de ser un espectador marginal y se convierte en actor productivo de su comunidad. La atención a las causas implica precisamente eso: ampliar oportunidades reales, fortalecer pertenencias y construir sentido.

México ha tenido momentos decisivos en su historia cinematográfica. Hoy estamos ante la posibilidad real de una segunda época de oro, no solo en términos artísticos, sino como resultado de una política pública estructural. Si el estímulo se consolida como estrategia sostenida, puede convertirse en una herramienta clave de desarrollo integral y pacificación social.

Combatir la violencia exige firmeza institucional. Pero también requiere visión de Estado. Apostar por la cultura y por el cine como industria no es un gesto simbólico: es asumir que la paz se edifica con oportunidades, identidad y desarrollo.

Atender las causas no es retórica. Es política pública que transforma condiciones.

Jaime Enrique Cortes Acuña.

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