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martes, 23 abril, 2024
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Mariana y el jaguar

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Por: MILO MONTIEL ROMO •

Oyó el disparo, pero no supo de dónde venía. Se quedó parado unos segundos esperando adivinar si habría otro, pero no pasó nada. Sólo oyó un golpe seco, como de un costal cayendo inmediatamente al disparo, pero nada más. Apresuró el paso, pues el reloj le avisó que era tarde otra vez. No volvió a pensar en ello. Las calles se habían vuelto peligrosas después del temblor. La sensación de peligro se mitificó provocada por la falta de luz que convirtió a las calles de escombros en un lugar de terror imaginado, lleno de perros, ratas y ladrones que esperaban que algún despistado pasara por ahí. Algo tenía de razón, sin embargo, quien pasaba por ahí, sentía un dolor en la boca del estómago sin ver u oír nada. Avanzaba rápido, casi corriendo esperando que las sombras del atardecer no lo vieran, que el viento que corría no hiciera ruido para despertar los ojos de quienes no estaban ahí para destruirle la vida. No había nadie y lo sabía, pero eso no importaba. Tenía miedo. Cuando superó las sombras y llegó a la primera acera con luz, respiró con una paz contenida durante muchos metros y bajó el ritmo de los pasos. La noche avanzaba, esa luz azulosa que vive cuando el sol está a punto de ponerse estaba a punto de desaparecer, pero no se dio cuenta. Caminaba de forma automática. Rodrigo es un hombre pequeño, casi imperceptible, sin embargo, era de esos que algunos imaginan como una persona feliz. De sonrisa fácil y la gracia suficiente para caer bien a casi todos sin necesidad de socializar demasiado, pero para él es inevitable tener miedo de caminar aquellas calles de noche. Hoy, como cada vez procura llegar a casa con la luz azul del atardecer. Las sombras caen y su corazón late más rápido. El miedo no nació con el temblor y con el hecho de que las calles de su camino se quedaron vacías y llenas de escombros. Desde niño, aún con las aceras llenas, la ausencia de la luz solar provoca que las manos suden y tiemblen un poco. No le teme a la oscuridad, le teme a la noche que se anuncia con el nacimiento de la luz eléctrica que brota de la punta de postes metálicos sembrados en la piedra artificial. Vivía un terror ancestral, quizá puede oler la muerte que olieron los humanos primigenios al refugiarse en cuevas y saber que siempre estaba presente algún jaguar u otro depredador. Es fácil imaginarlo sentado junto a otros semi humanos, amontonados en la espera, mientras las sombras cegaban sus ojos y agudizaban su oído para poder escuchar la hora de morir. Siente esto cada noche, aunque, para ser franco, nunca pasó por su cabeza esta idea. Cruza las calles rápido, aprendió a economizar sus movimientos para tratar de deslizarse en el camino. Camina de forma recta, tratando de evitar los obstáculos que significan las demás personas con pequeños trayectos, sin curvas para ahorrar tiempo. Piensa que las décimas de segundo que ahorra hacen más rápido el camino. Quizá sí, pero sólo él lo piensa. Llega a casa y se siente a salvo. Cierra las 3 cerraduras por dentro sin siquiera saludar y apoya, cada vez, la frente en la madera de la puerta y da un gran suspiro de alivio y entonces, sólo entonces, voltea y daba un beso a Mariana que lo esperaba sin sorpresa por el apuro de Alejandro. – ¿Todo bien? – Si, fue un día largo… Caminaron hasta la mesa tomados de la mano y él sólo platicó su día en el trabajo y no contó nada del miedo que nace con la caída del sol. De eso ya no se habla en casa. Café con leche y dos quesadillas fueron puestos sobre la mesa y él, de buena gana los masticó mientras el espíritu se relajaba al amparo de la tranquilidad que da una puerta bien cerrada. Una tranquilidad que, por estos días nadie imagina con una puerta fuertemente cerrada, pues el miedo a un nuevo terremoto provoca que nadie durmiera tranquilamente sin planear, una y otra vez la ruta más fácil y rápida para huir. Cuando Mariana aceptó salir con Alejandro, nunca imagino que fiestas, reuniones, caminatas nocturnas, idas al cine, cenas, tacos o cualquier asunto que suceda cuando cae el sol, terminarían. Lo aceptó. Cuando él está en casa, los días empiezan temprano, el objetivo es aprovechar cada minuto de las horas de sol. Luego, correr para llegar y refugiarse. La verdad es que Mariana no entendía muy bien el miedo de Alejandro, pero aceptó en silencio acompañar la vida de un ratoncito que está siempre al acecho del búho que lo observa desde lo alto, siempre bajo la luna. Antier llovió, fue una de esas tardes grisáceas, incluso, algunos dirían, triste. Llovió en varias formas durante todo el día. A veces una lloviznita, como una brisa imperceptible; en otros momentos, fuerte, como una cortina que golpea en los ojos y que no deja ver más allá de unos metros. Luego una lluvia ligera, que invitaba a caminar con paraguas y ser parte de una mala película. A las 6 de la tarde, en medio del camino a casa, Alejandro ya no podía correr más, la lluvia apretada lo dejó empapado, refugiado en un rincón, aterrado mientras se veía inmerso en la noche. Las manos sudaban a pesar del frio, el corazón corría golpeando el pecho. Sabía que algo llegaba y el terror crecía. No podía dar un paso. La ropa se pegaba al cuerpo empapada y el pelo le escurría por la frente y ya no valía la pena tratar de cubrirse. Estaba completamente mojado y ya no tenía nada seco. La lluvia no importaba. La noche cayó y poco había que hacer. Trató de esconderse mientras buscaba ansiosamente un veinte en el pantalón. Encontró la pequeña moneda y como quién se refugia en una roca ante una balacera, se acercó a un teléfono público y marcó el numero de la casa lo más rápido que pudo. Contestó Mariana – ¿Bueno? – Ven por mí, estoy frente a la panadería. No puedo… Dijo y se cortó la llamada. Mariana supo inmediatamente lo que pasaba y salió corriendo. Sintió el golpe de la lluvia. Fue como saltar en una alberca, quedó empapada de forma instantánea. Corrió por una calle desierta donde el agua caía sin piedad. Vio un taxi que pasaba lentamente, le hizo la parada y este se detuvo un poco por curiosidad ante la única persona que se atrevió a salir con este chaparrón. Inmediatamente se arrepintió de detenerse pues sabía que mojaría toda la vestidura del vocho. – Buenas tardes. Está lloviendo fuerte, ¿no? – Vamos aquí adelante. A la panadería de aquí a dos calles. Dijo Mariana ignorando al chofer. El taxi recorrió las dos cuadras lentamente pues los limpiadores del parabrisas no podían con el trabajo, aunque corrían lo más rápido que podían mientras el taxista limpiaba el vidrio con un trapo para quitar el vapor que hacía más difícil la visibilidad. Al llegar, encontró a Alejandro sin poderse mover de la cabina telefónica, aferrado al auricular, balbuceando el nombre de Mariana. Llorando silenciosamente en medio del miedo. Ella bajó del taxi y se acercó. El taxista dudó un segundo y se fue. No quería llevar un segundo pasajero empapado. No importó que ella no pagara, finalmente él iba a manejar en esa dirección y ahora tenía un asiento mojado y un charco en el piso del carro. Mariana lo abrazó y avanzaron paso a paso, ella lo arrastró unos metros hasta que, con el peso del agua de la lluvia, caminaron lo suficientemente rápido para no resbalar. Él veía al suelo mientras lloraba y temblaba. No quería ver que la noche los rodeaba. Avanzaba porque ella estaba ahí, cubriendo su cabeza con su chamarra y dirigiendo su camino al tiempo que le prometía que faltaba cada vez menos y que todo estaría bien. Se escabulleron por las calles vacías y llegaron. Cerraron con fuerza la puerta y él se desplomó a llorar. Ella lo abrazó mientras él se convertía en un ovillo al pie de la entrada del departamento. La vida es así. Ella esperaba siempre ese grito de auxilio y estaba lista, como una madre que espera la pesadilla de su hijo. No sabía por qué ni cómo, pero estaba lista. Hoy, mientras comían en la tranquilidad del encierro, un jaguar olisqueaba y oía. Caminaba lenta y silenciosamente, con el abdomen casi hasta el suelo buscando una rendija para poder acercarse. Sabía que él lo esperaba desde siempre, aunque nunca lo había nombrado. Lo olió de cerca hace dos días, en la lluvia, pero un taxi estorbó en el salto que terminaría todo. Ahora tendrá que volver a esperar su oportunidad. Todo es cuestión de tiempo.

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