Falta menos de un mes para que el balón ruede en la Copa del Mundo de 2026 y, paradójicamente, México parece vivir uno de los ambientes mundialistas más fríos de su historia reciente. La escena resulta extraña: el país será sede por tercera ocasión de un Mundial de futbol —algo reservado para muy pocas naciones— y, aun así, el entusiasmo colectivo parece ausente. Hay algo profundamente simbólico en ello, porque durante décadas la Selección Mexicana fue mucho más que un equipo de futbol.
Funcionó como uno de los pocos espacios donde las diferencias políticas, sociales y económicas parecían suspenderse durante noventa minutos. El futbol administraba emociones nacionales. En medio de crisis económicas, violencia, desencanto institucional o incertidumbre social, el Tri representaba una especie de refugio colectivo, una ilusión compartida capaz de unir temporalmente a millones de personas. Hoy, sin embargo, esa conexión parece fracturada.
Una encuesta reciente de Mitofsky refleja con claridad esta desconexión: apenas el 26.9 por ciento de los mexicanos manifestó interés en seguir el Mundial de 2026. La cifra contrasta drásticamente con el 73.9 por ciento de entusiasmo registrado apenas el año pasado. En otras palabras, tres de cada cuatro mexicanos observan el próximo Mundial con apatía o indiferencia.
El problema, sin embargo, va mucho más allá de los resultados deportivos. La Selección Mexicana dejó de sentirse cercana para buena parte de la población. Durante años, las decisiones del futbol nacional fueron alejando al equipo de su base social: partidos amistosos trasladados constantemente a Estados Unidos, boletos inaccesibles para el aficionado promedio, camisetas convertidas en artículos de lujo y una lógica comercial que terminó desplazando el sentido de identidad que antes rodeaba al representativo nacional.
La percepción social también cambió. Para millones de personas, la Selección dejó de representar un proyecto deportivo nacional y comenzó a percibirse como un producto de mercado. Un espectáculo rentable, sí, pero emocionalmente distante.
Desde una lectura politológica, el fenómeno resulta particularmente interesante. Las sociedades necesitan referentes simbólicos compartidos. Necesitan figuras, relatos e instituciones capaces de construir comunidad emocional. Durante muchos años el futbol mexicano cumplió parcialmente esa función. Jorge Campos, Hugo Sánchez, Luis García, Cuauhtémoc Blanco o Rafael Márquez no solamente eran futbolistas; representaban una narrativa de identidad, carácter y esperanza para distintas generaciones de mexicanos.
Hoy ocurre algo distinto. México atraviesa una etapa marcada por polarización política, crispación social y agotamiento emocional colectivo. Y en medio de ese contexto, ni siquiera el futbol parece capaz de funcionar como espacio de reconciliación simbólica.
Eso explica por qué el Mundial de 2026 se percibe tan diferente. Paradójicamente, el torneo llegará en un momento donde Norteamérica vive tensiones políticas, migratorias y culturales importantes. México compartirá la sede con Estados Unidos y Canadá en medio de discursos nacionalistas, disputas comerciales y profundas divisiones sociales en toda la región. Lo que en otro tiempo habría significado una celebración continental hoy parece, para muchos, un enorme evento corporativo globalizado.
Ni siquiera la organización ha logrado despertar plenamente el orgullo nacional. Existe la sensación de que México será apenas un anfitrión parcial de un Mundial diseñado principalmente para el mercado estadounidense. El propio Estadio Azteca —símbolo histórico del futbol mundial— atraviesa remodelaciones que han generado más incertidumbre que emoción.
El contraste con 1970 y 1986 resulta inevitable. Aquellos Mundiales eran auténticas fiestas populares. Las calles se llenaban de banderas, los álbumes de estampitas se convertían en ritual colectivo y la Selección transmitía cercanía emocional. Había esperanza deportiva, pero también sentido de pertenencia.
Hoy domina el escepticismo. Y, sin embargo, quizá el problema de fondo no sea únicamente futbolístico. Tal vez el desencanto alrededor del Tri sea también un reflejo de algo más profundo: la dificultad contemporánea para construir ídolos positivos, consensos emocionales y relatos nacionales compartidos.
Porque al final las selecciones nacionales nunca hablan solamente de futbol. También hablan del estado anímico de una sociedad.
México llegará al Mundial de 2026 con grandes escenarios, enorme cobertura mediática y toda la maquinaria comercial que acompaña al futbol moderno, pero sin el fervor popular que históricamente rodeaba a la Selección Nacional. Aun así, quizá el verdadero reto rumbo al próximo Mundial no sea únicamente recuperar un estilo de juego, sino reconstruir el vínculo emocional entre un equipo y un país que todavía parece estar buscando nuevas razones para creer.
Porque a veces las naciones también necesitan reencontrarse alrededor de algo tan simple —y tan poderoso— como un balón.
Jaime Enrique Cortes Acuña



