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jueves, 26 mayo, 2022
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Crepúsculo, poesía y pensamiento

■ Una lectura de Hermetismo cristalino 1

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Por: ESTEBAN ARELLANO •

La Gualdra 515 / Poesía / Libros

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La filosofía no piensa aún a la altura de Pessoa, escribe Alain Badiou. Por desconcertante que resulte para el lector, el filósofo coloca al poeta en un lugar de pensamiento privilegiado. En este sentido, el poeta no solo será, como entiende Johannes Climacus, alguien que puede explicar toda la existencia sin explicarse a sí mismo, sino quien establezca una operación que abra al pensamiento. Octavio Paz sitúa la poesía como un espacio intermedio: su lugar es el “entre” y ahí las palabras se abren. 

Hermetismo cristalino I. Susurro de Cenizas y Hermetismo cristalino II. Murmullo de sombras, son territorios donde cuerpo, sueño, tiempo, soledad, amor, herida, errancia, erotismo y muerte encuentran cauces que tocan la existencia, pero también llevan al pensamiento hacia el horizonte de lo abierto. Su arquitectura textual entraña pliegues donde las palabras giran y sacuden al sentido. Ambos libros oscilan entre el placer estético y la desolación. En esa encrucijada encontramos, no solo el esplendor de la palabra, sino que devenimos testigos del surgimiento de la oscura noche, donde el deseo anida y despliega sus alas furibundo. Ambos textos remiten a una cicatriz originaria y desgarran tanto la existencia como la tierra, hasta dejar desnuda y expuesta nuestra finitud de cara al vacío: “El pasado, un abismo que engulle todo/ No hay c a s i en las cosas de la muerte”. Aquí no hay lugar para la tibieza, se expulsa sin retorno. No hay vuelta atrás a las mediaciones. Al estar vedadas, los bordes devienen espacios de escritura y juego; no se ignoran las comarcas que guían hacia adentro, pero en los límites aparece otra cosa: “Una vida ocurre al margen de lo que sabemos”. El saber no alcanza a remediar la fractura originaria; de ahí que el azar insista y a su llegada, cual ola de mar, deslave los castillos de arena de toda garantía. 

En ese sentido no encontramos un falso e inauténtico cobijo en estas palabras como fundamento que ahuyente la angustia; más bien nos llevan a lo profundo del abismo porque ahí “el tiempo se rompe como una ola” y quizá en ese punto sea posible “Seducir la muerte”. Y es que, solo asumiendo la propia finitud, dirá Heidegger, nuestra existencia habita la autenticidad. Guadalupe Aguayo no intenta escamotear nuestra condición, más bien poetiza desde su potencia; su escritura encuentra ahí su morada. Si el sombrío fulgor de la muerte aparece es porque ahí la vida se mira de otra manera. Entre vida y muerte hay co-pertenencia. Ni paradoja ni oxímoron. La vida-la muerte es el paraje donde nos jugamos el existir. Pero nunca sin los otros. Sea en el amor, la indiferencia o el odio, pero siempre están ahí. Y solo el decir poético puede establecer lo siguiente: “El amor, un guardián de soledades”. Ahora bien, soledad no significa estar solo. Más bien nos encontramos ante la rasgadura de nuestra existencia imposible de llenar, agujerada, carente de un objeto inexistente. Si el amor nos resguarda en ello, nos remite a la imposibilidad, pero no a la impotencia, por ello: “Vamos y venimos inconclusos”. 

Ahora bien, no hay soledad sin silencio. Y su tiempo es el instante: “En un abrir y cerrar de ojos el silencio llega…”. ¿Qué acontece a su llegada? Poesía, angustia, pensamientos conscientes o inconscientes; en silencio escuchamos, no el murmullo cotidiano, sino los ecos del deseo. Lo auténtico de nuestra existencia acontece en un espacio entre la palabra y el silencio; el silencio tal vez pueda entenderse como catalizador de la palabra. Nos encontramos ante las dos caras de la lógica del lenguaje. Antes vida y muerte, ahora silencio y palabra. Por ello escribe la autora: “En la fruta el gusano/ la vigilia en el sueño/ la pena en el amor:/ esa es la cruda ley”. 

Si la cruda ley implica el atravesamiento del silencio a la palabra y de la muerte a la vida hasta aquí se ha mencionado un sentido existencial. Sin embargo, hay un punto de inflexión en estos textos que lleva a otro lugar. Uno de sus poemas llamado Muerte propia introduce otras coordenadas que van de un aspecto estético-existencial hacia un enclave ético-político. Una cosa es la desgarradura de nuestra existencia, irremediable pero habitable; otra la ruptura del lazo social provocada por la época actual en nuestro país. La brevedad del poema no economiza su importancia: “En tumbas bien excavadas…/ que nunca el mundo nos dé por desaparecidos”. En un país con más de 90 mil desaparecidos entre 2006 y 2022 el poema señala la tumba como lugar donde el cuerpo tiene lugar, también la muerte en cada caso. Morir no es terrible, desaparecer atañe al orden de lo siniestro, de lo que no tiene nombre. 

Si bien es cierto que Hermetismo cristalino I y II son dos textos donde los temas universales de la poesía aparecen, encontramos su singularidad al ver emerger un territorio donde poesía, filosofía, psicoanálisis, política, ética, estética, pintura y arte hacen litoral, donde el alma hecha cuerpo es su centro de gravedad. Quizá Xavier Villaurrutia tenía razón al caracterizar la poesía mexicana con el color de la perla y la hora crepuscular, aunque las perlas escriturales de Guadalupe Aguayo en momentos hacen caer al sol incluso al medio día. 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-515

1 Aguayo, Guadalupe, Hermetismo cristalino I. Susurro de cenizas, Ediciones el viaje, Guadalajara, 2021; Aguayo, Guadalupe, Hermetismo cristalino II. Murmullo de sombras, Ediciones el viaje, Guadalajara, 2021.

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