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■ Se trata de promover modelos de cuidado, cooperación, empatía y expresión emocional

Hablar de masculinidades, un análisis en beneficio de la educación: docente

■ Es un asunto esencialmente pedagógico, al ser conductas asimiladas en prácticas cotidianas

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Por: Jaqueline Lares Chávez •

La reflexión sobre las masculinidades en el ámbito educativo resulta fundamental para la construcción de entornos escolares más justos, igualitarios y libres de violencia, sostuvo Miguel Miranda Guzmán, docente, durante una entrevista en la que abordó la importancia de incorporar este tema de manera explícita en las aulas.

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Miranda Guzmán explicó que la escuela suele asumirse erróneamente como un espacio neutro en términos de género; sin embargo, en la práctica es uno de los principales espacios de socialización, al mismo nivel que la familia o los medios de comunicación. “La escuela no solo transmite contenidos académicos, también reproduce normas, valores y expectativas sobre cómo deben comportarse los estudiantes según su género”, señaló.

En este contexto, advirtió que cuando las masculinidades no se analizan de forma directa, se enseñan de manera implícita a través de prácticas cotidianas como la disciplina, los castigos y premios, la distribución de la palabra en el aula o incluso la elección de actividades deportivas. “Si dejamos este tema únicamente en el ámbito familiar o social, asumimos equivocadamente que la escuela no educa en género, cuando en realidad lo hace de manera consciente o inconsciente”, subrayó.

El docente indicó que existen múltiples prácticas educativas que continúan reproduciendo desigualdades de género, muchas veces sin que el personal docente sea plenamente consciente de ello. Entre las más comunes mencionó las expectativas diferenciadas según el género, como esperar que las niñas sean más responsables y obedientes, mientras que a los niños se les permite ser más inquietos, competitivos o agresivos.

Asimismo, destacó la tolerancia selectiva hacia ciertas formas de violencia, como burlas o actitudes de acoso que no llegan a la agresión física y que, por lo tanto, suelen minimizarse. A esto se suman sanciones y premios con sesgos de género, por ejemplo, castigar con mayor dureza la expresión emocional en los varones o reforzar la obediencia en las niñas. “Aunque estas prácticas no siempre son intencionales, tienen efectos pedagógicos claros en la construcción de identidades”, afirmó.

Respecto al impacto de las masculinidades tradicionales en la convivencia escolar, Miranda Guzmán consideró que sus efectos son profundamente negativos. Detalló que este modelo se caracteriza por la dominación, la competencia excesiva, la negación de la vulnerabilidad y el uso de la fuerza o la violencia como formas de validación. “Esto se traduce en una mayor incidencia de conflictos escolares y en una presión constante sobre los varones para demostrar estas características”, explicó.

Añadió que dichas dinámicas afectan de manera particular a los estudiantes que no se ajustan a los estereotipos de la masculinidad hegemónica, quienes suelen ser estigmatizados, cuestionados o violentados. No obstante, puntualizó que estas problemáticas no solo perjudican a las niñas y mujeres, sino también a los propios varones, quienes viven la escuela como un espacio de prueba permanente de su masculinidad.

En cuanto a las acciones concretas que pueden emprender los docentes, Miranda Guzmán señaló que el primer paso es la reflexión crítica sobre la práctica pedagógica cotidiana. Aclaró que no se trata necesariamente de añadir actividades extra, sino de intervenir de manera consciente ante situaciones diarias y promover modelos de masculinidad más diversos, basados en el cuidado, la cooperación, la empatía y la expresión emocional.

También enfatizó la importancia de cuestionar los estereotipos presentes en los materiales y contenidos curriculares. Como ejemplo, mencionó que una actividad diseñada para enseñar historia puede cumplir su objetivo académico, pero al mismo tiempo reproducir modelos de masculinidad violenta si estos no se problematizan ante el estudiantado, lo que refuerza aprendizajes implícitos en materia de género.

Sobre las resistencias que suelen surgir al abordar este tema en el ámbito educativo, Miranda Guzmán identificó la percepción de que no se trata de un asunto pedagógico, así como el temor a generar conflictos con familias o autoridades. Asimismo, señaló que entre los propios varones persiste la idea de que hablar de masculinidades implica culpabilizarlos, cuando en realidad se trata de un proceso de análisis crítico que busca beneficiar a toda la comunidad educativa.

Finalmente, sostuvo que trabajar las masculinidades en la educación contribuye directamente a la prevención de violencias, al desnaturalizar la asociación entre masculinidad y agresión. “Ofrece herramientas para relacionarse desde el respeto, el cuidado y la corresponsabilidad, reduce la tolerancia al acoso y favorece relaciones más equitativas”, afirmó.

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