Adiós, ‘Señor Basurto’

Adiós, ‘Señor Basurto’
Félix Basurto Minchaca-Flores. Foto de archivo de La Jornada Zacatecas. 2015.

La Gualdra 494 / Personajes universitarios

Pongamos aquí su nombre completo: Félix Basurto Minchaca-Flores, pero desde que yo era niño recuerdo que todos lo llamaban El señor Basurto; y creo se debía a su aspecto serio, más bien alto que bajo, enjuto y vestido formalmente sin llegar al traje. Jamás se le vio vistiendo mezclilla aunque en una época de su vida se juntaba con puro universitario jipioso y desparpajado, que con el tiempo comenzaron a llamarlo Maese Basurto, que es una manera desusada pero muy elegante de decir Maestro, así, con mayúsculas. Víctor Hugo R. Bécquer, fue quien comenzó con el sobrenombre, en la academia de literatura de la prepa.

Nueve o diez años teníamos mi compadre Jaime Casas y yo cuando lo conocimos en el grupo de teatro del Instituto Zacatecano de Bellas Artes (IZBA), integrado por un puñado de jóvenes bullangueros, dos niños que éramos mi compadre y yo, además de El Señor Basurto, que entonces estaría inaugurando su cuarta década de vida. También asistía una señorita entrada en años, llamada Coco, a quien en alguna ocasión le tocó protagonizar breve pieza teatral con don Félix, en la que había una escena de cama. Nada del otro mundo, desde luego, simplemente se trataba de un diálogo entre ambos, empiyamados, pero cuyos ensayos causaban sensación entre los circunstantes, por los remilgos de la actriz. Jamás se puso en escena aquella pieza.

No quiero seguir avanzando sin dejar constancia de que Basurto nació en la ciudad de Aguascalientes, el 1º de noviembre de 1932. El mayor de seis hermanos, fue hijo de don Félix Minchaca, mecánico electricista, y de doña María Flores Martínez, a los que, según me contó él alguna vez, solían llamar Popá y Momá. Por cierto que Popá era individuo bastante peculiar no solamente porque fue propietario de la empresita denominada “Acumuladores Félix”, pionera en el ramo en la vecina ciudad, sino porque además era apasionado de las motocicletas, pero de hueso colorado, a grado tal que en sus ratos libres ejecutaba acrobacias con habilidad y pronto fue designado agente de tránsito honorario, proporcionando entrenamiento al cuerpo acrobático motorizado de Aguascalientes.

Maese Basurto fue huérfano de padre y madre desde tierna edad, quedando él y sus hermanos a cargo de su abuela y un tío materno. Se vio obligado a crecer pronto en el periodo de entreguerras cursando sus estudios básicos en el Colegio Alcalá, donde igualmente terminó la carrera mercantil. De ahí que como todo contador privado de la época, egresara con varias destrezas, por ejemplo la taquimecanografía, cuyo ejercicio le abriría muchas puertas en el futuro. Como primer empleo fue secretario de don Carlos Salas Calvillo, respetado notario público de Aguascalientes y, simultáneamente, desde aquella su temprana juventud, incursionó en el mundo de la radio como locutor, a título gratuito, en la estación XEBI de la misma ciudad.

Por cierto que la voz de Basurto era bastante radiofónica, de corte tradicional, porque habremos de reconocer que en aquella época de oro la voz del locutor era algo a lo que se le concedía capital importancia, no como ahora; era su tarjeta de presentación, por decirlo de alguna manera. La voz de Basurto era firme, como de un tenor pero hablando, con un lejano toque de alerta noticiosa, pero lejano y agradable. Que yo sepa, no parece haber cultivado el oficio por mucho tiempo, y sin embargo, cuando José de Jesús Sampedro, El Sam, organizaba maratones radiofónicos de rock en la XEPC, si mal no recuerdo, la voz oficial del programa era, cómo no, la de Basurto.

Pero veníamos diciendo antes de esta digresión, que después de trabajar en la notaría de Carlos Salas, cambió su residencia a la capital del país, donde el licenciado Faustino Llamas Arvide, abogado, lo contrató sencillamente “porque su prometida no quería que tuviera secretaria, sino secretario”, por lo que el joven Félix se integró a su despacho en la Colonia Roma. Ahora me voy enterando que este Llamas fue nada más y nada menos, según la respectiva acta constitutiva, miembro fundador del Partido Acción Nacional, junto con otras personalidades como don Manuel Gómez Morín y el zacatecano don Daniel Kuri Breña, estrella del pensamiento conservador de Zacatecas en el siglo XX.

Permaneció Basurto en la capital durante veinte años que fueron nodales en su vida y trayectoria. Ahí conoció al zacatecano Carlos Borrego Hinojosa Petit, precisamente en La Chorcha, que así llamaban a la animada tertulia cotidiana en el despacho del abogado Llamas, amenizada con uno que otro aperitivo, como en los buenos despachos de antes, sí señor. Poco después ingresó al mundo editorial siendo asistente de corrector de Andrés Barquin y Ruiz, prolífico escritor ultra conservador, más papista que el mismísimo Papa, alguna vez editor del periódico Criterio, y propietario de una imprenta en Tacubaya. Quién fuera a pensarlo, Maese Basurto comenzó su carrera en las artes de corrección y estilo con este curioso y ultramontano personaje, así que con esas amistades, no nos extraña que se haya afiliado en su juventud a una asociación católica, a la que Jean Meyer no baja de mero grupúsculo: Integrismo Nacional, fundada en 1940 por ex militantes de la muy cristera Liga Nacional de Defensa de las Libertades Religiosas y de la antigua ACJM, extinta en 1929. La asociación seguía activa a principios de la década de 1950. Se dice que aquellos curiosos integristas estaban pero que muy obsesionados con el “complot judío, protestante, masón, yanqui y comunista”. Miembro de aquella organización lo era también el millonario Manuel Muñoz Castillo, dueño de la fábrica de jabones La Luz, y magnate algodonero, accionista de Bancomer, consejero en 1936 del Banco de México, hombre generoso con quien trabajó durante un tiempo como su secretario particular para trámites y asuntos filantrópicos.

Aquí es donde cabe breve reflexión sobre la ideología juvenil de Maese Basurto y su perfil digamos que filosófico y político que tenía en el tiempo en que conviví frecuentemente con él, porque no quiero que se quede en la mente del lector una idea inexacta al respecto. Siento que en sus tiempos universitarios Basurto había sepultado definitivamente el ideario integrista. La época de oro de su paso por la UAZ estuvo marcada por su estrecha, bohemia, creativa y festiva amistad con jóvenes de izquierda. Nunca le escuché hablar de temas religiosos o políticos, aunque en ocasiones yo insistiera en conversar con él al respecto. Vivíamos en una casa de estudios polarizada en extremo donde todos nos criticábamos unos a otros de buena o mala fe. Al pedirle opiniones, simplemente evadía el trámite con elegancia: Sí, mano… solía comentar para cerrar el asunto.

Pero bueno, Basurto fue también agente inmobiliario en las empresas Tequesquitengo S. A. y Prados de la Montaña, en la Ciudad de México. Puso poco después un inicialmente exitoso despacho inmobiliario, asociado con Manuel Izea, que terminó por quebrar. Don Carlos Borrego Hinojosa en aquella época era fraccionador en la ciudad de Zacatecas, “y hasta eso era baratero”. Don Félix trabajó para él vendiendo los lotes iniciales de las actuales colonias Buena Vista y Francisco E. García. Y a resultas de su trabajo con don Carlos llegó a Zacatecas por vez primera. Poco después renunció al empleo y laboró con el arquitecto José Ángel Peschard en el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE), así como en asuntos administrativos de construcción en la empresa del mismo arquitecto.

Como se decía al principio estudió teatro en el IZBA y, tras haber sido suspendido por tres meses de la empresa de Peschard, a finales de 1972, se entrevistó con el recién electo rector Jesús Manuel Díaz Casas ―en pleno y complicado periodo de transición de ICAZ a UAZ, y le dijo que disponía de tres meses de su vida libres para regalarlos, así nomás, a la flamante universidad, con el propósito de aplicarse en el incipiente proyecto de la radio universitaria o a las labores de imprenta, áreas en las que tenía experiencia. El licenciado Roberto Almanza, que estaba encargado de esas funciones, destinó a Basurto a la imprenta universitaria, en esa época a cargo del Ché Acosta. La dependencia mostraba gran desorden, pues entre otras cosas hacían maquila a particulares, o tesis de estudiantes, descuidando la producción editorial institucional. Lo presentaron ante el personal como jefe de imprenta, y fue entonces que organizó el trabajo del taller, informando cotidianamente de sus labores al rector. En aquellos talleres situados en las canchas de la Prepa I, conoció al mozalbete comunista José de Jesús Sampedro, quien en esa época imprimía una revista muy sencilla intitulada Los Múltiples Caminos, predecesora directa de Dosfilos. Basurto corregía en automático los eventuales errores de la publicación del Sam, provocando los enojos del vate, por lo que optó por dejarlo en paz. Fue en este tiempo que El Señor Basurto escribió en la revista Imágenes, publicación auspiciada por Roberto Almanza.

Se afanó en regularizar los trabajos del taller y antes de cumplirse los tres meses gratuitos prometidos para la UAZ, viendo que efectivamente era ducho en artes editoriales y de imprenta, Almanza tramitó su nombramiento definitivo como director de la editorial universitaria, el cual le fue concedido por Díaz Casas, en 1972. Hacia 1979, el rector Jorge Hiriart lo reubicó a la secretaría académica, como asistente “todólogo” del maestro Francisco García González, y en 1982 fue técnico académico adscrito a la Academia de Lenguaje y Literatura de la Escuela Preparatoria, que ya dirigía Sampedro, en donde fungió como secretario. También fue encargado pro tempore de la dirección de la Preparatoria III. Bajo la gestión rectoral de Paco Flores laboró en el Centro Universitario de Cómputo, con José de Jesús Hernández Berumen, El Chuchín, y aprendió las técnicas de la computación en las que llegaría a ser experto, especialmente en lo tocante al procesamiento de textos. Pasó más tarde al Centro de Jurismática. Sindicalmente perteneció al STUAZ y después al SPAUAZ.

Faceta importante en su vida fue su acendrada bibliofilia. Quienes visitamos su casa en la colonia Buenavista tardábamos un rato en asimilar cómo era que en una vivienda cupieran tantos libros; la respuesta era sencilla: desbordándola. Su biblioteca personal alcanzó a tener más de 20,000 volúmenes y disputaba con denuedo, palmo a palmo, el espacio doméstico a la familia Basurto Dávila.

Maese Basurto se especializó principalmente en la corrección de textos y cuidado editorial; desempeñó esas funciones para gran número de profesores, funcionarios y centros universitarios; en los albores de la política editorial universitaria, acompañaba al profesor Cuauhtémoc Esparza desde la quisquillosa corrección hasta las meritas puertas de la imprenta de la editorial Jus. Fue el corrector de estilo más prestigiado de la UAZ en el siglo XX, generoso formador de otros profesionales en la materia, dentro o fuera de la universidad, como Armida Zepeda García-Moreno y el Colo Juan Gerardo Sampedro, entre otros muchos. Su prestigio llegó a tal grado andando el tiempo, que muchos correctores y hasta académicos, para darse su lija o conseguir empleo o reclamar estatus, declararan falsamente haber aprendido el oficio con El Señor Basurto. Casos los hubo, y muchos. 

Desempeñó con gran eficiencia la ingrata labor de corrección sobre los informes de numerosos rectores y en las revistas Vínculo Jurídico, Diálogo y Dosfilos, entre otras. Como en la actualidad, el buen corrector es personaje difícil de conseguir, incluso en el medio universitario, así que en el tiempo de que hablamos fue siempre un tipo muy pero que muy ocupado, trabajando en solitario hasta altas horas de la noche. No recuerdo haberlo visto ocioso. Jamás. Laboraba materialmente de sol a sol y aún más; era buscado por todo aquel que quisiera poner su texto de manera decente. Tesistas, profesores, poetas, narradores, todos lo buscábamos para darle trabajo, como si no lo tuviera.

Mi esposa Lupita (QEPD) fue sobrina política de Basurto, por lo que en ocasiones lo teníamos en casa a él y su señora en ocasiones como Navidad o año nuevo. Esto sin contar con la cercana relación que Basurto tenía con el núcleo de profesores del extinto Centro de Investigaciones Jurídicas en que yo laboraba junto con otras joyitas como mis compadres El Manix, Óscar Cuevas y Jaime Casas, todos amigos suyos. Así que dadas las circunstancias, en 1986 le pedí me ayudara con la corrección de mi tesis de licenciatura. Aceptó siempre y cuando lo hiciéramos en mi casa, en la avenida Morelos, de las dos a las cuatro de la tarde, único lapso que él tenía libre durante el día, o sea a la hora de comer. Inicialmente pensé que se llevaría mi texto y lo corregiría por su cuenta, pero no fue así. Corregíamos un buen rato en la sala y luego comíamos en casa, antes de que regresara a su trabajo en la UAZ. Cada corrección que hacía a mi texto en el papel, me la explicaba detenidamente, con paciencia de beato. Laboramos los dos, él corrigiendo y yo aprendiendo. A poco tiempo comprendí que organizó el trabajo de esa forma para que yo nunca más me viera en la necesidad de solicitar su auxilio en materia de corrección, salvo en casos realmente peliagudos. Desde luego no aceptó pago alguno por sus servicios, los retribuí con algunas botellas de buen licor que aceptó de buen grado. No quiero decir que haya sido el mejor de sus aprendices, pero, como ustedes gusten y manden, si escribo mal actualmente, antes de Maese Basurto escribía peor. También tuve el gusto, en 1997, de contar con su valiosa colaboración para integrar la recopilación literaria A la mitad del Foro… poemas de abogados zacatecanos de los siglos XIX y XX. Accedió entusiasmado como en todas las actividades editoriales en que se vio involucrado.

Resta decir que casó en Zacatecas con Teresa Dávila Esparza y tuvo tres hijos: Ricardo, Chantal y Lupita. Gustaba de todo tipo de música, pero en especial de los ritmos tropicales: cumbia, guaracha, danzón y mambo. Era una gozada verlo en acción en los celebérrimos bailes de Dos filos. Recordaba con especial alegría sus incursiones en el legendario Salón México al ritmo de Acerina y su Danzonera. Admirador de Juan Rulfo, se declaraba más aficionado a leer ensayo aunque disfrutaba de la novela y del cuento. Lector de Enrique Krause y Gabriel Zaid. Además era coleccionista de múltiples objetos, pero prefería los llaveros “porque sirven de adorno para los libreros”. En segundo término, como fumador empedernido durante buena parte de su vida, coleccionaba encendedores y ceniceros. Murió en esta ciudad el pasado 31 de agosto a la edad de 89 años.

Para terminar, siento que de las mejores cosas que tiene la UAZ hoy son el resultado de la contribución acumulativa de muchos actores académicos que lograron crear tradiciones, que transmitieron generosa, permanentemente, sus saberes y destrezas a generaciones de docentes y estudiantes. En muchos casos, como el de Basurto, no vivieron esperando reconocimiento con trepadora avidez, patología bastante extendida. Que sea esta mi modesta despedida a quien llegué a admirar y estimar entrañablemente, y con quien estoy muy agradecido por sus enseñanzas. ¡Hasta siempre, Maese!

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_494

Colegio Alcalá, en la ciudad de Aguascalientes. Foto de FB Memorias de Aguascalientes.

 

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