La “inclusión selectiva”

La “inclusión selectiva”

El vídeo de apenas unos segundos que tenía por protagonista el quiebre emocional de una persona en medio de una clase virtual fue de los temas más comentados de la semana pasada.

Andra Milla totalmente en llanto y furia, exigía se le llamara “compañere”, y no “compañera”, como lo acababa de hacer Max Carbajal, estudiante del Tec de Monterrey quien a través de sus redes sociales aclaró ya que era la primera vez que interactuaban y que se encontraban en una sala virtual con más de 100 personas.

Max también ratificó el contexto que ya antes había proporcionado Andra, el que en los segundos previos de lo que todos hemos visto, se daba una discusión sobre si podría haber o no una prórroga para la entrega de una tarea lo cual, a decir de ambas personas, explica mucho más el desaguisado que el debate compañera/compañere.

Justamente Carvajal explica que su intervención en la clase buscaba distender un ambiente que ya se encontraba tenso antes de que ocurriera el incidente que se viralizó y que cayó “como anillo al dedo” para confirmar los prejuicios que se tengan en un sentido o en otro.

O bien es una evidencia del agotamiento que produce la falta de respeto a la identidad, o bien es clara muestra de imposición y chantaje de aquello que han llamado “ideología de género”.

Ni lo uno ni lo otro. Si se toman más elementos de juicio que los ocho segundos que la mayoría conoció, como las propias declaraciones ya citadas, podrá verse que el episodio había tenido menos relevancia para sus protagonistas del que las redes le otorgamos, y que terminó por convertirse en anécdota ejemplificatoria de lo que cada quien considera “La Verdad”, o “La Razón”.

Lo cierto es que esta historia revivió la polémica que levanta el lenguaje inclusivo, que inicialmente retó a explicitar el femenino en cada expresión, es decir, a dejar de asumir que las mujeres estaban implícitas cuando se hablaba de “todos”, por lo que es necesario agregar un “todas” que diera certeza de que también a ellas, con su propia especificidad, se les estaba nombrando.

Pero esto a lo que, he de confesar, no he terminado de acostumbrarme particularmente por el reto que significa en economía del lenguaje, se ha complicado aún más porque luego hay que incorporar a quienes no se sienten identificadas ni en ese “todos”, ni en ese “todas”, que ya de por sí nos estaba costando.

Y si de ese paso anterior no hemos logrado aprender lo suficiente, del siguiente no puede esperarse más que mayor resistencia humana y comprensible. Los cambios siempre conllevan tiempo, los lingüísticos, bastante, los sociales aún más.

Lo lamentable es que esa casi natural resistencia se envuelva en una especie de “inclusión selectiva”, en la que se pretende contraponer a quienes reclaman la diversidad en los pronombres, con quienes viven con una discapacidad; como si incluir a unos restara la posibilidad de incluir a otros (otres, ¿ve? La deconstrucción es paulatina, y su lentitud, cuando hay disposición, es perdonable).

Lo lamentable es que no se hace ni lo uno, ni lo otro. ¿Cuántos de quienes de quienes argumentaron la prioridad del braille, la lengua de señas, el respeto a los autistas o la importancia de accesos a discapacitados realmente se esfuerzan en hacer todo ello realidad?

No se hace en el ámbito público, y menos aún en lo privado. Y la situación de pandemia sólo vino a complicarlo más. ¿Cuánto espacio público se complicó para quienes viven con una discapacidad motriz por tener que alargar sus caminos, o permanecer de pie (porque los espacios de descanso se eliminaron), debido a los protocolos sanitarios?, ¿cuánto ha costado a quienes viven dentro del espectro autista y sus cercanos lidiar con el encierro? ¿cuántos espacios laborales, académicos y públicos en general se adaptaron para quienes viven con discapacidad ante la repentina virtualidad en la que se nos convirtió la vida cotidiana?

¿Y cuántos se habían preocupado por ello antes de que les atormentara el llamado a sustituir una vocal por otra? A juzgar por el estado de cosas, no los suficientes.

No cabe duda que cambiar letras no nos hará suficientemente inclusivos, ¿pero acaso alguien decía lo contrario?

No obstante, es claro que si cuesta tanto usar el pronombre que se solicita, los “cambios en serio” muchos de los cuales implican dinero, esfuerzo, aprendizaje, tiempo, energía y mucha más disposición están todavía más lejos de llegar.

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