La violencia en el país también puede explorarse con herramientas simbólicas

La violencia en el país también puede explorarse con herramientas simbólicas
Adán Medellín. Foto de Román Gómez

La Gualdra 490 / Entrevistas / Literatura

[Adán Medellín, Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza 2019]*

Adán Medellín dice en su perfil en redes sociales que fue ex lateral izquierdo, si trasladamos la metáfora del futbol a la literatura tendríamos que decir que es un jugador apto para cualquier posición en la cancha, lo mismo escribe cuento, novela, ensayo e incluso poemas, y todo lo hace con la soltura, elegancia y seguridad de quien conoce bien su oficio. Su más reciente novela publicada, Acéldama, es un acercamiento a una de las tantas estampas de violencia en el país, su acierto es hacerlo “con precisión y sensibilidad”, sin caricaturizar ni romantizar, logrando una obra “a un tiempo brutal y serena, tal como lo consideró el jurado del primer Premio Nacional de Novela Elmer Mendoza, de la Universidad Autónoma de Sinaloa en 2019. Para describir la prosa de Medellín tengo que citar lo que el protagonista de Acéldama dice sobre José Revueltas: “Me gustaba su lenguaje tan poético para narrar a seres tan duros, […] esa sordidez reflexiva que se adhería sin miedo a esos cuerpos y personajes que tanto temíamos tocar”. 

Algún equipo quizá habrá perdido a su mejor lateral izquierdo, no lo sé, pero sí creo que pocas veces la poesía ha tenido una baja tan pertinente como que Adán Medellín decantara por la narrativa para alegría de quienes somos sus lectores. 

Beatriz Pérez Pereda: Algunos de tus cuentos se desarrollan en entornos violentos, desde mi lectura no lo haces de una manera convencional, todo en tus cuentos parece una metáfora de algo más, cuál es tu postura, tu estética frente a la violencia, la búsqueda de justicia que narras en algunos de tus cuentos o en tu novela de publicación más reciente, Acéldama.

*

Adán Medellín: No comencé escribiendo narrativa sobre violencia. Yo primero deseaba escribir poesía, pero hallé en los cuentos una vía más eficaz para plasmar mis obsesiones y preocupaciones. He escrito cuentos fantásticos, sobrenaturales, deportivos, literarios y de un corte más realista y crudo, como en los años recientes. Creo que mi lector de poesía sigue influyendo en mi fraseo y el ritmo de mi narrativa, uso la metáfora cuando es pertinente para dejar un universo abierto, que pueda ser sentido y llenado por el lector, para trabajar en las preguntas que me inquietan, para aprovechar la profundidad y la sutileza del lenguaje metafórico. Creo que uno de los peligros de escritura de la violencia es su trivialización o normalización, que se convierta en un dato más de la narración. La violencia en el país es un hecho que no basta numerar en asesinatos o fotos atroces, sino que también puede explorarse con las herramientas simbólicas, profundas, rituales, antropológicas que nos permite la literatura. La violencia es cíclica, mimética, desbordada de sentido. Detrás de ella hay vidas rotas, desigualdades sociales, heridas interiores, mensajes de poder. Mis textos al respecto plantean preguntas sobre ella: ¿Aún creemos en la justicia en medio de la violencia? ¿Mi justicia es tu justicia? ¿Estamos dispuestos a romper la ley social con tal de restaurar la justicia que no llega? Mis textos buscan esos claroscuros en los personajes que se ven atrapados o anegados por alguna manifestación violenta.

BPP: En tu semblanza apareces como escritor y periodista, qué tanto o de qué maneras un oficio se inmiscuye o colabora en el otro.

AM: Fui durante doce años periodista y redactor en distintas revistas. Admiro a los y las periodistas de a pie que se meten todos los días en la boca del lobo para intentar contar y darle algún sentido a lo que vivimos actualmente. Del periodismo mantengo siempre la curiosidad y las preguntas en distintos ángulos para no confiarme con la primera interpretación de la historia o con un dato suelto, arrojado a las redes sociales. No hay buenos y malos inmóviles. Cada ángulo nos revela una capa o el inicio de una grieta para asomarnos desde una historia o un personaje a la hondura contradictoria que somos como humanos. El periodismo también me recuerda siempre que tengo un lector potencial enfrente, que soy responsable de ser un puente a ese otro lado, por más oscuro y pavoroso que parezca. 

BPP: Has mencionado tu relación con la poesía, qué te llevó a escribir el ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley: su experiencia o comunión con lo divino, la trascendencia, la enfermedad… cuáles fueron los vasos comunicantes, dónde inició el diálogo.

AM: Como lector inicial de poesía, siempre fui un curioso de las distintas expresiones poéticas. La del argentino Viel fue una que me atravesó como un relámpago. Conocí su poema-libro Hospital Británico como lectura en la universidad gracias a un buen amigo, el Dr. Enrique Flores, y lo primero que pensé es que estaba frente a una revelación: un lenguaje de sueños, imágenes, recuerdos, autorreferencias, iluminaciones y desbordamientos de la lógica. Quise intentar narrar lo que veía en él. Con las relecturas, el conocimiento de la obra completa de Viel, otros libros y más charlas, vi que estaba frente a un viaje místico e iniciático que partía de un episodio tremendo: una cirugía para extirpar un tumor en la cabeza del poeta. Su herida abierta y sangrante era su camino a la trascendencia, como en los antiguos rituales de trepanación. Mi madre, en aquellos años, enfermó y murió de cáncer. Entonces mis preguntas sobre la enfermedad, la muerte, la resurrección, la fe, el dolor, se trasladaron también a mi diálogo con Viel. Todo ello me llevó a escribir un cuento, una tesis y luego un ensayo que, afortunadamente, obtendría un premio nacional y sería publicado hace un par de años. 

BPP: En un discurso Jaime Sabines dijo que trabajar detrás de un mostrador, algo alejado de lo que se piensa o cree es el oficio de escritor, le había enseñada a tener paciencia, disciplina y humildad, junto a tu pareja tú emprendiste el proyecto de la Cafebrería Ítaca, cómo ha sido esa aventura, ese aprendizaje quizá. 

AM: Ha sido un aprendizaje de humildad y comunidad. El oficio de escritor, el acto de escritura frente a la página, es solitario y concentrado. Permite toda la libertad individual, nos hace crecer, volar, por dentro. Exige espacios aparte, soledades. Pero el proyecto de Cafebrería Ítaca que he emprendido junto a mi esposa es un trabajo que va hacia afuera. Busca hacer comunidad: intenta llevar libros y lecturas a la gente desde una librería y una biblioteca personal abierta, además de apoyar en la educación de los chicos y las chicas en un pueblo de San Luis Potosí con algunas clases y talleres básicos, alrededor del menú de una pequeña cafetería. En esos momentos en que preparo un café, mesereo, sirvo un postre o cargo mercancía en un mercado de abastos, la gente no me piensa como escritor. No saben quién soy. Hay libros míos en un librero gracias a premios nacionales de literatura y ellos no lo saben forzosamente. Eso me ayuda a estar bien plantado y mirarme con mayor justeza y mesura. También me ha permitido mirar una realidad distinta a la que viví toda mi vida en la Ciudad de México. Me mudé de allá justo antes de la pandemia, y ahora toco y respiro un país que antes no lograba ver pese a mis esfuerzos debido al velo seductor de la capital: es un choque y una revelación de palabras, costumbres, ideas, significados distintos. 

BPP: Es famosa la relación de algunos escritores con el deporte, unos boxean, nadan, otros corren, en redes sociales vi que te gusta correr, andar en bicicleta, cuál es tu relación con estas actividades, se vinculan de algún modo con tu proceso creativo.

AM: Siempre he amado los deportes. Mi primera pasión fue el futbol; quería ser futbolista hasta los 17 años. Le he sumado la práctica del básquetbol, del box, de la natación y las caminatas, y en los últimos años, del running y la bicicleta. Escribir para mí es un acto muy físico, no solo intelectual, y siempre me ha interesado la relación de la escritura con el deporte, el sentimiento del cuerpo en movimiento, la respiración ligada a la voz poética o narrativa. Me ha ayudado a lidiar con la ansiedad, pero también a experimentar mi cuerpo en sus límites, en sus miedos, en sus alcances. Sé cómo se siente tirar un buen recto o recibirlo en el rostro. Anotar un gol, fallar un penal, terminar una carrera extenuado. El deporte es ritual, social, individual y lidia siempre con la transitoriedad de la gloria, la victoria, la derrota. Trasmite símbolos sociales, juega con leyes, interpretaciones y políticas. Algunos de los escritores que más admiro hallaron ahí caminos relevantes. Pienso en la natación para Viel, el boxeo para Piglia o Hemingway, la navegación y el vagabundeo para Haroldo Conti, el alpinismo para Erri de Luca, el futbol americano para Kerouac. Durante ese momento, la conexión con el cuerpo permite una naturalidad, una fusión en una actividad, un ritmo que a veces puede reencontrarse en la escritura. 

BPP: Y del otro lado, como lector, qué tipo de lector eres, qué libros hay en tu biblioteca personal. 

AM: Ahora soy primordialmente un lector de narrativa. Hay mucha novela y cuento en mi biblioteca, sobre todo del último tercio del siglo XIX hasta nuestros días. También tengo algunas aficiones: libros de novela negra, literatura de viajes, voces narrativas o poéticas excéntricas, textos limítrofes o entre géneros, además de intereses específicos como antropología, estudios bíblicos, historia, música, deportes o cine. Algunos de mis libros favoritos son Dama de Porto Pim, de Tabucchi; Las uvas de la ira, de John Steinbeck; Moby Dick, de Herman Melville; La Odisea; ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy; y La alegría, de Ungaretti.

Fragmento de Acéldama, capítulo IX:

“Nada de lo que hacemos es plenamente real si no estamos ahí, ahora. Yo me adentré y salí, pero no fui más el mismo. Por Rodrigo, por su mundo, que también era el mío a unas calles de distancia. Porque la calle es la misma. Es la dicha, la ilusión y la infancia. Es la violencia, la saña y el enojo. Es la cancha de futbol donde crecí, el canto del ferrocarril donde quería escaparme, el cálido universo en una nuez sucia y agrietada, el campo de sangre entre escuadrones de muerte, niños que crecen y se enamoran, policías corrompidos, halcones, aros de basquetbol, porterías hechas de piedras o de suéteres. El lugar de los amores, de las traiciones, de los hombres y mujeres con hambre y sed de justicia. El campo de sangre —acéldama, akeldamá, hakeldamáj— como esa palabra en el Evangelio de Mateo que recuerdo por mi madre”.

Adán Medellín (Ciudad de México, 1982) es escritor y periodista. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ganó el premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007 y el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo en 2019. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) —ganador del Concurso Nacional de Cuento Sueño de Asterión— y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) —con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017; además del ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley (El Tapiz del Unicornio/INBAL), con el que ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. También obtuvo el Primer Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza en 2019 por su novela Acéldama (UAS, 2020). Actualmente es cofundador de Cafebrería Ítaca, imparte talleres de narrativa y colabora en distintos medios culturales impresos y digitales.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_490

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