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La Gualdra 487 / Río de palabras

 

A través del cristal pude ver cómo desabotonó su blusa dejando un escote discreto. El ruido del restaurante se detuvo cuando uno de los recepcionistas abrió la puerta para que ella entrara al sitio donde nos quedamos de ver. La gente guardó silencio al arribo de Diana mientras acomodaba su traje sastre bajo el brazo que le hacía lucir seria y conservadora. El sonido de los tacones armonizaba con la música de jazz. Yo me quedé observando su caminar pausado y seguro al mismo tiempo que daba un sorbo a mi bebida. Era nuestro aniversario.

Cuando por fin llegó hasta la mesa le hice ver mi interés. Me levanté de la silla porque así lo sentí: No fue un acto de caballerosidad fingido. Una vez sentados, no pude quitarle la mirada de encima. Los labios que al momento no decían mucho dejaron escapar sonrisas que me inquietaron más. Su escote y el rubor de su rostro facilitaron un temblor leve al intentar servirle el vino tinto que nos acompañó por mucho tiempo.

Ambos notamos el nerviosismo. Mi vista no podía bajar de sus ojos si no fuera por la leve línea que se macaba bajo el cuello: tan sutil, tan elegante y ligeramente afrodisiaco. Conversamos de esa primera vez en que nos conocimos por casualidad, por obra de no sé quién y tampoco importaba. Nos conocimos. El leve pestañeo me incitaba a continuar contemplándole como la mejor obra de cualquier pintor renacentista. Le dije que me gustó desde siempre. Desde que la vi hacía ya un año, al escucharlo se sonrojó moviendo nerviosamente sus manos. La paranoia del momento me hizo sentir que la gente de alrededor estaba sobre nosotros. No encontrarme con el fastidio de conocidos sería lo ideal.

Mientras la botella de vino se evaporaba, soltó una de sus zapatillas bajo la mesa y su pie empezó a deslizarse entre mis piernas. Bajaba y subía en tanto las miradas eran cómplices. Imaginé sus senos escondidos detrás del encaje. Su espalda desnuda y yo sobre la piel donde inician los placeres. No era solo el deseo. Me descubrí enamorado. Como un adolescente en su primera oportunidad deseaba el momento de fundirnos entre nubes.

El ambiente hubiera subido de tono si no es por la interrupción del mensaje que recibí: Amor, los niños y yo todavía te esperamos. Te amo.

 

 

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