Un secreto a mis pies

Un secreto a mis pies

La Gualdra 458 / Río de palabras

 

 

Hoy encontré un cadáver, era pequeño y asombrosamente bello. Se le veía abatido y las hormigas comenzaban a comer sus ojos sin piedad alguna. Yo me encontraba triste ese día y cuando mi mirada se posó en su cadáver también algo murió dentro de mí. Lo levanté con mucho cuidado, no quería lastimarlo, tenía que cuidar de él después de su muerte, así que lo pegué a mi pecho intentando compartirle un poco de la vida que yo aún tenía, pero que a él le habían arrebatado. Intenté cerrar sus ojos en vano. Lo acaricié, pasé mi dedo con cuidado por sus azuladas plumas y comencé a cantarle mientras lo arrullaba.

¿Cómo era posible que en un lugar tan concurrido nadie se hubiera dignado a recogerlo? Me di cuenta de que el mundo se encontraba verdaderamente podrido si las personas eran capaces de seguir su vida sin inmutarse al encontrar un cadáver a sus pies. Un ser vivo, ahora muerto, que a nadie le había importado.

Lo cubrí del viento tormentoso y caminé con él en brazos a través de un sendero boscoso cuidando de no tropezar. El suelo se encontraba completamente seco, incluso diría que muerto, y cuando traté de cavar una pequeña tumba en el suelo, me di cuenta de lo duro que era, todo se encontraba congelado, incluso el corazón de los hombres.

Posé al pequeño a mi lado, envuelto en mi chamarra y con lágrimas en los ojos comencé a cavar un hoyo debajo de un árbol de melancólicas ramas. Mis manos, tan débiles, como yo misma, terminaron completamente congeladas y llenas de rasguños de los que emanaban diminutas gotas de sangre.

Sacudí la tierra de mis manos y me dediqué a preparar mi secreto, limpié su plumaje, cerré su pico, lo acomodé de la mejor manera posible y busqué flores bellas con las cuales poder adornarlo. Solo encontré una minúscula florecilla naranjada que coloqué en su pecho sin vida.

“Perdón por haberte encontrado tan tarde, supongo que no pudiste morir amado, pero ahora eres amado en muerte. También lamento que hayas tenido que morir aquí, donde los humanos ya no son nada más que seres arrogantes y egoístas en busca de dinero. Sabes que me gustaría poder quedarme a calentar tus restos, pero los dos sabemos que eso de nada servirá. Y sé que a cualquiera le parecería falso, en este mundo donde el amor ya no significa nada, pero en verdad te quiero”. Lloré un poco más antes de cubrirlo de tierra y partir.

Para mi suerte, después de unos pocos respiros, pude acompañar al pequeño cadáver. Salí de ese lóbrego lugar al cual jamás había logrado pertenecer. La malicia de la humanidad no había querido que yo siguiera respirando, y así fue. Ese día se cavó más de una tumba.

 

* Texto incluido en el libro Y son nombres de mujeres. Antología de escritoras zacatecanas III, Secretaría de las Mujeres, Gobierno del Estado de Zacatecas, Zacatecas, México, 2020.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_458

 

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