Este 6 de octubre se dio a conocer la muerte del poeta Uriel Martínez

Este 6 de octubre se dio a conocer la muerte del poeta Uriel Martínez
Uriel Martínez era un apasionado de los libros y la literatura; un librero y vendedor carismático; un caminante incansable de la ciudad ■ FOTO: ALEJANDRO ORTEGA NERI

■ Publicó los poemarios Bulevar infinito y Lubricantes y su libro de cuentos Los cuervos

■ Afirmaba que “si no escribiera no valdría nada (…) la escritura es nuestra salvación”

 

La muerte trae aparejado al año 2020. Se pasea sobrevolándolo en forma de aves del color de los cuervos, del color del miedo. En el año atípico que está marcando este momento histórico, el de una pandemia de miles de muertos, se han aparecido otras epidemias que también causan desasosiego y deprimen el organismo, una de ellas es la de la tristeza, esa que se apersona cuando las palabras de los poetas dejan de sonar en su propia voz.

Este martes 6 de octubre se dio a conocer la muerte del poeta nacido en Tepetongo, en 1950, Uriel Martínez. Según amistades, se había reportado con un malestar estomacal desde el fin de semana, luego ya no contestó. Después de buscarlo en su casa, con familiares y en hospitales, fue finalmente encontrado sin vida en su casa, sin que hasta el momento se sepan las causas del deceso.

Uriel Martínez era un apasionado de los libros y la literatura. Un librero y vendedor carismático. Un caminante incansable de la ciudad, esa que él creo llamándola Dogville. Fumador, asiduo cliente del café San Patricio, conversador docto, cinéfilo y melómano cuyos gustos musicales abarcababan desde el intelectual y militante griego Theodorakis, pasando por el jazz, el blues, hasta la música “mexicanota” como decía para referirse al folclor oaxaqueño o veracruzano.

A propósito de la publicación de sus poemarios Bulevar infinito (Fragmento Celeste, 2017), Lubricantes (Juan Pablos, 2017) y de su libro de cuentos beneficiado con la Convocatoria Ediciones 2018, Los cuervos (IZC, 2019), se entrevistó al poeta de la gorra y la bolsita de plástico, cuyas respuestas dejaron entrever sus intereses y lo que permeó su universo poético y narrativo y que hoy, como un homenaje póstumo, se recopilan aquí.

En Bulevar infinito, un librito que reúne 22 poemas, los temas recurrentes son la soledad, la tristeza, la huida a través de los viajes, el olvido, el amor y su contraparte, el desamor.

AON.- ¿En estos temas es dónde mejor habita la poesía?

UM.- Hay temas recurrentes en el escritor lírico, de acuerdo a sus emociones, a sus recuerdos, a aquello que se perdió, aquello que ya no está presente. En una persona adulta debe ser más intenso el pasado, la amenaza de enfermedades, la amenaza de los médicos, porque es una legión de médicos que no hayan cómo matarnos. Es parte de vivir en estos momentos.

Me dijo en aquella ocasión en que acaba de atravesar por una enfermedad y tuvo que vender su librería y los muebles donde descansaban los ejemplares para pagar sus estudios.

AON.- ¿El amor es el tema predilecto de los poetas?

UM.- La tradición lírica y poética dice que sí. La cuestión es cómo abordar temas eternos, permanentes, con una voz nueva. Y cuando el ser amado es un barón deseado por otro barón, también surge una voz propia, el “yo” lírico que tiene derecho de expresarse sin saber quién será el destinatario.

AON.- Hay una idea errónea de que el poeta debe escribir de la naturaleza, de cosas hermosas, agradables. En Bulevar Infinito hay poemas de la vida cotidiana, de los objetos de una casa, ¿dónde encuentra la poesía?

UM.- El poeta o el narrador, para ubicar a su hipotético lector, parte de una vida cotidiana que nos es común a todos, porque la vida es áspera y esa aspereza nos toca a todos. Si yo estoy hablando de una taza que se quedó esperando unos labios deseados y llegó la noche, el frío, el viento y la muerte y no llegaron esos labios esperados para esa taza, que lleva un nombre, ahí ya está el poema.

AON.- En el poemario encuentro pocos atisbos de felicidad. Más bien tristeza, sufrimiento, la condición humana…

UM.- Si uno ha vivido la felicidad o la soledad, se va a reflejar en el contenido del poema. Yo no sé si la felicidad exista. Durante mucho tiempo la felicidad se entendió como sinónimo de propiedad, de billetes, de tarjetas de crédito, de vacaciones en la playa, pero son motores de la felicidad apagados hace tiempo. En esta sociedad de competencia el que tiene más dinero es más feliz, parece.

Quien conoció en vida al poeta tepetonguense, seguramente pasó por su librería La Azotea, esa en la que convivieron los mejores libros que recomendaba con mucha pasión, dándole siempre un lugar preponderante a su amado Fernando Pessoa, o a otros de admiración como Pedro Lemebel, Rubem Fonseca, Mario Bellatin.

UM.- “Abrí la librería aquí para anclarme. Como me quedé sin una corresponsalía de un día para otro y para no regresar a México o a Torreón, me anclé con una librería y la abrí sin ser administrador ni librero, porque me faltaban muchos aspectos que no tomé en consideración. Y al concluir al ciclo me di cuenta de que era una experiencia que tenía que cumplir, porque cuántas personas me vaticinaron el naufragio y no hice caso, pero fue esa necesidad de socializar autores, socializar la literatura. Dicen que echando a perder se aprende. No es la primera vez que echo a quemar las naves, creo que desde que naces quemas las primeras naves sin que te des cuenta. Y al cerrar dije: bueno, remató lo que tengo y saco mi primer libro en edición privada y fue Lubricantes (Juan Pablos, 2018). Sabía que me estaba jugando el último albur y me publicaron 500 ejemplares.

Quedó claro que las puertas bien cerradas se abren para los poetas, cuando para platicar precisamente sobre su poemario Lubricantes, abrieron las puertas de un museo cerrado a su petición para que conversáramos en silencio, teniendo como únicos vigilantes a unas columnas de cantera que seguro guardan los ecos de muchos poemas.

AON.- En Paisajes, la segunda parte del poemario, también aparece la nostalgia, porque los paisajes, los espacios, los escenarios son lugares que emplazan memoria…

UM.- ¿Qué entendemos por paisaje? Puede ser un paisaje interior, puede ser un paisaje emocional, puede ser un paisaje real pero sublimado a través de nuestros recuerdos, tamizado por la nostalgia, por la sed de vivir aquello que ya vivimos. Encontré que paisaje es un término muy amplio que puede abarcar lo interior y lo exterior real. Si escuchamos mar evocaremos una caminata por la orilla de Mocambo en Veracruz, evocaremos un faro a la distancia, evocaremos a un par de viejos bañándose y uno al otro enjabonándose el cuerpo en esa playa de Mocambo, o paisajes desoladores como los desiertos arenosos de Ciudad Juárez y las muertas. Las noches de vigilia en el norte, en la Ciudad de México o donde estés.

AON.- Y hablando de esos paisajes, aparece Fukushima como título del tercer apartado que incluye tres poemas referentes a la cultura japonesa. ¿Qué evoca para ti Fukushima?

UM.- El desastre apocalíptico que vivió Fukushima lo percibí como una premonición de lo que se avecinaba luego en todo el mundo. No sé. México ha sido muy golpeado, saqueado, humillado, porque después de Fukushima vinieron otras manifestaciones de un apocalipsis que no terminan de irse ni de suceder, desde la desaparición de los 43 estudiantes normalistas hasta el viernes pasado que a la hija de una amiga la levantan y al día siguiente la encuentran en la carretera a la Bufa. Y dices, “qué rápido se va la vida o que rápido se fue.” Por eso lo de Fukushima.

AON.- Encuentro también varias referencias a la música. ¿Te gusta la música?

UM.- ¿A quién no? Hasta Beethoven era compositor siendo sordo –dice entre risas.

AON.- ¿Qué música te gusta?

UM.- Como mexicano de toda. Hay momentos para escuchar la norteña, hay momentos para escuchar la música instrumental, la música huichola, que es ajena aparentemente a nuestra idiosincrasia de criollos, pero que tiene un sentido y tiene un ritmo y sintoniza con el universo. Me gusta el jazz y el blues pero en ciertos momentos. Finalmente uno tiene su repertorio breve de música de todos los días y puede ser desde música europea clásica o hasta música instrumental mexicanota, veracruzana, oaxaqueña. Me gusta de todo.
AON.- ¿Y escribes escuchando música, por las noches, o cómo es la rutina?

UM.- No hay un método. A veces en la tarde salgo al café y si está solo encuentro que es un momento propicio para escribir algo. En realidad nunca sabes cuándo vas a sentir ese impulso de escribir algo, porque aunque yo vaya en un camión urbano y vea cierta situación que pueda ser teatral, cinematográfica o pinche, sé que hasta llegar a la casa voy a reconstruir eso que vi en el camión mientras llegaba al centro. El momento de la escritura se divide en dos: cuando encuentras el motivo y cuando te sientas a plasmarlo. Porque cuando encuentras el motivo no es el momento para escribirlo en una ciudad llena de baches.

AON.- El poeta va escribiendo mentalmente…

UM.- Yo creo que sí, pero también habrá quien escriba en el camión en una situación incómoda, con la música a todo volumen escribirá una sinopsis para que no se le vaya la idea, para atrapar el inicio de aquello que va a ser una tirada de gran aliento.

AON.- ¿Al escribir poesía tienes algún compromiso hacia el lector, hacia usted, con la vida, con la noche, con quién?

UM.- Creo que conmigo mismo, porque si no escribiera no valdría nada. Le decía a un amigo dramaturgo que si no escribiéramos seríamos delincuentes. Le decía a otro amigo escritor que sólo nos queda conservar el don de la escritura porque es nuestra salvación.

AON.- ¿Te has imaginado cómo sería tu vida sino escribieras?

UM.- Casi igual a la de ahora pero sin esperanza a futuro.

Desde hace varios años, las cosas en México no van bien y eso le preocupaba al poeta. Parvadas de cuervos negros vuelan sobre la vida cotidiana que se ha trastocado; la violencia es continua y la sangre es tinta con la que se escribe lo más aberrante de esta monografía. Ante ese panorama amenazante, aterrador, el autor se enfrentaba a sus miedos:

UM.- “No le tengo miedo a la soledad, no le tengo miedo a la enfermedad, no le tengo miedo a la pobreza, no le tengo miedo a la religión. A lo mejor le tengo miedo a la Guardia Nacional, a la economía, a los gobernantes. Nos hemos acostumbrado a la violencia desde la aparición del narcotráfico como una catástrofe nacional y creemos que nos vamos acostumbrando a los descabezados, a los desmembrados, a los feminicidios, pero que no me toque cerca porque en ese momento nos damos cuenta que nuestro terror era que la violencia tocara en nuestra puerta y entonces se mezclan el horror metafísico, el social y el religioso”.

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