Kim Ji-young, nacida en 1982

Kim Ji-young, nacida en 1982

Se trata de una novela que por obligación deberían leer todas las mujeres. Más allá de si están de acuerdo con el planteamiento narrativo que hace Cho Nam-joo, una joven autora de Corea del Sur. Hasta ahora es la segunda novela que leo de Corea del Sur. La primera de ellas fue la de Un-Su Kim, también joven narrador: “Los conspiradores” (Océano 2019), de la que también hablé por aquí. En ambos casos se trata de propuestas sólidas, aunque en distintos géneros (la de Un-Su es novela negra), pero bien contadas.

“Kim Ji-young, nacida en 1982” (Alfaguara 2019) comienza igual que como finaliza. Sin mayores sobresaltos. Eso pareciera. Sin estructuras narrativas complejas que en ocasiones más que proponer al lector distintos tipos de lectura, dificultan la compresión total del texto a la hora en que todos se quieren sentir Cortázar y Rayuela. Cho Nam-joo no se mete en líos: narra una historia desde su perspectiva social y cultural y para presentarla se vale de un recurso casi de posesión demoníaca cuando Kim Ji-young, personaje principal, comienza a hablar a través de las distintas mujeres con las que ha interactuado a través de su vida. Su madre. Su suegra. Su abuela… Ante el sobresalto de sus familiares, quienes ya la creen una desquiciada.

Inmediatamente Cho Nam- joo se vale del recurso narrativo del flashback para que el lector comprenda el por qué de esa extraña “enfermedad” de Kim Ji-young. Recordemos que el recurso del flashback sirve, tanto en la narrativa como en el cine, para construir un pasado y, en caso de que así se requiera, develar el secreto o la acción que desencadenará el presente narrativo del o los protagonistas de la historia. Sin embargo, aunque suene tan sencillo, el flashback exige la precisión de un cirujano a la hora de los detalles, ya que es aquí donde cobra coherencia el personaje o los personajes principales y ese modificar el destino del que ya nos advierte Freud.

La historia de Kim Ji-young es la de la mayoría de las mujeres. Cuando uno como lector cree que por el hecho de situarse dentro de otro contexto cultural como lo es la sociedad de Corea del Sur la situación sería totalmente diferente, la autora recurre a la maestría en el arte de narrar y expone temáticas feministas que son comunes a todas las sociedades, como aquellos patrones culturales que antropológicamente señalaba hace ya varios años Lévi-Strauss para rechazar los enfoques etnocentristas. Y es aquí donde cobra fuerza “Kim Ji-young, nacida en 1982”.

Hay distintos focos de apreciación para esta novela. Y también son distintos los estereotipos de mujeres que se nos presentan a lo largo de la narración. La historia de la mujer estudiante que soporta las críticas a su preparación académica cuando lo “normal” es que la mujer se prepare desde joven para casarse, tener hijos, ser ama de casa, y perder tanto su independencia como su libertad, cediendo, así, su lugar en la academia o en los mejores trabajos a la figura masculina, quien sí es lo suficientemente valorada. Y si como mujer consigues entrar al colegio debes soportar el acoso sexual de los profesores, las miradas lascivas con las que te acechan durante clases.

Como futura madre, desde el hecho de que los demás se enteren que tendrás una niña y no un niño y el consuelo que te brinda la familia cuando te aseguran que así les ocurrió a ellas (como quien narra un hecho catastrófico) con el primer hijo, que a lo mejor para la siguiente ocasión ahora sí será niño, como si el sexo del bebé determinara si se trata de un premio grande de la lotería o de un premio de consolación con el que tendrás que vivir, resignada, toda la vida.

Las oportunidades laborales y las dificultades que tiene que pasar Kim Ji-young para encontrar un trabajo donde por norma social se acepta más a los hombres, pues ellos no se van a embarazar y, por consiguiente, no pedirán permiso para ausentarse laboralmente por maternidad o durante el primer año posterior al parto, permisos que sí se conceden en Corea del Sur (ignoro si en México se otorguen).

Una vez que por fin ha concluido sus estudios y consigue su primer empleo, Kim Ji-young debe enfrentar nuevamente el acoso sexual de sus compañeros de trabajo y de sus jefes, por lo que, asustada, llega un momento en que le resulta todo un reto estar sola en una parada del camión sin que un hombre quiera forzarla a sostener una platica. Obviamente, antes de llegar a esta escena ya se han sentado varios precedentes que la conducen a ese miedo casi terror.

La relación con su primer novio y el golpe con el mazo indestructible de los celos y la desconfianza. Aunque a su alrededor existen hombres que realmente creen en ella y en sus planes de vida, la verdad histórica y social de una Corea del Sur que se encuentra en plena transición política se impone.

En el transcurso de la novela ocurren varios cambios sociales, sin embargo, el sitio en el que Cho Nam-joo coloca a la mujer la sigue situando en franca desventaja ante un sistema que parece muy bien orquestado por aquellos hombres que no permitirán que el sexo opuesto les arrebate el poder y las oportunidades. Recuerden que hasta ahora no hemos salido de Corea del Sur, ¿les suena algo de lo que he expuesto anteriormente a mecanismos patriarcales de la sociedad mexicana? Bueno, en “Kim Ji-young, nacida en 1982” no grafitean monumentos históricos ni las mujeres que resisten son crucificadas, vapuleadas, maniatadas por los medios de comunicación vendidos al dueño del periódico o de la televisión.

La novela corre como el agua y cada uno de los capítulos en que está divida están bien sopesados. Hay una imperdible nota al final de la autora: un ejercicio metatextual que redondea la propuesta de una novela que se ha situado en la lista de las más vendidas. ■

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