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19 DE SEPTIEMBRE 1985

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Por: SOCORRO MARTÍNEZ ORTIZ •

    “Nada, nadie. Las voces del temblor” es un libro de la prestigiada Elena Poniatowska, que recopila testimonios en cientos de voces que hablan de lo ocurrido en aquellos días tan aciagos que la solidaridad hizo históricos en la Ciudad de México: 

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     Después de los pavorosos terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985, en la ciudad de México nada ni nadie serán nunca más los mismos. Pánico, desesperación, rabia, impotencia, horror, rescates, solidaridad, muerte. La megalópolis sembrada de destrucción por doquier. De inmediato, desde el primer momento, los sobrevivientes se lanzaron a las tareas del rescate, la inmensa mayoría de ellos sin más medios que sus manos, su emoción y, en casos incontables, su heroísmo. Una de las ciudades más pobladas y extensas del mundo se volcó a los lugares donde los sismos la habían herido de muerte. El polvo y el humo flotaban como si hubiera ocurrido un bombardeo. Mientras un niño salía indemne de debajo de grandes losas, en otros sitios la gente lo que extraía eran cadáveres. Por todas partes, los rescatistas pasaban días y noches luchando con las vigas retorcidas y el concreto desplomado. Nada de todo aquello se olvida. Nadie podrá contar por sí solo esta historia. 

     En México se llevará a cabo el día de hoy, el Segundo Simulacro Nacional 2025, en una jornada que conmemora a las víctimas del terremoto de 1985, el más destructivo de la historia reciente del país. Busca fomentar la cultura de prevención y contribuir al fortalecimiento de las capacidades de reacción ante un desastre o emergencia, según la Coordinación Nacional de Protección Civil.  

     Poniatowska, con el profesionalismo que le caracteriza da a conocer una cronología de aquella tragedia, según la versión que Jean Miot, consejero delegado de Le Figaro, le da a Lola Creel.

Jueves 19 de septiembre de 1985.

7:18

El sol y los mexicanos están levantados desde hace bastante tiempo. Mi ventana, está abierta; la mañana es aún fresca. 

En pleno centro de esta monstruosa megalópolis de dieciocho millones de habitantes y de seiscientos kilómetros cuadrados, hace dos días vivo en un encantador hotelito. Situado a un paso del Paseo de la Reforma. Del otro lado se encuentra la “Zona Rosa”. Subiendo hacia el Ángel dorado de la Independencia que domina la plaza (que el sismo de 1957 hizo caer de su pedestal), se extiende el centro histórico de México; el Zócalo, Palacio Nacional, la Catedral, las Secretarías, grandes tiendas, hoteles, algunos más recientes que el mío.

7:18:30

Ignoro todavía si hice una buena elección escogiendo este encantador edificio rosa de tres pisos.

7:19

Mi cama se mueve. La puerta del baño que se había quedado abierta, golpea contra el marco sin volver a cerrarse. Se pega contra el muro. 

7:19:30

¡Es un temblor! No sólo mi cama si no todo se mueve La puerta golpea como si alguna mano invisible tratara de cerrarla. La empuja con fuerza. La empuja hasta el hartazgo. 

7:20

El ritmo de golpes monstruosos se acelera. Trato de levantarme. Imposible estar de pie sin asirse a la pared o a la cama. 

7:20:30

Sólo después de terminado el terremoto, sabré que duró casi dos minutos, con una intensidad de 8 grados en la escala de Richter (graduada solamente hasta 9 grados). Por la ventana el espectáculo es terrorífico. Los coches estacionados caminan hacia adelante, hacia atrás. Chocan entre sí. Los cables eléctricos se estiran se azotan centellando.

Pero lo peor son los edificios de doce y catorce pisos que nos rodean y que se mueven de izquierda a derecha frente a mí, con una amplitud de varios metros. Mi hotel y la torre vecina se mueven de manera arrítmica. Cuando el hotel se inclina hacia la derecha, la torre se inclina hacia la izquierda, y se alcanzan a tocar al repetirse el movimiento, con una intensidad más y más fuerte.

7:21

En el muro los cuadros se mueven como manecillas de reloj. No queda nada encima del buró, ni sobre las estanterías. Se ondula el suelo. La puerta de entrada se entreabre más y más. 

7:21:30

El techo se agrieta. Pequeños pedazos de yeso caen del techo y de los muros. Tengo la seguridad de que esto se va a derrumbar por el peso de la torre vecina. 

7:22

El edificio de al lado ya no golpea detrás de mí. La cabecera de mi cama se mece. El hotel y la torre se balancean ahora al unísono. 

7:22:30

Me siento protegido bajo mi puerta. La calma vuelve. 

7:23

Se acabó. Ya nada se mueve. Me dirijo rápidamente hacia la ventana. Los sobrevivientes se abrazan. Me visto rápidamente y salgo. Algo quiero ver. Al final de la calle el Paseo de la Reforma hierve de gente y de coches inmóviles El espectáculo es alucinante. Estoy aún lejos de la carga de horror que me espera en los días y las noches que seguirán. Descubro a pocos metros tres hoteles reducidos al estado de mil hojas de losas de hormigón y de fierro, bajo los cuales, lo sé, cientos de turistas quedaron atrapados…

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