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miércoles, 19 junio, 2024
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Cristian Lagunas: No me da miedo la dificultad. Creo que la persigo

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Por: BEATRIZ PÉREZ PEREDA •

La Gualdra 543 / Entrevistas / Literatura

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No tengo dudas de que Encuéntrame afuera (FCE, Tierra Adentro, 2022) será uno de los libros recordados de este verano que casi termina. La única vez que estuve frente a su autor platicamos sobre los cuentos de Alice Munro y Samanta Schweblin y sentí que estaba no frente a alguien que sería un gran escritor, sino a uno que ya lo era: luego fui a internet a buscar sus cuentos y me convencí. Los personajes de este libro viven en un precario equilibrio, están en crisis, pero en realidad lo peor ya les ocurrió, ya perdieron a alguien o algo. Lo que Cristian Lagunas nos presenta son almas en tránsito, en la búsqueda perpetua de algo que quizá no recuperarán nunca. 

Beatriz Pérez Pereda: Este es tu primer libro de cuentos publicado y obtuvo el Premio Nacional de Cuento Comala 2020. A varios años de su escritura y premiación, cómo lo miras en retrospectiva, qué representa ahora para ti ahora… 

Cristian Lagunas: Difícil de responder porque ahora estoy del otro lado: soy el autor del libro, pero ya está terminado y creo que me convertí, más que en otra cosa, en su lector. Volver a leerlo significa visitar partes del pasado, porque recuerdo mucho la temporada en que lo escribí, lo que estaba viviendo entonces. Fue una temporada muy difícil. Por otro lado, estar de lector me permite conectar de manera distinta. Sonará cursi, pero para mí un cuento propio funciona cuando lo leo después de un tiempo y me emociona o conmueve. Visitar mis cuentos como lector me permite volver a emocionarme. Hay algo mágico. Algunas veces no sé cómo se me ocurrió todo eso. El Premio Comala fue una sorpresa porque siempre había fantaseado con ganarlo. Unos meses antes de que abriera la convocatoria dos personas me dijeron, casi proféticamente, que me lo iba a ganar en 2020. Ni siquiera habían leído el libro entero. Y luego sucedió. 

BPP: Contrario a cierta “tradición” tu libro no lleva por título el de alguno de los cuentos, de donde sale el nombre de Encuéntrame afuera, yo lo busqué en todo el libro y no encontré esa frase.

CL: El libro abre con un epígrafe de Rebecca Solnit, ella tiene un libro precioso, Una guía sobre el arte de perderse. Me encontré por casualidad con él cuando ya había terminado de escribir mi libro y me di cuenta de que sus ensayos se acercaban a inquietudes parecidas a las de mis cuentos: a la experiencia del extravío –tanto emocional como físico–, a la idea de explorar el territorio, estar desorientado o desaparecer. La idea de perderse tiene un doble sentido para ella: es estar perdido, pero también haber perdido algo. Los personajes de mi libro viven justo eso. Siempre están buscando algo, se pierden estando fuera y perdieron lugares, personas, lo más importante para ellos. Buscar conlleva, en el mejor de los casos, encontrar. Mis personajes salen de casa con la intención de encontrar lo que perdieron o encontrarse a sí mismos. De ahí el título, en parte. 

BPP: Este libro está integrado por seis cuentos largos, yo los hermanaría en la tradición de Alice Munro; personajes en crisis, historias con marcadas elipsis, una gran tensión en la historia, saltos en el tiempo de la narración, algo de esto resuena en ti al recordar el proceso creativo: 

CL: Me encanta Alice Munro, creo que es una de las mejores cuentistas vivas. Tiene una sutileza impresionante para crear efectos. Llega un momento al leer sus cuentos en el que notas que algo brutal los atraviesa, una emoción que tiene que ver con la crisis, claro, pero también con el pasado y sus efectos en el presente. Se le dan muy bien las elipsis. Pensaba mucho en ella al escribir “No regreses a Tucson”, que es un cuento sobre el desierto de Arizona y las relaciones que se mueren, sobre perseguir a toda costa eso que te dio vida alguna vez. 

Sin embargo, mis referentes están en otro lado. Creo que un cuentista está obligado a mirar más allá de la tradición anglosajona, más allá de Carver. Los cuentos norteamericanos son maravillosos, pero también los juzgo demasiado restringidos. Hay una renuencia a la experimentación y no conecto a veces con el estilo llano, casi telegráfico de narrar. Me gusta explotar todas las partes de un cuento, la acción no es lo único, la eficiencia no lo es todo. Siento afinidad con los europeos, sobre todo con los austriacos, más que nada por su interés en la literatura como una forma de hacer música, porque piensan en el sonido. Amo a Thomas Bernhard y a Elfriede Jelinek. Otro que me encanta es László Krasznahorkai, que es húngaro. Su narrativa toma riesgos y eso me interesa: torcer la historia, hacerla compleja, llevarla a extremos. No me da miedo la dificultad. Creo que la persigo. 

BPP: La palabra “viaje” también me viene a la mente cuando recuerdo los cuentos de Encuéntrame afuera, estos personajes hacen una “travesía” dentro de la narración, hay una especie de transformación o epifanía, son otros al final, además, los cuentos tienen escenarios geográficos y de épocas muy distintos, háblanos de esto. 

CL: El viaje es algo fundamental en mi vida, creo que no sería escritor si no pudiera salir de casa. Uno nunca vuelve siendo el mismo. Todos los protagonistas del libro hacen viajes, se mueven entre países o ciudades, su experiencia es la del tránsito. Hay un teórico literario que respeto mucho, Ottmar Ette, estudia la narrativa de viajeros, género que me apasiona pero está casi extinto hoy en día. Su teoría es la de una literatura en movimiento y los viajes, al enunciarse, tienen estructura: son círculos, vaivenes, líneas, estrellas, se regresa al punto de partida o se va sin rumbo, uno se despide, encuentra revelaciones, algo se cierra en el viaje y otra cosa se abre. Creo que hay mucho de eso en los cuentos, porque la experiencia, también, es la de la errancia. Quería sentirme con la libertad de contar historias en cualquier escenario geográfico, aunque nunca hubiera estado físicamente ahí. Los cuentos ocurren en varios continentes y se mueven de norte a sur, de oriente a occidente, los personajes hablan varias lenguas. Hay una dinámica en la geografía y el desplazarse. Para mí un viaje es enfrentarse a la desolación. Eso es lo que me interesaba sugerir en estos cuentos. Una tristeza profunda, pero también la belleza que puede haber en un contacto primario con el paisaje y sus texturas: la luz, la temperatura, los colores, los sonidos. Ver un paisaje, aunque solo sea una vez en la vida, te puede cambiar todo. 

BPP: Dónde está tu escritura ahora, sigue en el cuento largo, estás trabajando en otras cosas, ensayo, novela… 

CL: Contrario a lo que pasa con muchos escritores, solo puedo trabajar en un proyecto a la vez. Cuando terminé Encuéntrame afuera pensé que podía seguir escribiendo cuentos como si nada, pero me hallé muy pronto en un lugar cómodo, demasiado formulaico, y no estaba contento con lo que hacía. Sonará extraño, pero una persona me leyó la carta astral durante ese tiempo y lo que me dijo me sacudió de tal forma que al poco tiempo empecé a escribir una novela. Necesitaba algo que me retara, llegar a un lugar inhóspito y que no me diera la bienvenida, que me rechazara y me obligara a encontrar nuevas formas de trabajar con el lenguaje. La novela es biográfica y está inspirada en un escritor que se ha convertido en una suerte de ícono gay. Durante varios meses, más que contar su vida, la he actuado de cierta forma. El proceso de escritura es muy corporal y vivencial. Estoy intentando habitar su mente y entender, también, lo que vivió con el cuerpo, porque el físico del personaje es fundamental para la historia. Estoy casi por terminarla y creo que voy a vivir una suerte de duelo, el protagonista me acompaña un poco todos los días. A veces siento que nos fusionamos. Y eso, para mí, es un logro. Significa que estoy disfrutando lo que hago. 

Historia de la madera 

[fragmento] 

La historia que contaré será la mía y después de escuchar la primera parte, mi hijo ya no podrá olvidarse.

Irá a dormir, soñará con hojas de té.

Y cuando despierte, continuaré el relato.

Diré que yo, su padre, fui un maestro carpintero japonés. No un carpintero de muebles o adornos mínimos, sino de grandes estructuras. No un sukiya-daiku, carpintero de las casas, más bien un miyadaiku, el carpintero de los templos, los edificios y los pilares. De los grandes techos. Mírame cuando te digo que tuve otro nombre y lo que más quise fue convencer a mi padre de que me dejara volver a lo que yo consideraba mi hogar verdadero.

Si alguna vez te encuentras en la ciudad de Osaka, hallarás en alguna intersección una máquina de refrescos, bocadillos y galletas. Si vas a Osaka, o a un pueblo antiguo, no preguntes por mí, no te dirán nada, pero recuerda un detalle: ahí, en el mismo lugar donde está la máquina, en la parte oeste de la ciudad, cerca de los ríos, estuvo la entrada de la escuela, una puerta doble, de tres metros de alto. Imagina el olor, los pabellones. Aprendices pequeños o grandes en el suelo. Cepillos, sierras, tabaco, relámpagos por encima de todo, o un bombardero de granizo. Virutas flotando en el aire. No preguntes. Hay una parte de esta historia que es mentira. No sé si creerás que para convencer a papá fui al bosque por un trozo de madera y lo tallé cada noche con el cuchillo viejo que utilizábamos para cortar los vegetales y las tripas, no sé.

Créelo: mis manos cicatrizadas, a escondidas, dando forma. Cada astilla en el suelo la evidencia de una transformación, varias noches. Conseguí, de un trozo de madera, hacer la réplica de un monasterio. Como si hubiera talado un bonsái. Quise llevarle a papá mi oficio como los gatos llevan ratones en el hocico, ansiosos de aprobación, porque a esa edad hice de un tronco un sitio para el rezo. Por las mañanas fue el té verde, por la noche la madera. Escucha: cada ángulo en proporción y cada detalle cuidado.

Me acerqué a papá una mañana y le di mi regalo: para la casa, dije, pero su reacción me hizo paladear amargura. Miró la figura con asco, la estudió como si fuera un elemento extraño a nuestras vidas, como si yo no hubiera pasado toda la infancia con niños que soñaban ser, cada uno de ellos, el carpintero favorito del emperador. Eso nos repetíamos todo el tiempo, nos levantábamos a las seis de la mañana para lijar, tallar, para hablar con los carpinteros mayores, o entre nosotros, en voz baja.

Papá no entendía, me ordenó poner la figura por ahí, en un rincón. Quise golpearlo, decirle que se quedaría hasta su muerte dentro de la casa, inmóvil, enfermo, que nunca más podría mirar el mundo y comprender lo que yo sí.

Algo, lo que fuera, de la belleza.

Cristian Lagunas 

Cristian Lagunas estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana y la Maestría en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha recibido las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México. Fue participante del I Programa de Tutoría de Novela organizado por la Dirección General de Literatura de la UNAM. Su primer libro, Encuéntrame afuera, fue ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020. Actualmente vive en la Ciudad de México. 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_543

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