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jueves, 18 abril, 2024
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Niñas y niños ante la dominación de los adultos

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Por: RICARDO BERMEO • admin-zenda • Admin •

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A Juan Villoro

Frases como: “la familia es [en los hechos] una de las instituciones más criminógenas que existen”, o “la escuela es un ámbito privilegiado de un orden adulto opresivo”… Nos provocan escozor, incluso, una especie de rechazo “instintivo”.

Seguirlas hasta el final, nos llevarían a la ruptura con el conformismo, y con los regímenes heterónomos, que sitúan en “fuentes externas” a la sociedad, las causas de las violencias, “naturalizando” de ese modo las  opresiones, y eximiéndonos con ello de nuestras propias responsabilidades.

La lectura del capítulo del libro de Yves Bonnardel, La domination adulte [La dominación adulta], nos ayuda a darle vuelta a esa primera impresión, y adentrarnos en una auténtica “´puesta en abismo”, hacia la crítica de las representaciones socialmente instituidas [los idola tribu de Francis Bacon]. Hacerlo requiere cuestionar los fundamentos del orden instituido, asumiendo –de paso- la autoalteridad de nuestra identidad misma.

Se trata de temas que nos exigen cuestionar todos los aspectos cotidianos; secundarios para quien privilegia la “toma del poder estatal”. La familia, la educación de las nuevas generaciones, las amistades, el amor, la sexualidad, el consumo, el apoyo mutuo, la deliberación y toma de decisiones en común desde el territorio, son temas cruciales.

Somos “individuos sociales”, fabricados por la sociedad a la que pertenecemos, interiorizamos sus valores, sus tradiciones, su ethos. Los cuestionamientos, de Bonnardel, van más allá de las críticas, (con muy justificadas razones, por cierto), contra el Estado y contra el sistema. Ofreciéndonos “herramientas” para abordar/transformar los modos en que vivimos las relaciones adulto/niño.

Estas relaciones están basadas en un estatuto que los menores de edad, tienen que interiorizar/aceptar, so pretexto de su “protección”: sin  importar que se trate de un régimen especial que los hace vulnerables a múltiples abusos, y los condene a no gozar de aquellos mismos derechos, durante la edad infantil y la adolescencia, que los adultos ejercen, (aunque la forma en que los estamos perdiendo, acumule ya tantos agravios).

Bonnardel aborda en un primer bloque, las violencias físicas “emblemáticas de la condición de la infancia”. Castigos corporales que recalan de manera “natural” en los niños. Para designarlas hay una lista que parece infinita… “azotar, bajar los pantalones, abofetear, pellizcar, arrastrar por la fuerza, tirar de los brazos, del pelo, de las piernas, fustigar, pegar, estrangular, encerrar, aislar, privar del acceso al baño, privar de comida (o de postre, de televisión, de salidas, de dinero de bolsillo…) o, por el contrario, la alimentación forzada”.

El filósofo menciona encuestas en Francia (¡!) donde 84% de los encuestados pega a sus hijos. Entre 400 a 700 menores mueren a manos de sus padres (entre uno y dos por día). Decenas de miles son gravemente heridos. Y en más de 90% de los casos, son los padres los responsables de la violencia, la crueldad mental o las negligencias graves.

Nos recuerda el inmenso problema de las violencias sexuales, especialmente de las agresiones sexuales a niñas y adolescentes, (también los niños aunque en menor proporción). Violaciones que suceden de manera tan amplia, que han sido inscritas por el feminismo, como consubstanciales al poder adulto, y especialmente, al patriarcal.

Bonnardel, recurriendo a otros estudios, señala las múltiples estrategias para evitar que los hombres de la familia sean castigados penalmente por la violencia y las violaciones; incluyendo las estrategias de silencio que culpabilizan a los violadores ajenos a la familia, y ocultan al grupo más numeroso, las violaciones cometidas por un integrante de la propia familia.

De ahí su señalamiento acerca de que prácticamente nadie acusa a las estructuras sociales de ser condición previa de la violencia y las violaciones, vectores de la inhabilitante subordinación (de la mujer y de la infancia). Para los menores, la estructura familiar y el estatuto legal [del menor], serían “instituciones criminales”, en la medida en que dan impunidad a los victimarios, y dejan a las víctimas sin posibilidades de resistencia.

Un segundo ámbito donde esas violencias son inflingidas es la escuela, no solo entre alumnos, sino aquella generada por la lógica misma de la institución, incluyendo a sus demás integrantes, docentes, autoridades, etc.

Ante esa situación, Bonnardel se pregunta: “¿No es la minoría de edad un estado de violencia permanente debido a que priva al no mayor de todo poder sobre su vida?” Y, también… “¿la discriminación en razón de la edad, en tanto que ideología despectiva y discriminatoria, no es una violencia tanto como el racismo o el sexismo?”.

Junto a otras formas de resistencia, mujeres, ecologistas, familiares de desaparecidos, magisterio, etc., las luchas de los menores de edad, deberían recordarnos que instituir un proyecto de autonomía, no se puede lograr circunscribiéndose a lo “político”, elecciones, partidos, etc. Sino construyendo “desde abajo” movimientos democráticos expansivos; buscando abarcar -potencialmente- todas las esferas. ■

 

Ver: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=213514

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