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sábado, 28 mayo, 2022
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Maestra

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Por: MARIANA FLORES •

La Gualdra 523 / Río de Palabras 

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Cada día, apenas comienza a ocultarse el sol, Inés sale de su nuevo hogar y recorre un fantasma de ciudad. Rostro cubierto, guantes en las manos, manda su ubicación a Clara y a Minerva y se acomoda sus ropas gruesas, pero ceñidas, para ser invisible y también ágil de ser necesario. 

Mientras camina va pensando de qué hablará en la sesión de hoy, ¿qué es importante mencionar del mundo pasado para construir uno nuevo? Tal vez lo que era el internet, o cómo era una dieta carnívora, quizá la fotosíntesis y cómo las abejas hacían miel… ¿dónde empezar a contar la historia? 

Cada día debía descender algunos metros bajo tierra para instruir a sus alumnas de cómo reconstruir el mundo.

—Maestra Inés, es que hoy no dormí bien.

—Ok, ¿te sientes mal?

—No. Es que sentí que alguien me veía…

 La joven se apretaba las manos con angustia y mira a sus compañeras.

 —A mí también me pasa lo mismo, varias aquí lo hemos sentido y quisiéramos preguntarle si podemos hablar de eso…

Inés siempre iba preparada para cualquier pregunta, o eso creía, esa precisamente había llegado demasiado rápido y muy posiblemente estaba evadiendo llegar a ese punto, ¿cómo explicarlo? Apenas ella se estaba recuperando, lo estaba asimilando… Melisa…

—Hagamos un receso de 15 minutos y volvemos para platicar del tema, ¿les parece bien?

—Sí, maestra…

Se sentó en la escalera metálica, inhaló el olor de tierra y tubos subterráneos. Empezó a ensayar su discurso. 

—Cuando sienten que alguien las observa, sobre todo durante las noches, seguramente se trata de alguna persona que conocieron, que tiene alguna conexión con ustedes… esto ocurre porque cuando muchas de ustedes eran probablemente bebés o algunas no nacían, llegaron los minotauros, mitad humanos y mitad máquinas…

—¿Los que ponen a volar cámaras en el cielo?, ¿son malos?

—Sí, son quienes nos vigilan todo el tiempo, estamos una especie de tregua con ellos, pero no les gusta que existamos quienes no somos minotauros, pues les gustaría que todas las personas fueran mitad máquinas. No siempre fueron así, antes eran personas como nosotras y lo que hacían es que hacían funcionar robots y máquinas. Un día, por accidente, se dieron cuenta que podían combinar lo mejor de ambos mundos. 

Entonces empezaron a atrapar personas, a esta etapa se le llama reconfiguración, pues decían que nos iban a reconfigurar para que este mundo fuera mejor. Así no habría enfermedades, guerras ni desigualdad. 

Durante la reconfiguración comenzaron a experimentar y atrapaban a las personas y a sus emociones y sentimientos en grandes computadoras. Así diseñaban robots. Estos primeros robots, eran conocidos como autómatas, pero algo no salió bien. Al juntar tantas emociones y sentimientos en los servidores, estos empezaron a colapsar y los autómatas comenzaron a enloquecer. Inés suspiró. 

—¿Y qué hacían con los cuerpos de las personas?, ¿cómo les sacaban las emociones? —preguntó una niña con los ojos llenos de lágrimas. 

—Pues las metían en unas peceras gigantes que las mantenían con vida, pero inconscientes. Ahí les vaciaban las emociones. Cuando los autómatas enloquecieron, escaparon y se dispersaron por todos los cuadrantes. Algunos tenían forma de gato, otros parecían conejos… otros eran con formas más humanas. Desde entonces, estos seres robóticos, supieron esconderse. Pero en las noches salen y buscan a sus seres queridos, o lo que quede de ellos. 

Aún no entendemos bien cómo funciona, pero la combinación de circuitos y de emociones hace que encuentren a las personas que quieren o que conocieron algún día. Su presencia es muy fuerte y por eso sentimos cuando nos observan. Ellos están bien si solo nos ven y nos sienten, así que no se asusten, tampoco los sigan porque pueden asustarse o los pueden atrapar. Solo siéntanlos…

—Maestra, ¿y los autómatas están sufriendo? 

—Dejan de sufrir cuando encuentran a quien buscan.

—Maestra, ¿y cuánto duran los autómatas?

—Cuando llegan con la persona que quieren, y esta los mira por primera vez, se apagan…

Un silencio sepulcral invadió el aula. 

—¿Entonces qué debemos hacer? Si los vemos se apagan, pero nos están buscando, y seguro están tristes de no vernos…

—Eso es algo que ustedes tienen que decidir, cualquier decisión que tomen es adecuada, si les da paz… piensen que lo único que estos seres quieren es volver a conectar con quienes quisieron, con quienes conocieron…

La clase terminó, las niñas y jóvenes fueron saliendo poco a poco. Una más grande abraza a una niña, la más pequeña: 

—Ya no llores, no estés triste, van a estar bien… 

La joven la abraza.

—Pero no estoy triste —le responde—. No estoy triste porque todavía puedo sentir, por eso lloro. 

*@LaMayaFlores

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-523

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