Ya empieza a notarse que no era una exageración la consigna que reza “practican en Gaza lo que harán en tu casa” como le parecía a quien reclamaba que se protestara contra el genocidio en Palestina habiendo tantos problemas locales y nacionales.
Es posible que la lejanía geográfica y cultural con Palestina explique en parte esa indiferencia, pero también contribuye a ella la incomprensión de que un genocidio no es producto natural de la discrepancia ideológica, religiosa, o política. Tampoco se trata del daño colateral que se produce en un conflicto entre dos países.
Se trata por principio de un asunto intencional, es decir de medidas que con toda conciencia y voluntad buscan destruir a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y para cometerlo, de acuerdo a la Convención de 1948, se comete uno de los siguientes actos: a) matanza de miembros del grupo, b) lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, c) imposición de condiciones de vida destructivas, d) esterilización forzada o traslado de infantes a otro grupo.
Todo esto ocurre a los palestinos que viven en la más abominable indefensión porque no han tenido siquiera la posibilidad de constituirse en Estado, o de tener un ejército que dé respuesta a su similar israelí.
Cosa distinta ocurre en Cuba. Ahí sí hay un Estado que, con sus limitaciones, ha hecho frente a la embestida estadounidense durante más de sesenta años, y hay también un pueblo acostumbrado a la resistencia.
Por ello en Cuba la estrategia no se centra en el lanzamiento de misiles, el bombardeo, o la invasión militar que ya alguna vez se intentó ahí, y que recientemente vimos con lamentable eficiencia en Venezuela.
No buscan matar a Cuba de una bala, sino por asfixia, y para ello buscan destruir las condiciones de vida de su pueblo. Lo han intentado siempre, durante más de medio siglo Cuba ha padecido un bloqueo económico porque Estados Unidos sanciona a los barcos que atracan en la isla, y a los bancos de cualquier país que hagan transacciones con ella, produciendo serias dificultades para que los cubanos accedan a insumos comunes en cualquier otro país.
Hay quien piensa que esto es atribuible a la Revolución Cubana, pero nuevamente el cinismo estilo Trump desnuda la mentira histórica y renuncia a las coartadas.
“Cuba está a punto de caer” decía orgulloso el presidente estadounidense que se propone asfixiar a la isla, entre otras medidas con la amenaza de imponer 20 por ciento de aranceles a los bienes procedentes de cualquier país que les venda petróleo.
Esto ha provocado que Cuba ya no pueda abastecer de combustible a los aviones de las aerolíneas comerciales al menos durante ciertos días, apagones de hasta 20 horas porque no hay crudo para las centrales termoeléctricas, parálisis del transporte público y de aquellos que distribuyen alimentos, y por supuesto la desincentivación del turismo.
Estamos ante un genocidio en curso y en nuestra cara. No se trata ya de la -para algunos- distante Palestina, sino de lo que ocurre con un vecino, con un país en el que se tiene una cercanía geográfica, histórica y cultural.
Como es la constante con Donald Trump, no hay siquiera un intento de hacer pasar estas sanciones como medidas justas por un pretexto cualquiera.
No se habla de lucha contra el terrorismo, aunque Trump reingresó a Cuba a la lista de países colaboradore con éste (cuando Biden ya la había retirado). Tampoco se habla de una lucha contra las drogas, lo que sería irrisorio por los férreos controles que tiene el régimen cubano en ese tema.
A diferencia de lo ocurrido en Venezuela, no parece haber tampoco ambición por las reservas petroleras, por hacerse de tierras raras o acaparar el litio para los próximos años.
Se trata pues de dar un ejemplo, de producir shock, y ante eso, el único camino es no dar el gusto de la desesperanza y resistir.
Se piense lo que se piense del gobierno cubano, la solidaridad es obligada por dos razones más allá de cualquier opinión política: la primera es porque el castigo no lo vive un régimen sino un pueblo; la segunda es porque nadie puede estar a salvo cuando el genocidio tiene permiso.



