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Adiós, Ruso

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Por: ROLANDO CORDERA CAMPOS •

Los tiempos, meses, años, hasta aterrizar en los días azarosos: ninguna de estas estaciones por sí sola da para mucho, salvo para decepcionarse más, sin descanso ni arreglo. Por lo pronto, admirado y querido Antonio Gershenson, el Ruso para mí, se mudó a otra dimensión y hubo de velársele en los salones del ISSSTE de San Fernando.

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Se fue sin mayor alharaca, dejando sus recuerdos y leyendas para consumo de otros, pero sin dar a estos otros patentes de corso para inventar o reinventar su saga. De haber formado parte de un proyecto que buscaba el cambio político por medio de las armas y las bombas, pasó al sindicalismo democrático y al impulso decidido de organizaciones partidistas. Sindicalista de alma y talante, revolucionario utópico pero político pragmático, este Ruso trazó líneas de acción y reflexión de gran valía y superior aliento: para él todo era “El MOVIMIENTO” y a su curso nos debíamos.

Al lado de Arturo Whaley, y al frente de valerosos y talentosos luchadores sociales que querían hacer y dejar huella profunda, Toño formó el inolvidable Sutin, donde se alojaron “los nucleares”, se defendió a Rafael Galván y se adelantaron ideas fuerza cuyo valor, para mí, no ha caducado.

Tales los legados inolvidables de don Rafael y tales las experiencias de marcha y sueños de reivindicación proletaria, defensa de los bienes nacionales, imaginación de una patria mejor, por justa y reflexiva, comprometida con la justicia social y, esta sí, un ejercicio soberano de la soberanía que encauzara energía y ambiciones de esos contingentes ansiosos y comprometidos en y con la lucha, que eran como la savia para un hombre entero como lo fue este RUSO.

Yendo a una sesión de algún Congreso del PSUM, Toño me explicó el sentido profundo, revolucionario diría ahora, de su espectacular entrega al análisis y la crítica de la Cuenta Pública, de los que emanarían juicios rotundos sobre la irresponsabilidad de los gobiernos y su desprecio por la cosa pública. Ese empeño le fue siempre reconocido por diputados de todos colores, para quienes los números del Ruso eran su mejor alimento para enjuiciar al gobierno sin demasiadas molestias.

En ese trayecto rumbo al Auditorio Nacional, el Ruso me dijo que pensaba que había dejado la prisión demasiado pronto: que su lista de lecturas y discusiones colectivas reclamaban un año más de tranquilidad y silencio, como los que les daban las nefastas murallas de Lecumberri.

Descanso para Toño; recuerdos mil para el tal Gershenson; lucha, compromiso con “El Movimiento”. Que así sea, pues…

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