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viernes, 27 mayo, 2022
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Reflexiones en Semana Santa

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Por: Mauro González Luna •

La Semana Santa es ocasión propicia para hacer a un lado el ruido de un mundo convertido en mercado, en mediocridad, en circo y manicomio. Y es obvio que la grandeza humana no transita por mercados ni por manicomios o circos seudo políticos. Hay que buscarla en otro lado.

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En tiempos de Constantino el Grande, en el Concilio de Arlés del año 314 de nuestra era, se halla la cuna de las celebraciones de la Semana Mayor, tal como se conocen hoy en día. En dicho Concilio, nos recuerda el historiador peruano, Diego Lévano, fue fijada la fecha de la Pascua, que comienza el domingo que sigue a la primera luna llena ocurrida tras el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, es decir, el Domingo de Ramos con el Hosanna, y termina el Domingo de Resurrección con el Hosanna definitivo.

El Domingo de Ramos, se rememoró la exclamación de la multitud: ¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel! En la inminencia de su pasión, fue glorificado Cristo, el Hijo del Hombre, el Nazareno, en la flor de la juventud. Ese día, afirma San Bernardo, «se presentan unidas de modo nuevo y maravilloso: el Hosanna de la procesión triunfal y la pasión; siendo así que la procesión lleva consigo el aplauso; la pasión, el llanto».

Hosanna, vítores, aclamaciones, mantos preciosos sobre la tierra para que pase el Rey, y el Rey, «halló un asnillo y se sentó sobre él». ¡Qué contrastes, qué misterios! Los vítores se trocarían muy pronto, en bofetadas, escupitajos, burlas, espinas y clavos; y las palmas, en flagelos y muerte. Y, sin embargo, Agustín de Hipona nos dice: «las hojas de palma son símbolos de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar sobre el príncipe de la muerte». Es la «locura» de la Cruz, la fuerza invicta de la humildad, la fuerza de la debilidad de un Dios hecho carne.

Son esas las desconcertantes paradojas vividas por el Retoño de David, inaccesibles a los soberbios, a los fariseos, a los materialistas, a los nihilistas de siempre.

Si quieres caminar por los senderos de la Semana Mayor, hazlo con dos sandalias, la de la fatiga y derrumbe humanos, y la de la fe en una vida nueva, según consejo del sabio de Tagaste.

Oscar Wilde, un gran pecador, en su texto, «De Profundis», habla de Cristo como pocos lo han hecho. Lo hace desde el sufrimiento de la cárcel. La propia naturaleza de Cristo lo convierte en el «palpitante centro del romance», en el «tipo supremo de carácter romántico», sentencia el genio irlandés. Cristo «sintió que la vida era cambiante, fluida, activa; que sus elementos eran éxtasis, misterio, ethos, amor…, y que era muerte el encajonar la vida en toda forma de estereotipos». ¡Qué alejado está el vegetar occidental de hoy de esa vida! Cristo, dice Wilde, «apela al temperamento del asombro» -tan propio de los niños, de las hermosas niñas.

En otras palabras, Cristo es el fundador de la «tradición de pensamiento Cristiano-romántica acerca de la naturaleza humana». De dicha tradición, se ha mencionado certeramente, surgió la imagen de la persona humana que hizo posible nuestra civilización, que nos hizo libres a todos, que hizo de la dignidad el centro de todo derecho. Tal civilización, hoy traicionada por un hipócrita y enloquecido Occidente, falto de espíritu y responsabilidad histórica, encabezado en general, por vulgares y pequeños políticos.

Otro gran pecador, ruso, Dostoievski, habló también desde prisión, donde encontró de nuevo a Cristo. Su fe, dijo: «creer que no hay nada más bello, más profundo, más valeroso, más perfecto que Cristo… Más aún, si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase realmente que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad». ¡Cuántos soberbios o desorbitados desconocen estas profundidades del pensamiento! ¡Cuántos se contentan con la uniformidad impuesta por la ideología antinatural y sodomita de los caciques imperiales!

Cito otras palabras de ese gran pecador ruso, quien, por boca del Gran Inquisidor, se dirige a un Cristo silencioso: «Tú has otorgado la libertad a los hombres, en lugar de confiscarla. ¿Has olvidado que el hombre habría preferido a la libertad de escoger entre el bien y el mal, la paz, aunque hubiera sido la paz de los sepulcros?… Tú tenías del hombre una idea demasiado elevada: ¡Es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! ….». Tiempo de cobardes éste.

¡Qué palabras esas del profeta y rebelde ruso, tan actuales para los europeos, sobre todo, y para los repetidores cual loros de los medios occidentales -los tontos útiles de siempre- de la propaganda estadounidense!, salvo excepciones como La Jornada Zacatecas a la que agradezco este espacio de libertad en la tierra de López Velarde, el poeta de México.

Hoy Rusia representa la rebeldía, y entiéndase bien, Rusia ya no es la Unión Soviética ni el materialismo histórico. Enarbola la rebeldía contra el nihilismo anticristiano occidental disfrazado de remedo de seudo pensamiento único; rebeldía contra el asedio de la militarista e innecesaria OTAN que desde 1991 desea aniquilarla, contra la burda atribución calumniosa de atrocidades perpetradas contra civiles por sus enemigos, los verdugos de Donbass desde 2014 hasta hoy, para enlodarla.

Enarbola Rusia la rebeldía contra la abyección de tantos gobiernos otrora dignos, contra la barbarie de los grupos nacionalistas neonazis de Ucrania incorporados a la Guardia Nacional de tal país, y beatificados por Occidente sin el menor rubor crítico, sin el menor sentido de la historia, como lo hizo también con los talibanes del Afganistán de hoy, verdugos de los derechos de niñas y mujeres adultas, y contra la decadente y desalmada hegemonía de Estados Unidos y gobiernos peones del mundo, encantados, vendiendo armas, discriminación, racismo contra todo ciudadano ruso, vivo o muerto, incluso hace siglos, y repartiendo mentiras al por mayor para consumo de analfabetas y aduladores profesionales.

Que la Semana Mayor sea un tiempo de reflexión, incluso para los que vacacionan; un tiempo de anhelo de una vida nueva, conscientes de que Cristo hace nuevas todas las cosas; conscientes de que Él vino, viene y vendrá «a prender fuego a la tierra», en palabras evangélicas; a sacar a latigazos a los mercaderes del templo, a vomitar a los tibios. Es hora de definiciones, de certezas basadas en evidencia fáctica de ayer y hoy, de búsqueda ardua, infatigable de la verdad, pese a quien le pese. Y por favor, no preguntes como Pilato que se lavó las manos cobardemente ante la Víctima Inocente por antonomasia, ¿qué es la verdad?, sino búscala y lucha por ella cuando salga a tu encuentro.

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