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miércoles, 27 octubre, 2021

Estado omiso, igual a impunidad: feminicidios sin control

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Cuando observamos las marchas de los colectivos feministas y nos percatamos del insistente objetivo de hacer daño a los edificios, estatuas y otro tipo de infraestructura pública, cabe la pregunta, ¿a qué se debe la furia desplegada durante las manifestaciones? Una y otra vez las prácticas de este tipo se repiten, e incluso, aumentan de intensidad. Así que la pregunta por el motivo de este comportamiento es más que justificado. Para muchos ciudadanos es una conducta irracional producto de la locura de ‘la ideología de género’ o a intereses políticos de agentes que dirigen esos ataques detrás de los mismos con la intención de golpear al gobierno. Sin embargo, asociar conducta agresiva con irracionalidad es una falta de rigor lógico, porque si hay justificación para las mismas, su práctica es perfectamente racional. Si intentan secuestrar a una persona y esta última reacciona agresivamente, no está actuando irracionalmente. Todo depende si hay motivos públicamente justificados para la reacción agresiva.

Cuando revisamos los datos de la impunidad de los feminicidios y la cotidiana agresividad hacia las mujeres, donde el 99 por ciento de las violaciones no se atiende, y donde la probabilidad de que un delito contra las mujeres se denuncie y se esclarezca es de 1.14 por ciento, podemos darnos una idea del motivo justificado de la agresividad en las manifestaciones feministas. Si las mujeres están sometidas a un intenso acoso, ataque, riesgo y miedo, no es de ninguna manera irracional que reaccionen agresivamente contra el responsable de garantizar su seguridad: el Estado. ¿Cuánto el Estado está cumpliendo con su responsabilidad? La efectividad en el castigo de los delitos de acoso o feminicidio es de doble impacto, porque no sólo sirve para castigar al culpable, sino para la llamada prevención o disuasión penal de los mismos: si hay castigo, se reducen los delitos futuros; si no hay castigo, se potencian.

Así las cosas, ante el comportamiento agresivo de las manifestaciones feministas, el (jefe de) Estado debería responder con nuevas medidas de gobierno para mejorar en lo concreto el desempeño de las instituciones que disminuya significativamente el problema: mejorar la eficacia de las cargas de trabajo de los ministerios públicos, la rapidez de inicio de las investigaciones, y finalmente la efectividad de esclarecimiento de los casos. Con esto, esperábamos que el jefe de Estado respondiera estableciendo medidas concretas para resolver el problema denunciado por las feministas, no objetando con descalificaciones. La mañanera del 8 de marzo era la oportunidad para anunciar planes emergentes que dieran una respuesta de Estado a la violencia contra las mujeres. No hubo tal cosa. Lo preocupante es la Omisión que, claro está, es la fuente de la impunidad. Un Estado omiso que, además justifica la omisión, implementa la fórmula perfecta para empeorar la situación. A la realidad hay que cambiarla con los mecanismos de la efectividad, no con la insistencia de homilías o decretos.

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