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jueves, 29 febrero, 2024
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Nepotismo y nueva política

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Ser familiar de un político es para algunos una bendición y para otros una maldición. 

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Para algunos significa un infierno, porque socialmente se creerá siempre que todo lo que el familiar obtiene obedece a la intervención, compromiso o cuando menos deferencia con su pariente político. Si es proveedor de algo vendible o usable en el sector público, cada negocio estará bajo sospecha. Si tiene un cargo será siempre el pago de un favor a su pariente. Si tiene algún amigo en cualquiera de los dos casos anteriores será frecuente sospechoso de hacerla de intermediario.  

Pero la sospecha no siempre es injusta, quizá pocas veces lo es.

 Hasta involuntaria e inadvertidamente el familiar en política facilita las cosas porque tiene el contacto adecuado, y la información oportuna en los casos más decentes. 

En otros, el político no solo ayuda, sino que además idea el plan y crea la empresa, el puesto, la ley o lo que sea necesario para sacarle provecho ilegal e inmoral al cargo. 

Los más inteligentes o disimulados buscarán cercanos sin parentescos para ejecutar los planes. Los más desconfiados (o por el contrario los más confiados en la impunidad) no tendrán siquiera esos pudores. 

¿Cómo distinguir entre justos y pecadores? Caso por caso y atendiendo razones, atemperando las filias, moderando las fobias.

Parece que Mariana Rodríguez será pronto caso paradigmático. Su registro como precandidata a presidenta municipal de Monterrey actualiza y enriquece un debate que ha tenido otros momentos estelares con casos como el de Rafael Moreno Valle y Martha Erika Alonso, ambos en su momento gobernantes de Puebla.

Al carisma de Mariana y su influencia en redes sociales se atribuye el triunfo electoral de su marido, el gobernador Samuel García. Y esto pretende ser leído como una conquista feminista y no un fenómeno de comunicación política en el que juegan, además del género, elementos de clase, raza y cultura, pues además de mujer, Mariana es también joven, rica, guapa, blanca, rubia, delgada y heredera de las élites. En resumen, la encarnación de un estilo de vida al cual aspirar. 

Es esa la esencia de su condición de influencer y de sus redes sociales en las que básicamente enseña a maquillarse como ella, vestirse como ella (incluso vende su ropa usada), alimentarse como ella, formar una familia como la de ella, etcétera.

Si en esta vida tipo Barbie regiomontana de ensueño ella es la protagonista, ¿Por qué habría de ser su marido el de la carrera política y ella el “accesorio”? 

Ese pretende ser el argumento que blinde contra cualquier crítica al nepotismo o a las implicaciones políticas, éticas y legales que conlleva un gobernador haciendo campaña para su cónyuge, y apareciendo en los videos promocionales con el pecho hinchado de orgullo y auto declarándose “primer damo”.

Pero ni el género, o siquiera la juventud garantizan cambio, y por el contrario, a veces se convierten sólo en el edulcorante del nepotismo de siempre. 

El discurso del relevo generacional, es frecuente en jóvenes con ambiciones políticas, pero lo abandonan en la medida que envejecen, y permanece sólo como justificación del arribo a los cargos de los hijos de los profesionales de la política, aunque no todos se pueden echar al mismo costal, pues unos tienen trayectoria propia y capacidad, aunque paradójicamente se encumbran más los que carecen de ellas. 

Ha sido útil coartada también, la lucha por los derechos de la mujer, para que, además de las hijas, lleguen sin más capacidad o mérito las parejas formales e informales de las personas de poder, notoriamente en su mayoría mujeres, por la predominancia estadística heterosexual y masculina de quienes les impulsan.

Son unos cuantos los que arriban con éxito a la política siendo ajenos esas redes caciquiles, pero tampoco dejan lugar al optimismo porque muchos de ellos, habiendo librado ser hijos del nepotismo, pretenden convertirse en padres del mismo, y replican los mismos vicios.

Basta la primera oportunidad para hacer notar que su ética no era cosa de vocación, sino de falta de ocasión. 

No se engaña a nadie. Si el relevo generacional y la nueva política son solo simulación, la gente preferirá a los corruptos experimentados por encima de los novatos corruptos.

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