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viernes, 9 diciembre, 2022
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Japón: la patología del alto crecimiento

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Por: HUMBERTO MÁRQUEZ COVARRUBIAS •

En Japón después de ser el número uno (Siglo XXI, 2015), libro coordinado por Víctor López Villafañe, docente de Estudios del Desarrollo de la UAZ, y Carlos Uscanga, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, una sucesión de expresiones entreveradas en los textos reconstruyen los hechos que marcaron a Japón desde la segunda posguerra mundial hasta el presente: “derrota”, “reconstrucción”, “alto crecimiento”, “milagro japonés”, “número uno”, “envejecimiento”, “enfermedad japonesa”,  “muerte por exceso de trabajo”.

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Los autores descifran la experiencia de Japón, una economía boyante con altas tasas de crecimiento durante tres décadas continuas, sin parangón en otras economías nacionales, que perdió el impulso y se hundió en el pantano del estancamiento, la deflación y las desigualdades sociales. Japón dejó de ser la segunda económica del mundo y cedió su lugar a la emergente China, que también reproduce la dinámica de alto crecimiento.

Los hechos se remontan al término de la segunda guerra mundial, hace 70 años, con la derrota de Japón. Estados Unidos culmina la conflagración con la detonación de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki que arrojaron la muerte de 246,000 personas. Es el triunfo de los aliados Harry Truman (Estados Unidos), Winston Churchill (Reino Unido) y Joseph Stalin (URSS). En el escenario de la posguerra, Japón padeció la ocupación de Estados Unidos que impuso la desmilitarización y una nueva constitución. En el plano económico, Estados Unidos se convirtió en el principal cliente comercial de Japón, situación que favoreció la configuración de una balanza comercial favorable y la propagación de los productos japoneses en el mercado mundial.

La reconstrucción de Japón discurre al fragor de la llamada guerra fría protagonizada por los otrora aliados triunfantes que pretenden dividirse el mundo conforme a la disputa entre el proyecto del capitalismo euroestadounidense y el socialismo soviético.

La gestión del Estado es determinante para consolidar a la emergente potencia industrial. Desde afuera, en aras de cerrar el paso al bloque soviético en Asia, el Estado estadounidense tutela el renacimiento japonés y promueve su inserción a la economía capitalista mundial. Desde adentro, el Estado japonés crea las condiciones institucionales y tecnológicas para la consolidación de las grandes corporaciones industriales, incluyendo medidas típicamente neoliberales, como la contención salarial.

La reconstrucción de Japón se traduce en una dinámica de alto crecimiento económico: en los sesenta registra un promedio de 10%; en los setenta, de 5%, y en los ochenta, de 4%. Entonces se habla del “milagro japonés”. Otros países también experimentarían ciclos de crecimiento económico, como Alemania, Corea del Sur, España, Italia y México (v.gr., el “milagro mexicano”). Pero ninguno experimenta una trayectoria de largo aliento como Japón, a la sazón potencia industrial hermanada a Estados Unidos y con un PIB de mayor volumen que el de las economías europeas.

En el hemisferio capitalista, el modelo económico a seguir era el japonés. Algunos de sus soportes principales, además del doble respaldo estatal, es la innovación en el modo socio-técnico de producción denominado toyotismo. En el contexto de la crisis del petróleo de 1973, y para incrementar la productividad y superar la modalidad de producción en cadena propia del fordismo, el toyotismo reorganiza la producción industrial mediante la flexibilidad laboral, la alta rotación de puestos de trabajo, el trabajo en equipo, la organización del trabajo bajo normas de “justo a tiempo”, “inventario cero” y el trabajo combinado.

La competencia mundial empujó a Japón a innovar la tecnología y reorganizar la producción. Además, la precarización laboral fue la piedra angular de la gestión empresarial. El prototipo del trabajador industrial de por vida, con buenos salarios y prestaciones fue desvanecido para dar lugar a la figura del trabajador sujeto a contratos temporales, bajos salarios y prestaciones menguantes. Actualmente la tercera parte de la fuerza laboral japonesa (17.8 millones) está supeditada al régimen de tiempo parcial y los trabajadores que persisten con el respaldo de un contrato permanente tienen que aceptar disminuciones en salarios y prestaciones.

La paradoja del capitalismo es que el éxito depende del crecimiento económico pero el dinamismo suele derivar, irremediablemente, en crisis recurrentes. En ese escenario irrumpe el problema del excedente: el alto crecimiento genera una gran masa de plusvalor que no encuentra espacios rentables en la economía nacional debilitada por el achicamiento del mercado interno merced a la política de contención salarial. El desafío para el capital es encontrar otros espacios rentables ya sea en actividades no productivas donde las grandes masas de dinero encuentren altas tasas de rentabilidad o sea en ámbitos productivos de las economías periféricas donde se pueda relocalizar el capital industrial en condiciones favorables.

En esa tónica desde los ochenta se volcaron grandes porciones de dinero en el sector inmobiliario con la consecuente formación de una burbuja especulativa en los precios de los inmuebles y las acciones, la cual estallaría en los noventa. Para contrarrestar los efectos, el Banco de Japón redujo las tasas de interés; sin embargo, esto alentó el trasvase de dinero de Japón a otras economías con altas tasas de interés en una típica operación financista a cargo de especuladores.

Otra salida consistió en la relocalización industrial en economías periféricas de trabajo barato articuladas por redes globales de producción. Las multinacionales japonesas instalan plantas industriales, por ejemplo automotrices y electrónicas, en países con trabajo barato. Al recibir a ensambladoras multinacionales, les economías periféricas, como la mexicana, desmantelan cualquier vestigio de industria nacional y asumen acríticamente el papel de proveedores de trabajo barato.

Llegado el momento, así como Estados Unidos fue el protector del modelo industrial japonés, también ha sido el gran contenedor del poder financiero japonés. En lo que pareciera figurar como una lucha de divisas, arropado en su poderío militar, político y diplomático, Estados Unidos impone barreras para que el yen no pueda consolidarse como una divisa internacional acorde a su fortaleza industrial, lo cual merma la posición competitiva de Japón y coloca al yen en una situación subordinada al dólar.

Los noventa significaron una década perdida y el declive de Japón como  potencia industrial. El recuento de los daños puede sintetizarse en el concepto de crisis de sobreproducción y sus secuelas: capacidad productiva ociosa, deflación de precios, bajo crecimiento, salarios deprimidos, caída de la inversión privada y colapso del sector bancario.

De manera paralela ocurre el anquilosamiento de la estructura demográfica. Un rasgo característico de la población japonesa es la tendencia inexorable al envejecimiento. La dinámica demográfica se compone por bajas tasas de natalidad, el incremento en la esperanza de vida (la más alta del mundo) y una política inmigratoria restrictiva. A nivel mundial, Japón presenta la mayor proporción de población anciana: en 2011 los habitantes con 65 años o más eran el 23.1% de la población, para 2030 se pronostica que ascenderán a 25.6% y para 2055 alcanzarán el 38%.

En los próximos 10 años el factor de dependencia será de dos dependientes  (menores de 15 años y mayores de 65) por cada tres trabajadores. Entre los trabajadores, los jóvenes están escaseando mientras la fuerza laboral activa envejece. La parálisis demográfica y laboral presiona los gastos en salud y merma los fondos de pensiones. Un estudio de la ONU plantea un escenario peliagudo: para mantener la tasa de trabajadores por jubilado se tendría que incrementar la edad de jubilación a 77 años o abrir la puerta a 10 millones de inmigrantes por año. La consolidación de la población longeva combinada con el estancamiento del mercado laboral puede convertir a los sectores inactivos, y también a grandes parcelas de los activos, en un “peso muerto”.

En contraste con la imagen del japonés promedio, el consumidor compulsivo, está ganando presencia el empobrecido. Según el Ministerio de Bienestar, uno de cada seis japoneses es pobre. La OCDE estima que Japón tiene una de las tasas de pobreza más alta del mundo desarrollado y se ubica en cuarto lugar después de México, Turquía y Estados Unidos.

Más allá de la ética laboral japonesa, el modelo socio-técnico exige la prolongación e intensificación de las jornadas de trabajo a grados tales que engendran un fenómeno conspicuo: la muerte por exceso de trabajo. El tiempo de trabajo, que incluye también el tiempo de traslado, pulveriza el tiempo libre, el tiempo de la vida y engendra enfermedades crónicas y terminales. Desde hace décadas Japón registra muertes por trabajo extenuante bajo la forma de derrames cerebrales y ataques cardíacos. En 2005, el gobierno reconocía 355 casos, de los cuales 147 habrían sido mortales, en tanto organizaciones de víctimas estiman que cada año unos 10 mil trabajadores sufren estos percances.

Por si fuera poco, Japón detenta una de las tasas de suicidio más altas del mundo. De hecho, representa la principal causa de muerte de hombres entre 20 y 44 años cuyo móvil es el desempleo, la depresión y las presiones sociales.

Las catástrofes ambientales también toman partido en la crisis, como la llamada 3.11. En marzo de 2011 se registra un terremoto y un tsunami que habría ocasionado más de 15 mil muertes, además de personas desaparecidas y heridas. Por añadidura provocó daños en plantas nucleares que avivaron un intenso debate sobre esta forma de energía, los daños ambientales, la afectación a la población y los costos de importar energías fósiles. Esta crisis detonó la politización de la sociedad con el surgimiento de organizaciones que realizan manifestaciones y debates.

Con todo, las contradicciones del alto crecimiento y la crisis de Japón deja varias lecciones para México y Zacatecas. La ruta de alto crecimiento seguida por Japón, y desde los noventa por China, no garantiza el desarrollo humano generalizado y repercute en problemas financieros, laborales, sociales y ambientales de gran calado.

La difusión del modelo económico de Japón en el mundo, y la pulsión de crecimiento a toda costa refrendado por el capital global, no sólo por el japonés, propició la formación de mercados de trabajo basados en la flexibilización y precarización de los trabajadores, la inseguridad laboral, el empobrecimiento de las mayorías, el consumismo, las mercancías desechables, el sometimiento de la naturaleza como insumo productivo, la multiplicación de enfermedades laborales y una vida cotidiana estresante.

Al insertarse en esa lógica, México renuncia a construir un modelo de desarrollo autónomo y se supedita a las redes globales de producción como un mero proveedor de trabajo barato y recursos naturales desregulados. Específicamente, Japón ha extendido su presencia en la región del Bajío, en un gran perímetro manufacturero automotriz, electrónico y aeroespacial que en realidad representa un eslabón de tipo maquilador al servicio de las redes globales de producción de multinacionales con sede en Japón, Corea, China, Bélgica, Alemania, Estados Unidos, entre otros centro industriales. En esa división geográfica del trabajo, estados colindantes como Zacatecas se suman para fungir como proveedores de segundo orden dentro de esta cadena de por sí subordinada al apoyar a las plantas armadoras con el suministró de pequeños dispositivos y componentes. Al convertirse en un país maquilador México contribuye con trabajo barato a la rentabilidad de los capitales excedentes y los gobiernos gestores malbaratan el territorio y sus recursos asumiendo un papel subsidiario en la trama del capital global. ■

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