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viernes, 27 mayo, 2022
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No menos, mejor representación: la reforma electoral

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Evitemos la reiterativa narración de las últimas noticias. A este punto, es de dominio público que el Ejecutivo presentó una muy anticipadamente anunciada propuesta de reforma, que han denominado electoral. Empecemos por el principio: no estamos frente a una reforma electoral, sino a una reforma electoral y política. Este último componente es de suma importancia, pues además de atender el cómo se desarrollan las elecciones, se enfoca también en el qué vamos a elegir.

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El modelo electoral mexicano obedece a la negación constante de un vicio de origen: la importación del modelo presidencialista modelado por los padres fundadores de los Estados Unidos, que, a falta de las condiciones económicas, sociales e incluso culturales de aquél, se configuró, en distintos momentos de nuestra historia, de acuerdo con nuestra realidad. Los esfuerzos de modernización de este modelo, nos han dado como resultado un presidencialismo acotado por la fórmula de la representación pluralista, en un Congreso, en el que, sin embargo, la representación acusa un nivel en caída permanente de legitimidad.

Por ello es que quisiera referirme, más allá de otros puntos interesantes y atendibles de la propuesta de reforma, al que va dirigida a la reducción del número de representantes no ejecutivos (es decir, legisladores, pero no solo eso, también regidores, que conforman una especie de poder ejecutivo pluripersonal). La desaparición de congresistas (sean Diputados o Senadores), me parece un despropósito, aunque coincido en la reformulación del mecanismo de elección, con ciertos apuntes. La casi desaparición de los ediles a nivel municipal, no solo me parece preocupante sino contrario a la historia del Cabildo en México, una figura democrática bondadosa, desvirtuada por el partidismo en su peor expresión: la imposición de cuotas.

Aunque la formulación de listas para una elección en clave representación proporcional es una gran noticia, ésta se ve descafeinada al considerar que dichas listas lo serán estatales y no nacionales, lo que puede derivar en una nueva sobrerrepresentación.

En cuanto a la disminución de los espacios en la Cámara de los Diputados, me parece un error.  El pluralismo y la diversidad, que hoy distinguen a la sociedad mexicana, difícilmente tendrá una respuesta satisfactoria en una propuesta tan simple como la reducción de los representantes populares. La reducción de los integrantes de los cuerpos deliberativos y representativos es muy simple para una democracia compleja. Por el contrario, nuestra Cámara Baja debiera tener más integrantes, con el mismo costo, pero obligando a un equilibrio entre la dimensión técnica y la presencia en el territorio. Con un compromiso político serio y responsable, podríamos tener más distritos (o más posiciones en las listas), lo que podría resultar en mejores niveles de representación. El ejemplo más claro de que las posiciones son pocas, lo tenemos en Zacatecas: un estado del tamaño del nuestro, con apenas cuatro distritos, hace casi imposible que los Diputados Federales electos por mayoría, puedan atender el inmenso territorio que les corresponde representar. Pudiéramos llegar hasta 700 diputados, sin que nos costara más, con un diseño que atendiera al principal problema de nuestro modelo actual de democracia, que es la representativa y cuyo conflicto se encuentra justamente en eso: la representación.

Con respecto al Senado, la propuesta de eliminación de los Legisladores de Representación Proporcional en este cuerpo deliberativo es un acierto. Desvirtúa su naturaleza, complica su función. Sin embargo, anoto que debiéramos retornar al modelo de renovación gradual y elegir a la mitad de sus representantes cada tres años, con una duración de seis, de tal forma que cada tres años no solo renovemos en su totalidad la Cámara Baja, sino también la mitad de la Cámara Alta, lo que nos daría una actualización constante del equilibrio de fuerzas en nuestro Congreso.

Y finalmente, la reducción de las regidurías en los Ayuntamientos, creo que cae de nuevo en el despropósito, si acaso todavía más grave. Recordemos que la idea del Cabildo, es la de una junta de vecinos, que, en colectivo, a partir de un ejercicio deliberativo, toman decisiones respecto a lo que les afecta en su cotidianeidad más cercana: servicios públicos en su mayoría. Proponer que los municipios tengan un solo regidor, deja sin sentido este diseño esencial. Por el contrario, lo que debiera suceder es la regulación de las dietas de los mismos, sino convirtiendo en honoríficos tales cargos (lo ideal), sí desarrollando un tabulador en salarios mínimos, según el tamaño del municipio que les corresponda gobernar en pluralidad. Los regidores no debieran costarnos tanto, coincido. Pero ello se puede solucionar sin eliminar o desvirtuar la histórica figura democrática, pluralista y ciudadana que son los Ayuntamientos.

De verdad creo que el problema de nuestra democracia debiera fijarse poco menos en su costo (que puede disminuirse con más y más participación) y atender al asunto más preocupante de su estado actual: su legitimidad, anclada en un reto de la representatividad, y que, ampliando la participación de intereses, actores, poderes y agendas, podría revitalizarla desde la participación. Monopolizar o disminuir el campo, dará cabida a menos jugadores, y por tanto a un público menos satisfecho con la acotación de su posibilidad de pasar de espectador, a actor.

@CarlosETorres_

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