Entre la vorágine de este inicio de año en el que amanecimos con la noticia de la invasión de Estados Unidos a Venezuela desde una lógica imperialista por la ambición de controlar el petróleo de esa nación hermana de México, el ruido inevitable de las redes sociales que no sueltan a los usuarios, con mensajes de todo tipo y calibre.
El ir y venir de la política y sus políticos hombres y mujeres que nos inundan con sus sonrisas falsas para ganar adeptos ente la elección por venir, me parece elemental proponer que nos tomemos un respiro y nos propongamos en este año hacerle un espacio al ruido del silencio.
– ¿Qué es? -me dijo.
-Qué es qué? – le pregunté
-Eso, el ruido ése.
-Es el silencio…
Juan Rulfo “Luvina”
En Luvina, Rulfo retrata un lugar frío, seco, olvidado de Dios y del mundo, donde sus habitantes están marcados por la pobreza, la tristeza y ausencia de sonrisas, por eso el silencio pesa y hasta duele.
Pero en el silencio, nos dirán los místicos los seres humanos pueden encontrar el camino, la respuesta, la fortaleza, el aliento para continuar.
San Juan de la Cruz, ese místico extraordinario refería al “silencio sonoro” como el espacio donde el alma calla para que Dios hable.
Para los místicos, independientemente de la corriente espiritual a la que pertenezcan el silencio no es la simple ausencia de ruido sino la posibilidad de abrir un espacio interior para la escucha de lo divino.
¿Y cómo podríamos comenzar a abrirnos ese espacio propio en medio de las responsabilidades diarias de cumplir con el trabajo, (que quizá ni me gusta pero hago por años), de cumplir con la extenuante tarea de llevar a las hijas e hijos a la escuela, de tener dinero para pagarle a Elektra y sus abonos chiquitos que se agigantan con el tiempo… ¿cómo hacerle un hueco al silencio en medio del laaargo turno de 12 horas de la mina, la fábrica, o el salón de clases?
Los psicólogos afirman que una buena manera de abrir el camino hacia la quietud es simplemente darnos de tres a cinco minutos para respirar profundamente, inhalar por la nariz., retener el aliento de tres a cinco segundos y exhalar por la boca, de preferencia con los ojos cerrados y concentrado en… NADA.
Recién un amigo que supo pasaba por momentos de aflicción me hizo una llamada telefónica sólo para decirme:
-Gerardo, si supiera orar lo haría, pero yo no creo en Dios, lo que si hago es meditar y en esas meditaciones tengo a tu madre presente, te mando un abrazo-
Quien me habló es un amigo mayor de 80 años, con una sabiduría infinita una capacidad de hacer el bien que sin duda creo viene no sólo de su buen corazón, sino de la capacidad que ha tenido para “vaciar su mente” reflejar la realidad sin distorsión y actuar en consecuencia.
Hace algunos años pude conocer a un sacerdote jesuita, el padre Álex Zatyrka quien un día me habló de la discreción de Dios y me dijo entonces que aprendiera a escucharlo desde la cotidianidad en la que me desenvuelvo, desde las pequeñas cosas. ¡Déjate sorprender por Dios!, me invitó entusiasmado el hoy rector de la Universidad jesuita de Guadalajara.
Y sí, puedo decirles que desde ése día hasta hoy, Dios, efectivamente no ha dejado de sorprenderme, igual con el colibrí que se posa reluciente en su aleteo vigoroso en alguna de las plantas del patio, o la posibilidad de ver a mi madre sonreír a pesar de su evidente debilidad, pero con la fortaleza para al menos decir hoy quiero seguir viviendo y luchando, con paz, como lo ha hecho desde hace casi 79 años, o disfrutar de una buena comida con mi padre mi tío y su esposa y saber que no son ellos más que extensión viva de la misericordia.
O simplemente darme cuenta que por hoy mis neuronas funcionan a tal grado que pude concluir una maestría, algo que me parecía imposible y mejor aún espero que el lunes Dios nos sorprenda con el 52 aniversario de La Señora Morro y don Javier quienes han sabido amarse abrazados de la ternura de Dios con la firmeza fortaleza y alegría que sólo el amor puede brindar, porque como dice Silvio Rodríguez, sólo el amor, engendra la maravilla.



