México, DF. El debate es largo y además no importa. Sobre los discursos sólidos de senadores como Manuel Camacho o Alejandro Encinas, se impondrá en los titulares la florida cita de Layda Sansores.
Como en las épocas de la aplanadora priísta, la izquierda gana el debate y perderá la votación.
Algunos legisladores no ocultan su hastío con el prolongado debate. El coordinador de los senadores panistas, Jorge Luis Preciado, es uno de ellos. Baja a la sala de prensa a ver el futbol. Le preguntan si se debe a que el orador en turno es Manuel Bartlett. Se burla del petista: “Ya es demócrata, izquierdoso y revolucionario”. Y en eso está cuando cae el segundo gol del América. Como él es seguidor del Toluca, se marcha.
Igual, la alianza del PRI y el PAN tiene votos de sobra para aprobar la reforma constitucional, y así será aunque, en el debate, al senador priísta Daniel Amador Gaxiola se le pierdan los sujetos y se le escabullan los verbos. Se espera que por escrito sus palabras sean legibles, pero resulta peor. “Sí es duro hablar de una reforma constitucional. Las acabamos de hacer no hace mucho, tan sólo en la educativa, todavía tiene maestros en las calles…”
Además de ser conocido por sus fiestas de cumpleaños con diez mil invitados, Amador es líder de la sección 53 del SNTE y un repertorio de frases célebres: “Se pueden decir medias verdades o verdades completas, o medias mentiras…”
Le falta mencionar las mentiras completas. Mentirosos, se dicen cada 15 minutos los dos bloques en el Senado, en un debate que consume nueve horas.
El PRI y el PAN dicen que la izquierda miente cuando los acusa de querer privatizar el petróleo. El PRD y sus aliados dicen que “el PRIAN” quiere engañar a los mexicanos con una redacción tramposa de la reforma constitucional.
Manuel Camacho pone el acento en el tema de las mayorías que mandan en la democracia, eje discursivo trazado por el presidente Enrique Peña Nieto cuando el PRD anunció su salida del Pacto por México.
Dice Camacho que el argumento de que los partidarios de la reforma tienen mayoría es falso: primero, porque las encuestas indican que siete de cada diez mexicanos se oponen a la privatización; luego, porque Peña Nieto no tuvo esa bandera en la campaña electoral (“ni el propio candidato Peña se hubiera atrevido a plantearlo porque sabía que no iba a ganar la elección”).
Camacho rememora algunos momentos cumbre de su trayectoria. Dice, por ejemplo, que compañías petroleras trasnacionales le ofrecieron a él y a Vicente Fox –cuando ambos se perfilaban como aspirantes a la presidencia– apoyo a cambio de apertura. “Él lo aceptó y yo lo rechacé”.
El repertorio de lugares comunes en los discursos de panistas, priístas y verdes es más largo que las arenas del mar. El guión es simple: vivimos al borde de la tragedia energética; la reforma no privatiza; no hay salvación posible para ningún país del mundo si no es de la mano de los grandes capitales; y, ojo, mexicana, mexicano, tu recibo de luz y tu cuenta del gas te dejarán pronto con una sonrisa.
Sólo se oponen –resume el verde Carlos Puente– quienes viven amarrados a los “fetiches caducos de un nacionalismo estéril”.
El transportista y tricolor José Ascensión Orihuela reprocha: “La izquierda quiere ganar la voluntad ciudadana por un plebiscito, una voluntad que no pudo ganar en las urnas”.
Le sale al paso el ex jefe de Gobierno Alejandro Encinas: “En las urnas ustedes tampoco ganaron la propuesta de privatizar al petróleo, porque no solamente no estaba en su plataforma electoral, sino que se vieron obligados a modificar sus programas y sus estatutos… Es innegable un triunfo ideológico del PAN sobre el nacionalismo revolucionario del PRI, que se sometió a los intereses del poder económico”.
El discurso de Encinas es el más ovacionado por las bancadas de la izquierda. Compara la reforma con los tratados de Guadalupe Hidalgo, afirma que “ahora sí” hay un gobierno de coalición y refiere las contradicciones en distintas partes de la reforma propuesta: mientras el artículo 25 constitucional mantiene “inalienable e imprescriptible” de los hidrocarburos, un transitorio abre la puerta a licencias y contratos cuya modalidad estará a discreción del gobierno.
Las referencias históricas, que abundan en los discursos de la izquierda, no son del gusto de los panistas: “No sé en cuál siglo se quedaron ustedes”, dice el queretano Francisco Domínguez.
A los priístas, en cambio, les molesta más que se les acuse de privatizadores, pese a que han votado la venta de empresas públicas desde hace tres décadas: “En ninguna parte se establece que vaya a haber privatización. No insultemos la inteligencia de los mexicanos”, insiste la chihuahuense Graciela Ortiz.
Durante casi todo el prolongado debate militantes de Morena golpean las vallas con cucharas, cacerolas y piedras. El ruido no cesa. Se escucha en los pasillos y los patios del Senado, pero no en el salón de los debates. Una invitada del PRI pregunta: “¿Qué hacen?” Se le explica. “¿Y no se cansan?”
La nota será, sin embargo, que la senadora Layda Sansores fue “vulgar”, aunque lo que hizo fue citar al Nobel Saramago y sus Cuadernos de Lanzarote: “…que se privatice la justicia y la ley… que se privatice el sueño… Y, metidos en esto, que se privatice también a la puta que los parió a todos”.



