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Soberanía y liberación nacional: reinventar el futuro

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Por: JAIME ORTEGA •

En alguna ocasión, Fidel Castro señaló que, si Bolívar, Juárez o Martí estuvieran vivos, serían decididos combatientes de la liberación nacional y que, si él hubiera vivido un siglo antes, habría luchado junto a ellos. Esta frase nos recuerda que el presentismo es mal consejero cuando se trata de la política emancipadora: pese a las distancias que impone el tiempo y las vertiginosas transformaciones de la vida social, los grandes y verdaderos problemas han sido y son, casi siempre, los mismos.

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Evoco para pensar nuestro presente el Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los pueblos de Nuestra América, realizado en Cuba en 1981 y 1985, con auspicio de la Casa de las Américas. La pléyade de participantes es impresionante: además de cubanos como Armando Hart, Roberto Fernández Retamar o Manuel Moreno Fraginals, estuvieron Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Suzy Castor, Juan Rulfo, Pedro Mir, Darcy Ribeiro, Augusto Roa Bastos, Florestan Fernandes, Ariel Dorfman, Manuel Scorza, Enrique Dussel, Alonso Aguilar Monteverde, Antonio Núñez Jiménez, Ernesto Cardenal, Volodia Teitelboim, Eduardo Galeano, María Langer, Manuel Maldonado Denis, Pablo González Casanova, René Zavaleta, entre muchos otros. En tanto, Julio Cortázar y Miguel Otero Silva fueron parte del primer encuentro, pero su vida se apagó antes del siguiente.

Los discursos y actas fueron publicados por Casa de las Américas, tanto en formato de libro como en selección en los números 129 y el doble 155-156 de su revista. La editorial mexicana Nuestro Tiempo recopiló del primero de ellos el libro Nuestra América: en lucha por su verdadera independencia. Hago este recuento porque me parece que se puede aprender mucho de aquel gesto vinculante de tradiciones políticas e intelectuales.

El puertorriqueño Manuel Maldonado Denis insistió en que la independencia y la soberanía eran verdaderos “imperativos categóricos” –al estilo kantiano– para la vida global y, por tanto, sólo era posible el ejercicio real de la soberanía de una nación cuando todos los pueblos accedieran a ese derecho. Por su parte, González Casanova y Zavaleta escribieron conjuntamente un bello texto que merece ser citado: “La soberanía de los pueblos no es un regalo de nadie ni una elucubración de élite. La soberanía es el alma de los pueblos y la razón de las naciones. La soberanía popular es el fundamento del mundo moderno y la base de la civilización”. En tanto, Moreno Fraginals reflexionó sobre “el precio de la cultura” vinculada a ese ejercicio de libertad; Suzy Castor a la relación con la democracia, y Langer a la conexión entre soberanía y salud mental. El intelectual Armando Hart deslindó el ejercicio legítimo de la soberanía popular de los opresivos nacionalismos.

¿Por qué es preciso evocar estas reflexiones? Varios son los motivos. El más evidente es que hoy, en medio de crecientes conflictos militares y ante la decadencia del orden globalizador, se impone la necesidad de colocar a los estados en el centro de la articulación de la sociedad. Además de esto, la proliferación de élites económicas y políticas vasallas, cultivadoras de la pasión triste del servilismo, obliga a una reactivación popular en clave democrática y soberanista.

La soberanía, en la tradición intelectual de los enfoques más radicales del nacionalismo revolucionario y de la liberación nacional, no es entendida ni como superioridad cultural ni como encierro, sino todo lo contrario. El ejercicio soberano, como señaló Maldonado Denis, es la prefiguración del ejercicio de la igualdad y la solidaridad. El comandante Fidel solía decir en 1959 que la soberanía no era regalo, sino derecho. De esa convicción se forjó el internacionalismo cubano: la soberanía de la isla sólo era posible en un mundo equitativo, donde los pueblos tuvieran, todos, los mismos derechos, y eso sólo podía lograrse con la independencia política y económica. Nada más alejado de la visión chata y conservadora del privilegio nacionalista que la dimensión global, solidaria, cooperativa y de apertura cultural de la liberación nacional.

Por supuesto que la soberanía es un proceso interminable de construcción de mediaciones, de instituciones y de capacidades técnicas y sociales. Los temas urgentes de nuestro tiempo demandan que los estados destinen energía y recursos para atender la soberanía alimentaria, la energética, la de los datos, la de la salud (como Langer previó, incluida la mental). Ejercer un grado de control sobre estos elementos conlleva el necesario enfrentamiento con grandes poderes monopólicos. Por ello, paradigmas como los de la liberación nacional no son un recurso de arqueología intelectual: es la urgencia política del presente. Y ella implica, para las fuerzas populares, construir agendas que localicen los principales entramados institucionales que hagan a la soberanía algo efectivo y cotidianamente palpable. Y es que la soberanía es, en última instancia, la principal fuerza productiva que poseen los pueblos frente al capital.

Pese a las inclemencias del tiempo político regional que están creando estatalidades vasallas, las gestas de liberación nacional son herencias imprescindibles para enfrentar el futuro, pues el desafío, ayer, hoy y mañana, sigue siendo el mismo: que los pueblos sean los constructores de su propio destino.

* Investigador UAM

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