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jueves, 8 diciembre, 2022
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Diario clásico de una mujer mexicana

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Por: ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA •

“Calladitas se ven más bonitas”. Cito de memoria las palabras de un joven autor mexicano. Agregó: “Su novela es como el diario clásico de la mujer mexicana: ‘ahora cocino, ahora me lavo los dientes, ahora orino, ahora cago, ahora me peino para cuando llegue mi marido, ahora ya llegó, ahora le sirvo su cenita… cositas así, de mujeres’”.

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Salí de la reunión con la noción de que ese joven autor era un cabrón misógino… hasta que leí la novela de la joven autora y, efectivamente, era el diario clásico de una mujer mexicana. Soporté 20 páginas, 40 con muchos esfuerzos, y se la regalé a la que entonces era mi novia, quien no sólo se emocionó con el regalo sino que me dijo que se moría de ganas de leer esa novela, que había escuchado en un programa de televisión y en radio que era muy buena. “¡Pero es el diario clásico de una mujer mexicana!”, pensé decirle… ¿quién era yo para quebrar sus ilusiones?

A la semana siguiente rompimos nuestra relación en el metrobús de Reforma; hoy esa mujer escribe poesía… y sí: ¡es el diario clásico de la mujer mexicana!, ya ha ganado dos premios, uno de ellos nacional, y dos becas, una de ellas del FONCA, y hace poco me hizo llegar por correo su primer poemario, con la portada en color rosita bermellón, el cual coloqué en mi mesa de centro luego de leerlo… espero que algún invitado me haga el honor y se lo robe.

Misógina de por sí, la literatura mexicana del siglo 21 consigue lo que no pudo la literatura mexicana del siglo 19: alardear de las mujeres de las que carece, es decir, se habla mucho de ellas, se dice tener contacto con ellas, se conoce lo que piensan ellas, se juega con ellas a manitas calientes, se les invita al cine, al teatro, al circo o a ver los changuitos al bosque de Chapultepec, pero en realidad la literatura mexicana del siglo 21 no tiene más mujeres que sus madres, sus abuelitas, mecedoras de bejuco, chocolatito caliente y churros del Moro incluidos, y sus tantas y tantas tías disfrazadas en secreto de amantes, que a su vez adquieren distintas categorías: esposas, putas, novias desesperadas, novias frustradas y novias ilusionadas en los distintos textos de los jóvenes autores.

Hay una teoría para explicar parte de la obra de muchos autores mexicanos no sólo del siglo 19, sino del 20 y del 21: eran y son unos cabrones machos, desprecian toda la literatura que escriben las mujeres, hablan mal de ellas, a sus espaldas, y sólo si previamente se las han cogido, mientras que en el lado opuesto, las mujeres escritoras mexicanas del siglo 21 siguen siendo cursis y melosas, nos hablan de ángeles y querubines, de rosas marchitas y de eternas despedidas, así como de canciones de José José o de Camilo Sesto.

“Las viejas no sirven para escribir”. Me dijo en una cantina un editor. Dio un trago a su cuba libre de Bacardi blanco y continuó: “¿quiénes son los que han hecho la literatura mexicana, a ver cabrón?”. Yo era muy joven para entonces y la pregunta no me la hizo a mí, sino al mesero, quien lo ignoró y lo dejó hablando con un tazón lleno de cacahuates salados. “Pues los hombres… sí, hay excepciones, Josefina Vicens era una chingona; Rosario Castellanos… más o menos, qué me dices de Inés Arredondo, cabrona como ella sola, o de Guadalupe Dueñas… hasta que les salía lo de amas de casa frustradas… y dos que tres más escritoras que ahora están en el olvido… ¿por qué?, porque la literatura mexicana es de machos”. Aún no se terminaba la botella de Bacardí blanco cuando llegó por él una mujer fea y genérica vestida con huaraches rojos, pantalón de mezclilla ajustadísimo (se le salían las lonjas por encima de un cinturón de piel con la bandera de México por hebilla) y una playera del tour de ese año de Emmanuel, abrió las puertas de la cantina de un chingadazo, llegó hasta el editor y le dijo: “¡ándale, cabrón!, afuera están tus hijas”; el editor inclinó la mirada, dejó su parte de la cuenta y salió con su antología de Jaime Sabines y su periódico bajo del sobaco. “Luego le seguimos…”, nos dijo antes de salir.

Las mujeres aceptan que el mundo está en su contra porque predomina un patriarcado, pero perdonan todo a los autores que ellas leen. Así, por ejemplo, perdonan que en sus cartas Juan Rulfo llame a su tan amada Clara Aparicio, “Clarita”, “tontita mía” o “chiquilla”. Perdonan a Jaime Sabines. Perdonan a Juan José Arreola. Perdonan a Alí Chumacero. Perdonan a Pablo Neruda. Perdonan a Pedro Infante…

“Como mujer es difícil escribir”, me dijo una compañera de la Facultad hace muchos años. “Si no te encuentras con un editor que sea maricón, el que te quiere publicar no duda en decirte que, para hacerlo, te tienes que acostar con él”. Años más tarde esta amiga publicó un libro con introducción de Carlos Monsiváis, se casó cuatro veces y tiene cinco hijos. Nunca me enteré del nombre de su editor, aunque un amigo en común en una ocasión bromeó: “fue su primer y su último editor, su debut y despedida en la literatura mexicana del siglo 20”. ■

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