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lunes, 26 septiembre, 2022
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Pueblo de yonquis

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Por: CITLALY AGUILAR SÁNCHEZ •

■ Inercia

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Releer a William Burroughs, escritor estadounidense quien tiene por estandarte artístico el uso de las drogas y la experimentación sexual, desde un panorama de inicios de año en México, resulta fascinante. Hay pasajes del libro Yonqui que reflejan comportamientos que no son ajenos en nuestra sociedad: “He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Sabían que era inútil quejarse o moverse. Sabían que, en el fondo, nadie puede ayudar a nadie. Nadie tiene una clave o un secreto que pueda comunicar a los demás.”

Aún con más de trescientos días por delante, padecemos la vejez del cansancio. Somos el vivo retrato de esos adictos irremediables, que ante la dependencia de alguna droga no tienen ningún porvenir, y que conformes con ese destino, lo aceptan y viven resignados

 

Soluciones prácticas

Tal vez parezca excesivo o forzado comparar a la sociedad mexicana con un yonqui como los que desarrolla Burroughs en sus novelas, sin embargo, una dependencia no sólo implica el abuso de sustancias alucinógenas, tiene que ver incluso con conductas y procesos ¿cómo no hablar de una dependencia en nuestro pueblo cuando no logramos emanciparnos de la dictadura priísta, por ejemplo? pero ¿a qué se debe esta dependencia enfermiza?

Evidentemente se trata de un tema complejísimo que involucra aspectos económicos, psicológicos, políticos y más, sin embargo, también existe un fenómeno social que vertebra la idiosincrasia nacional, y es el de las soluciones prácticas y sin trascendencia. Es decir, en este país cuando los gobernantes observan que llega el invierno y hay familias enteras viviendo en casas de cartón y sin nada qué comer, van y les regalan un par de cobijas o láminas; si ven que hay niños de escasos recursos que no pueden acceder a la educación o a una vivienda digna, van y les regalan juguetes; si se enteran de que hay poblaciones en las que no existen fuentes de trabajo, que los jóvenes emigran a otros países y que la agricultura se encuentra en dificultades debido al temporal, van y les regalan un televisor o un kilo de frijoles o en el mejor de los casos unos mil pesos…

Se trata de una cultura de corto alcance. Sólo se miden los problemas en el sentido instantáneo, no con miras a futuro. Y no porque los gobernantes no puedan contemplar el verdadero problema y su solución contundente, sino porque es mucho más rentable regalar cobijas, juguetes o kilos de frijol, que enderezar todo un sistema educativo, laboral y económico.

Así que, ante el adicto que agoniza en la calle, la solución es darle más droga.

 

La droga de los mexicanos

El éxito de las soluciones prácticas de nuestra clase política es que fomentan en el “ayudado” una dependencia a lo inmediato. La gente está familiarizada con este tipo de “ayudas” y las consideran aceptables. He escuchado que en comunidades recónditas de Zacatecas, hay colonias enteras que no conocen al gobernador Miguel Alonso, pero conocen a Saúl Monreal porque “ése sí nos da despensas”… Mismas que, por lo general, llegan en temporadas electorales.

En otras palabras, el pueblo vive esperando la miseria del político, aunque ésta signifique una pobreza mayor a largo plazo; porque no existe ya la capacidad para diferenciar una de otra.

Esta es una de las dependencias más difíciles de erradicar, es decir, la dependencia a la resignación, porque para muchos en este país ya es normal vivir así, sin esperar nada de sus dirigentes más que una “ayudita” cada cuatro o seis años. No hay nada más allá que la pequeña dosis que permite al adicto a sobrevivir a costa de la propia existencia…

Con estas expectativas no es de extrañar que en un evento masivo, donde se regala pan, la gente experimente una ansiedad comparable a la del síndrome de abstinencia y deje salir de sí la desesperación que le produce pensar en aprovechar el producto abundante antes de que se termine. Más que avergonzarnos de estas conductas, podríamos hacer el ejercicio de no permitirlas pues ¿a quién realmente benefician estos “actos dadivosos”? No fomentan más que la práctica de la mediocridad del gobierno.

Nos hemos admirado más de una vez de que la gente siga aceptando “sobornos” de los candidatos en tiempos de campaña electoral, pero no es más que el síntoma de una idiosincrasia que se ha fortalecido con base en la dependencia que los gobernados tienen en el sistema; falsamente aún se cree que los gobernantes nos echan la mano porque los hechos reales develan que si nos echan la mano es para arrojarnos basura.

Y lo peor es que al igual que en la novela de Burroughs somos yonquis que han perdido el interés en dejar la adicción, o como niños que no aprenden a hablar porque a la menor provocación se les tapa la boca con un chupón. Cada vez nos refundimos más en el rincón oscuro de la perdición, y tal cual lo dice el escritor estadounidense, este mal “no proporciona ni alegría ni bienestar. Es una manera de vivir”, de tal modo que renunciar a ello significa morir. ■

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