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domingo, 22 mayo, 2022
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Posverdad, o el traje nuevo del emperador

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

No miente ni le falta razón al periodista Raúl Olmos, cuando dice que nunca habló de conflicto de interés en el reportaje sobre la casa que habitó el hijo del presidente, como dijo en un audio que circuló la semana pasada.

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Tampoco significa que se esté retractando.

Tal como Olmos tuiteó no lo dice porque él no adjetiva. El reportero informa, no opina.

El reportaje en ese sentido es impecable, difícil de llevar a tribunales porque presenta hechos concatenados con la ambigüedad suficiente para que sea el lector, con sus filias y sus fobias, quien saque conclusiones.

La fineza de Olmos lo salva de un problema legal porque su redacción cuidadosa le alcanza para escapar de cualquier demanda de difamación con un certero “yo no dije…”, aún de los tribunales americanos.

Pero el “conflicto de intereses» no se posicionó en el debate público a partir del texto de Olmos que en realidad muy pocos leyeron.

El concepto se instaló en los comentarios que sobre él vertieron la opinocracia política y periodística.

En un fenómeno digno de estudio social cada vez más habitual, sin importar la accesibilidad de la información, la opinión se forma por las opiniones secundarias y hasta terciarias.

¿No me cree? Haga sus cuentas, ¿cuántas opiniones leyó/escuchó de quienes no habían leído siquiera el reportaje?, ¿Por qué hablamos de Aristegui o de Loret, si los autores son: Raúl Olmos, Verónica Ayala y Mario Gutiérrez Vega?, ¿Sabrá la gente donde fue originalmente publicado el reportaje tan hablado y poco leído?

Un buen análisis no debería omitir al emisor: la asociación Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, su trayectoria y sus patrocinios. Pero lo omitían.

El director de un medio local escribió una columna al respecto sin distinguir dólares de pesos; otros confundieron la casa rentada, con la comprada, y puedo apostar que la mayoría piensa que las casas están en Houston como dice la cabeza del reportaje, y no en el condado de Conroe una casa, y en el de Montgomery la otra, como explica el cuerpo del texto.

Si toda esa información contenida en el reportaje mismo fue pasada por alto para el análisis, poco puede esperarse de la información contextual que darían perspectiva a los hechos ahí expuestos:

Pocos sabían la historia de vida de Carolyn Adams, su carrera como ejecutiva, su pasado (documentado fotográficamente) junto a Bill Clinton o Donald Trump; o sus años de trabajo en Emiratos Árabes.

Para quien la opinión ya estaba hecha, poco sirvieron los datos que ponían a la empresa Baker Huges en perspectiva: que es la quinta empresa con más transacciones con Pemex; que tienen 60 años de relación comercial, que tienen menos contratos hoy, que en sexenio anteriores; que tal como lo dice el reportaje, de los dos contratos vigentes uno de ellos se firmó en el gobierno pasado, etcétera.

En un contexto como el nuestro, la mención de un bar -que en las imágenes no pasaba de una barra-, y de una alberca en una casa, suenan a todo lujo. Pero estoy segura que no soy la única que puede dar cuenta de algún migrante que tenga esto en su casa en Estados Unidos, donde es más habitual. En el caso específico que yo pienso y muchos de mis lectores conocen, se trata de un empacador de manzana.

Pero en el contexto de polarización política nada de lo que se pudiera decir tenía relevancia. Ni siquiera las críticas del propio Daniel Lizárraga, ex jefe y quizá en algún nivel mentor de Raúl Olmos podían penetrar en quien ya tenía una opinión formada.

Si el prestigio del gran investigador de la casa blanca y la red de trata de Cuauhtémoc Gutiérrez no bastaba para la escucha, menos aún podían esperar algo aquellos a los que se les lee simpatía alguna con López Obrador, porque sus argumentos eran de antemano descalificados.

Como en el cuento infantil: tonto (o zombie, en este caso) es aquél que no podía ver el traje nuevo del emperador hecho con la tela invisible (en realidad inexistente) que sólo podían ver las personas inteligentes.

El caso en particular es lo de menos. Los efectos políticos en un sentido y otro están dados ya, pero el análisis importa para encontrar los patrones de los trajes que están en pasarela y los que están por confeccionarse.

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