Con el cierre de la participación de la selección mexicana y el final de los partidos disputados en territorio nacional, el Mundial 2026 deja un saldo que trasciende el marcador. Como ocurre con los grandes acontecimientos deportivos, la Copa del Mundo terminó por convertirse en un espejo donde se reflejaron las mejores virtudes de los pueblos y, al mismo tiempo, las profundas contradicciones de un modelo que privilegia el negocio por encima del deporte.
En la cancha, México escribió una página que durante cuatro décadas parecía inalcanzable. La selección rompió la maldición que la perseguía desde 1986 y consiguió avanzar más allá del cuarto partido, alimentando una ilusión colectiva construida con entrega, disciplina y un inquebrantable respaldo popular. En cada estadio y en cada plaza pública, millones de aficionados acompañaron al equipo con una pasión que recordó que el futbol sigue siendo uno de los pocos lenguajes capaces de unir a un país diverso.
Ese ejemplo de garra y corazón constituye quizá el mayor legado del torneo. Miles de niñas, niños y jóvenes encontraron en los seleccionados un motivo para acercarse al deporte, espacio donde se forman hábitos de disciplina, solidaridad, trabajo colectivo y convivencia social.
También quedarán para la memoria gestos que dignificaron al Mundial. La solidaridad del pueblo de Tijuana con la selección de Irán demostró que la hospitalidad puede imponerse a las tensiones internacionales. Del mismo modo, el reconocimiento mundial alcanzado por la selección de Cabo Verde confirmó que el futbol aún tiene espacio para las historias que desafían el poder de las grandes potencias deportivas.
Pero el torneo también exhibió su rostro menos amable. La FIFA volvió a mostrar una voracidad económica que convierte al espectáculo en un privilegio reservado para unos cuantos, mientras millones de aficionados quedan excluidos por los elevados costos. A ello se sumó el clima político impuesto por las autoridades estadounidenses con los operativos migratorios del ICE, el trato hostil hacia la representación iraní y la presión ejercida desde la Casa Blanca para revertir la suspensión por tarjeta roja de un jugador de la selección estadounidense, episodios que vulneraron el principio de igualdad deportiva.
En México tampoco todo fue celebración. Los excesos durante algunos festejos derivaron en pérdidas humanas que recuerdan que ninguna victoria justifica poner en riesgo la vida.
Finalmente, la política volvió a jugar su propio partido. Durante meses, sectores de la oposición pronosticaron un fracaso de las sedes mexicanas. Los hechos terminaron desmintiendo ese discurso: la organización, el ambiente y la respuesta ciudadana colocaron a México entre las mejores sedes del torneo. La contradicción fue inevitable, pues varios de quienes auguraban el desastre aparecieron disfrutando los encuentros desde las mejores localidades de los estadios.
Así concluye el Mundial 2026: con una selección que devolvió esperanza, con un país que respondió a la altura del desafío y con un torneo que, una vez más, confirmó que el futbol puede ser una extraordinaria celebración popular, pero también el escenario donde quedan al descubierto las desigualdades, los intereses políticos y las disputas de poder que atraviesan a nuestras sociedades.



