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miércoles, 22 mayo, 2024
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Samuel ¿El nuevo o el novato?

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Será tal vez por la juventud o por la elocuencia norteña; será la conciencia del atractivo de lo disruptivo, o mera personalidad claridosa, pero quizá lo más “nuevo” de Samuel García en relación a otros políticos es su falta de pudor. 

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Indudablemente tiene prisa. Algunos dirán que su carrera ha sido meteórica, y otros que tiene ansias de novillero. Abandonó su primer cargo como diputado local para ir al Senado, y también dejó esto para ir por la gubernatura de Nuevo León. Apenas dos años después del triunfo ya hacía lo mismo para intentar ser candidato presidencial.

No escuchó a su compadre, Luis Donaldo Colosio Riojas cuando le dijo que “este no era su momento” y se lanzó apenas a dos años de gobernar, mientras el alcalde de Monterrey pedía tiempo y que lo dejaran madurar.

Pero la urgencia de García no es anómala. A muchos les basta unos cuantos días de volanteo y reuniones vecinales para perder el sueño imaginando una carrera política siempre in crescendo.

 La terca realidad ubica a la gran mayoría. 

Pocos tienen los recursos con los que cuenta Samuel García: una muy abultada cartera y el acompañamiento de una esposa influencer con notoria habilidad para conectar con los jóvenes a través de redes sociales.

El rol de Mariana Rodríguez no es distinto del que juegan otras mujeres bajo el absurdo título de “primera dama”, pero los alcances de “la chavacana mayor” son mayores que el de sus congéneres, a grado tal que se atribuye a ella el éxito político de su esposo, como no ocurre en otros casos en los que incluso la parte femenina de la pareja tiene liderazgo destacado,  como en los matrimonios de Margarita Zavala y Felipe Calderón o Rubén Moreira y Carolina Viggiano.

El estilo impúdico de Samuel es también el de Mariana. En la búsqueda del aplauso y el reflector siempre camina ella al filo de la legalidad y con frecuencia la cruza. 

Con desenfado, pasada la polémica jurídico-electoral de la contienda por al gubernatura, Rodríguez acepta ya sin empacho que publicitaba emprendedores en Instagram si estos manifestaban apoyo a su marido. 

Ya en la plenitud de lo que el clásico llamaría el “pinche poder”, Mariana no ha tenido enfado en usar recursos públicos en una oficina gubernamental a su cargo, desde la cual toma determinaciones sobre menores de edad en custodia del Estado a los que exhibe y retrata en la búsqueda del like.

 Sin reparo legal o ético alguno, tiene incluso su consentido al que extrae de la institución y lleva a casa en un acto emblemático de cumplimiento al rol patriarcal clásico que considera ella, y casi todas las demás en su circunstancia, como obligado. 

Ambos, tanto Mariana como Samuel, no se esfuerzan en parecer ejemplos de superación individual como la mayoría de los políticos, por el contrario, se enorgullecen de su privilegio, de su mes anual en la playa, su mansión, y su ropa cara.  

Con desconexión de la realidad irrisoria, o insensibilidad social preocupante hablan condescendientemente de quienes se conforman “con un sueldito de cincuenta mil pesos”, y sin temor alguno, Samuel da por cierta la ofensiva frase de que “en el norte trabajan, en el centro administran y en el sur descansan”

Ese estilo, más un contexto de debilidad política local impidieron que Samuel García lograra lo que para otros políticos es cuestión de trámite: retirarse del último cargo para el que fue electo en busca del siguiente, y dejó a Nuevo León en una ingobernabilidad tal, que al momento de escribir estas líneas no hay claridad de quién es el mandatario estatal. 

Para algunos, a Samuel lo venció el pánico de que sus adversarios le revisaran las cuentas durante el interinato, para otros lo descarriló el Prianismo para evitar que le restara votos a su candidata. 

Para unos y otros faltó experiencia y oficio político, carencia de la cual García parecía enorgullecerse asumiendo como principal atributo político ser “el nuevo”. 

Como suele ser en la vida y aún más en la política, toda virtud es defecto y todo defecto es virtud. Y ese estilo desparpajado y disruptivo, aunado a esa cualidad que puede leerse como novatez o novedad, lo tienen hoy entre el desprestigio y la victimización. 

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