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jueves, 26 mayo, 2022
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Una ecléctica batalla o la infatigable espiral del tiempo…

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Por: Magdalena Okhuysen •

La Gualdra 521 / Fotografía / Arte / Exposiciones

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Entre los últimos días de agosto y los primeros de septiembre, un esplendor especial se despliega a lo largo de las Lomas de Bracho y de las calles del centro de Zacatecas con la presencia de más de diez mil personas que desfilan luciendo sus vistosos atuendos para participar en una representación casi bicentenaria. Las morismas se desarrollan en dilatados escenarios que se ubican en las faldas del Cerro de la Bufa; durante tres días se desplegarán ahí diversas acciones a cargo de quienes, “generación tras generación”, han formado parte de esta tradición y se encargan también de perpetuarla por el simple y honroso hecho de haber nacido y crecido y forjádose morismeros. 

Las Morismas de Bracho son una representación monumental y un evento extraordinario. En 2014, la representación fue declarada Patrimonio Inmaterial del Estado. Su puntual periodicidad se ha sostenido por más de ciento ochenta años. Debido tal vez a su carácter súper singular, esta fiesta ha ido reuniendo todo tipo de espectadores —entre los que destacan los cronistas junto con algunos fotógrafos y reporteros que, precisamente por su constancia, han ido aportando fragmentos para construir esta historia—. En 1994, Jesús Romero comenzó a formar parte de este “segundo elenco” y dejó de hacerlo en 2020 por la misma causa que detuvo todo en ese suspenso en el que también se suspendieron las morismas. 

Durante los primeros veintiún años de su ejercicio alrededor de esta fiesta, Romero habrá reunido tal vez miles de fotografías, así que es ya un primer ejercicio decidirse por la selección que nos presenta aquí al lado de la propia historia de su personaje como fotógrafo: las habilidades básicas de la técnica son puestas a prueba porque es difícil enfocar el lente en un contexto en el que todo se mueve vertiginosamente; se tiene que volver a agudizar el enfoque —por supuesto en sentido metafórico— y lograr una sintaxis visual para dialogar con los espectadores de esta realidad que aquí vemos solo un poco más quieta. 

Las imágenes de Romero nos acercan a las morismas porque a lo largo de este tiempo de constante ejercicio de observación él se ha acercado a una parte significativa de ellas, así que no es por azar que en esta serie encontremos un discurso visual articulado; en cada fotografía se construye un plano que aclara rutas, formaciones, símbolos que por instantes se integran a un paisaje que se eterniza en la foto. Otros rasgos se disolverán en interrogantes que van a acompañarnos a lo largo de la muestra; algunas dudas serán resueltas, y esas mismas respuestas sembrarán nuevas preguntas. Porque es una representación compleja; algunas escenas se van ilustrando en un espacio enorme en el que las acciones se despliegan de acuerdo con un guion pautado para la improvisación. Por una parte, el atuendo cumple la misma función que en cualquier obra de teatro: caracterizar a los personajes; y así como el uniforme establece identidad para cada bando, también define un punto de partida y una secuencia para las grandes batallas… Cada morismero sabe de alguna manera qué tendrá que hacer “el gran día” porque ha crecido asimilando la historia que lo congrega alrededor de una misma tradición, una misma idea y una misma cofradía. 

Así es como la luz de los días con su haz ligero y constante da sentidos nuevos a las imágenes y va puliendo empuñaduras, espadas, cimitarras, yelmos y trompetas con sombras, con reflejos y clamores de batallas… El hombre que hoy se presenta ante el ejército cristiano con su barba espesa es el niño que grita exaltado en los hombros de su padre; los que caen derrotados encuentran en el arte de morir año tras año el misterio del eterno retorno que aún así dispone la siguiente temporada. El moro y el cristiano vive en cada integrante de las familias que cotidianamente le dan forma y evolución. Las morismas son un panegírico a todo lo que se mueve entre las realidades difusas de los ciclos formados por dualidades tirantes de repetición y diferencia. 

Tal vez nada haya más complejo que la imaginación. Entre los elementos que conforman nuestras historias se mezclan la tradición y el milagro colectivo de la voluntad puesta a prueba en el contexto de este mundo como plataforma escénica de nuestro devenir a veces confundido con nuestros sistemas de creencias. Esta serie de Jesús Romero está ordenada con paciente y cuidadosa observación; no quiere explicarnos las morismas, se contenta con invitarnos a vivirlas. 

INVITACIÓN:

La exposición El Rey de los Moros. Una ecléctica batalla: Morisma de Bracho, del fotógrafo zacatecano Jesús Happy Romero, se inauguró el pasado 1 de abril en la Fototeca Zacatecas Pedro Valtierra. No deje de visitarla.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-521

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