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El boxeo como política pública

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

Durante años, la expresión “atender las causas” ocupó el centro del debate en materia de seguridad. Sin embargo, atender las causas no es una fórmula discursiva, sino la capacidad del Estado para intervenir en los factores estructurales que incuban violencia: exclusión, precariedad, fragmentación comunitaria y ausencia de horizontes para millones de jóvenes. En ese marco debe leerse el programa “Boxeando por la Paz”, presentado por la presidenta Claudia Sheinbaum, no como una acción deportiva aislada, sino como una estrategia preventiva con enfoque transversal.

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Desde las ciencias del deporte, el boxeo es una de las disciplinas más exigentes y completas. La evidencia en fisiología del ejercicio muestra que demanda la activación simultánea de los sistemas aeróbico y anaeróbico, combinación poco frecuente en otras prácticas. El atleta alterna esfuerzos máximos con pausas breves de recuperación, sosteniendo potencia y resistencia bajo estrés continuo. Esta exigencia genera adaptaciones metabólicas profundas, mejora la capacidad cardiorrespiratoria y fortalece la tolerancia al esfuerzo prolongado.

En el plano biomecánico, el golpe es resultado de una transferencia eficiente de energía a través de la cadena cinética: apoyo plantar, rotación de caderas, activación del tronco y aceleración final del puño, en concordancia con la segunda ley de Newton. El análisis del movimiento confirma que la efectividad técnica depende de la sincronización neuromuscular de todo el cuerpo en fracciones de segundo, lo que convierte cada impacto en un ejercicio de coordinación integral y economía motora.

La dimensión neurocognitiva resulta igualmente reveladora. Un golpe recto puede alcanzar al oponente en menos de 100 milisegundos. En ese intervalo, el cerebro debe anticipar trayectorias, regular la activación de la amígdala —asociada a la respuesta de miedo— y activar la corteza prefrontal, responsable del control ejecutivo y la toma de decisiones. Estudios en neurociencia del deporte han documentado que la práctica sistemática de disciplinas de combate fortalece la atención selectiva, la inhibición de impulsos y la regulación emocional. El entrenamiento no fomenta violencia desbordada; desarrolla autocontrol bajo presión.

Esta base científica explica por qué un gimnasio de boxeo es más que un espacio de acondicionamiento físico. Es un entorno de reglas claras, disciplina sostenida y reconocimiento legítimo de la autoridad técnica. El joven aprende que la fuerza sin control es improductiva, que la constancia supera a la improvisación y que el respeto al oponente es condición de competencia. En contextos donde la violencia ha ofrecido identidad y pertenencia, el deporte puede ofrecer identidad y propósito.

El programa, coordinado por Carlos Torres Rosas en alianza con el Consejo Mundial de Boxeo, presidido por Mauricio Sulaimán, contempla incorporar a cinco mil boxeadores profesionales como instructores comunitarios bajo el programa de Jóvenes Construyendo el Futuro. Recibirán apoyo equivalente a un salario mínimo y seguridad social, mientras forman a cien mil jóvenes en todo el país. La lógica es preventiva: dignificar al atleta para convertirlo en agente de transformación y multiplicador comunitario.

México no eligió el boxeo por azar. Es una disciplina profundamente arraigada en la cultura popular y una de las más exitosas en la historia deportiva nacional, con 14 medallas olímpicas y más de 200 campeonatos mundiales. Desde barrios populares han surgido campeones que encontraron en el ring una vía de movilidad social. Esa trayectoria histórica dota al programa de legitimidad simbólica y conexión territorial.

La prevención no se construye únicamente desde la coerción, sino desde la ocupación significativa del tiempo, la creación de vínculos y la generación de expectativas de futuro. Cada gimnasio activo representa horas sustraídas a la inercia de la calle; cada instructor con respaldo institucional se convierte en referente alternativo frente a dinámicas de reclutamiento criminal. Cuando la política pública se diseña con sustento técnico y vocación comunitaria, puede intervenir antes de que la violencia se consolide como trayectoria vital.

Romper patrones juveniles asociados a la violencia implica modificar hábitos, emociones y perspectivas. El boxeo, por su exigencia física, cognitiva y ética, integra disciplina corporal, regulación emocional y sentido de pertenencia en una misma práctica formativa. Allí reside su potencia estructural.

La paz no se impone ni se proclama: se construye cotidianamente. Apostar por una estrategia que articule ciencia, deporte y comunidad supone reconocer que la seguridad también se edifica desde abajo, en el barrio y en el gimnasio. En un país que ha resistido demasiados episodios de violencia, formar jóvenes con autocontrol, resiliencia y horizonte puede ser no solo una alternativa, sino una decisión estratégica de Estado. 

Jaime Enrique Cortés Acuña

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