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jueves, 1 diciembre, 2022
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Una fiesta moribunda

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Por: La Jornada Zacatecas •

Autora: Alondra Rosales Gómez
Residencia: Fresnillo, Zacatecas, México

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Muchos creen que la hora embrujada inicia cuando el reloj marca las doce,
pues están equivocados, yo sé que inicia a las tres,
cuando las calaveras sacan el jerez
y ahí es cuando empieza su goce.

Caminando por entre espectros fantasmales
un gato negro sale al acecho,
entra al cementerio sin techo
y los encuentra a todos comiendo tamales.

¿Quiénes son todos? Sé que esperan que les diga,
pues pongan atención
porque aquí empieza lo sabrosón,
aunque mañana por la mañana esos todos me persigan.

Me invitaron al cementerio a las tres de la madrugada.
Hacía un aire gélido cuando llegué,
olía a muerte en la entrada,
razón por la que contra una lápida me estampé.

Fue cuando oí una risa burlona y con sorna;
el diablillo con sus cuernitos de chivo de mí se reía,
pero no dejé que eso me afectara,
sólo le jalé la cola a ver si se caía.

Cuando contra el suelo se dio en la mandíbula
se enojó con una ira casi ridícula,
pero en eso llegó La Llorona
y le pegó con una corona.

Quise darle las gracias, pero la Catrina había empezado a cantar,
y una bola de huesos borrachos la empezó a ovacionar.
Y ¿quién soy yo para hacer menos a un artista aunque carezca de vida?
Empecé a aplaudirle tomando una bebida.

En cuanto el líquido rojo tocó mis labios,
lo escupí de tan asqueroso que sabía.
El vampiro pálido y atractivo me dijo que era una bebida para sabios,
ponche de sangre hasta para hacer llorar a la policía.

Cuando acabó la canción todos se reunieron en un rincón,
un cadáver una mano me ofreció,
se la tomé sin ningún tipo de miedo,
pues sabía que nada de lo que pasaba era cierto.

Empezaron a hablar demasiado bajito y demasiado deprisa,
una velada buena le daríamos a la gente asustadiza.
Salimos en un contingente a la calle,
mientras la gente salía corriendo a esconderse.

Cruzamos Balcones, La Obrera y Las Flores,
la Industrial, la Esparza hasta Peñoles;
quisieron llegar a Plateros,
pero no quise ir porque estaba muy lejos.

Llegando a La Purificación
los esqueletos sacaron un tamborazo;
todos agarraron pareja y bailaron un zapateado.
Me sacó a bailar un catrín, que si me preguntan,
a pesar de estar muerto, tenía un cuerpazo.

Me susurró al oído, lanzándome su aliento con olor a alcohol;
me dijo que nunca había conocido a una viva tan muerta.
Al principio me halagó su indiscreción,
porque había dejado mi corazón sangrando en la puerta.

Sonaron las campanadas de las 6 de la mañana;
todos cabizbajos estaban porque la fiesta había llegado a su fin.
Yo traté de contentarlos diciéndoles que en la noche repitiéramos la treta;
todos accedieron, aunque sé que no es historia cierta.

Así pasé mi noche y en la escuela me iba durmiendo en el camino,
con un olor a podredumbre que no me molesté en ocultar.
Había sido una gran celebración sin motivo,
una fiesta moribunda que nunca voy a olvidar.

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